A Guillermo Rothschuh Tablada
Mítico
como Quirón.
Mitad centauro.
Mitad poeta.
Canta y recorre a diario
su Chontales
repartiendo en sus versos:
las esquinas de sus pueblos,
las quimeras de sus hombres
y los perfiles de sus llanos.
Asceta, halló refugio en Palo Solo, Juigalpa,
donde vive,
dentro y fuera de la ciudad
para poder sentirse a veces en París
y otras tantas aspirando los olores
del barro y de la lluvia
del queso y la tortilla.
Cuántos poetas han llegado hasta su barrio
para oír su palabra franco-nica
elegante, inteligente
precisa.
Poeta de alma y tiempo completo.
Férreo en sus convicciones políticas.
Tierno con sus querencias y terruño
y fiel a su ciudad,
a su vaca echada
desperezada a veces,
entre bostezos,
mientras echa el vaho de sus sueños bucólicos
en cada agosto.
Entre chicheros,
entre toreros,
entre la Virgen de la Asunción
y los hijos viajeros que regresan cada año
fachentos y con reales
para hacer sentir su triunfo
en la Unión Americana,
pegando ladrillos,
pintando paredes,
serruchando madera
en talleres con rótulos en inglés
y salario de inmigrantes.
El Maestro no escucha los cohetes,
le bastan las campanas y los recuerdos
para traer a sus propios jinetes
y pasearlos en sus corceles
por los caminos de su fantasía.
Catarrán a la cabeza
Goyo, Aníbal, los Villagras,
todos ellos viven aún,
son inmortales
cada año montan y torean
beben guaro y echan piropos
y ganan siempre las Carreras de Cintas.
Dicen que en la barrera hay un muerto
y sus amigos le pusieron un trapo en la cara
y una mujer le encajó la plancha en la barriga.
A él no le picó un cascabel,
apenas lo empitonó el toro.
Mientras el pueblo baila,
el poeta hornea sus palabras
con harina heredada de su padre,
(también poeta, también Centauro)
en el horno de la casa familiar
donde aprendió a compartir el pan de la vida.
El Poeta sigue en su Juigalpa
con el acento gutural de la cultura
y la sabiduría de los búhos chontaleños,
aquellos mismos conocedores de los ídolos altos,
largos, inmensos.
Los mismos búhos vigilantes del museo,
casi olvidado, casi perdido, casi mítico
como Gregorio Aguilar Barea.
Los ochenta años del poeta,
han sido celebrados con júbilo,
con cariño, con respeto.
A sabiendas de su elocuente palabra,
su poesía siempre será agua nueva
en un cántaro viejo.
Agua pura y cristalina
para calmar la sed del conocimiento.
Para refrescar las sienes del talento.
Agua guardada en libros y hojas de papel
para regar el surco de las generaciones futuras
y atesorarla siempre
en nuestras propias fuentes
como las siempre ansiadas aguas de mayo.