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Andrei Shevchenko, capitán ucraniano, se caracteriza por su velocidad, potencia, técnica y sangre fría. El AC Milán no lamenta los 37 millones de dólares que pagó al Dynamo Kiev en 1999 para comprar la ficha del brillante atacante.
En una rápida adaptación, “Shevagol” se convirtió en el primer extranjero en consagrarse como máximo artillero del “calcio” al término de su primera temporada en Italia (24 goles).
La atribución del Balón de Oro en 2004 corona sus victoriosas campañas en Liga de Campeones y Copa de Italia (2003); campeonato (2004), con un nuevo título de “capocanoniere” (24 goles). En diciembre 2004, ya puede vanagloriarse de 102 goles en 164 partidos en la ultradefensiva Serie A. Con la derecha, la izquierda; con la cabeza, de penal… es una lluvia de goles.
Pero un gran jugador se construye también en las fuertes decepciones, como la amarga temporada 2004-2005 y la final de la Liga de Campeones, en la que Milán es alcanzado por Liverpool luego de ir ganando 3-0 en el primer tiempo.
Es el N° 7 ucraniano que falla el último penal que otorga el título a los ingleses en serie desde los doce pasos. Días más tarde, Juventus arrebata por un pelo el campeonato al Milán.
Arma mortal
Con el Dynamo de Kiev lo ganó todo (cinco títulos nacionales consecutivos, tres Copas de Ucrania). Pero es en Barcelona que “el arma moral”, como lo apodaron los aficionados, adquiere otra dimensión. Shevchenko marca un memorable triplete para el Dynamo en el césped del Nou Camp en septiembre 1997.
El Dynamo alcanza las semifinales de la Liga de Campeones en gran parte gracias a él. En 1999, la FIFA lo califica tercer mejor jugador del año.
Todo un logro para un futbolista que viene de bien lejos y que en 1986, a los nueve años, tuvo que abandonar su ciudad, cercana a la convulsionada Tchernobyl.
En Milán supo permanecer en la modestia, viviendo en el centro de la ciudad mientras sus compañeros habitaban la zona residencial.
Tras recibir el Balón de Oro, “Sheva” dio a conocer su gran sueño: “disputar una final de Copa del Mundo”.