No todos los días se es una estrella del futbol como él. Dieciochoañero, era el más ágil y veloz, el más diestro manejando piernas y pies, el más fuerte y certero en el balón. Todos lo admiraban: los mayores con orgullo, los medianos con pasión y los pequeños como el mejor de los mejores de todos los tiempos.
Por algo los curas, más que inteligentes, le becaron para que terminase el bachillerato y vistiese la franela de la Mayor resultando el mayor goleador de los dos campeonatos que le tocó jugar. Al final de cada partido, que convertía en derroche de emociones, muchos se lanzaban a la cancha para cargarlo y vitorearlo, mientras que los restantes, en las gradas, llorábamos de alegría.
Y él, de alguna manera, era yo, porque las maestras y los compañeros, los Vigilantes Aspe y Parrado, Guardia y Esteban y el Prefecto, me felicitaban; y los hermanos Montuenga y Belamendía, Meabe y Beriquistain lo elogiaban y exaltaban, refiriendo las hazañas de sus goles, como el pateado con efecto desde un corner que entró en el más extremo ángulo de la portería adversaria o el introducido desde fuera del área, con una tijereta o chilena, diez segundos antes de concluir un partido.
Luego, recomendado por los padres Otaño e Iriarte, cruzó el Atlántico para jugar con el Real Zaragoza y recorrer ciudades del norte y sur de España, y lucir unos meses el uniforme; pero no pudo abrirse camino porque su país carecía de gran tradición futbolística y los entrenadores se inclinaban por brasileños, uruguayos y argentinos.
Marchó, entonces, a París donde fue absorbido por el savoir vivre, aunque después ya en Nicaragua jugaría algunos partidos con el equipo de la UCA, metiendo otros oportunos goles memorables, como aquel victorioso que estremeció el Estadio Cranshaw, contra el Diriangén, faltando otros diez segundos para concluir el partido. Pero su época de oro fue la del Centroamérica, cuando yo estaba en cuarto y quinto grado de primaria y tenía un hermano que era el mejor de los mejores futbolistas de todos los tiempos.