- Todas las mañanas veo pasar a don Julito por la otra acera. Asoma por la esquina y mira cuidadoso hacia oriente y occidente para cruzar la calle. Se dirige a la venta de la esquina. Camina con pasitos cortos, tratando de afirmar los pies para no caer, pero tanta precaución no le impide saludar a los amigos, o improvisar con ellos una sabrosa “platicona” rica en anécdotas y carcajadas
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De regreso de la venta, con leche y pan en las manos, don Julito vuelve a las andadas, y nos zocamos con nuevos capítulos orales o hacemos repela de los anteriores, vuelven las risas y los chascarrillos hasta que con sorpresa dice: “¡Mi madre! Ya se me olvidaba que la Blanquita está esperando el encargo”, y se va apresuradito.
Hubo un tiempo que mi amigo dejó de pasar, a cambio de ello vimos venir a doña Blanquita, con su pelito blanco, corto, bien peinadito, y sus vestidos claros y floreados hasta la mitad de la pantorrilla. Un día tomamos valor, la interceptamos y le preguntamos: ¿Qué pasó con el amigo Julito que hace días no le vemos?
Nos contó que don Julio había sufrido una caída y se había fracturado un brazo, pero que estaba mejorando. Pocos días después don Julito asoma por el recodo, trae el brazo en cabestrillo pero viene sonriente. “Como dice el dicho, a veces en lo más llano se desquebraja el cristiano”, dice y agrega: “Pero aquí andamos como las vacas, unas gordas y otras flacas”.
Siguió, pues, pasando a comprar el pan hasta que un día supe por boca ajena que don Julito y la Blanquita habían cumplido 60 años de casados. Por el tiempo y por el aguante esto merece una investigación, me dije. Les solicité una entrevista y fue como encontrar el significado de aquel verso de Jorge Manrique que dice: “siempre amar y amor seguir”.
LA HISTORIA DEL AMIGO JULIO
Julio Evenor Quintana Lazo nació en Chichigalpa el 1 de marzo de 1920, sus padres fueron don José Quintana Martínez y doña Bartola Lazo Real. “Mi infancia transcurrió bajo la ocupación de los ‘machos’ que eran dueños de las aduanas, el ferrocarril, el banco, el telégrafo, los puertos y de tantas otras cosas que los gobiernos habían entregado como lentejas. En lo militar la ocupación era abusiva, denigrante y cruel.
“Estando en Chichigalpa vi venir por el camino a un campesino que traía una carga de frijoles en su hermoso macho. Un marine lo vio venir, le gustó el macho y sin ningún miramiento bajó al campesino y se apoderó del animal. ‘Agradecido debes estar de que no te mato’, le dijo y se largó. Fue en ese tiempo que Chinandega llegó a llamarse la ‘Ciudad Mártir’ porque los mismos yanquis daban dinamita a liberales y conservadores para que destruyeran aún más un pueblo que estaba en ruinas. “En ese ambiente de guerra mi niñez fue destrozada, quedé huérfano junto con una hermanita que murió hace mucho tiempo. Al fin una señorita llamada Isolina Hernández Fornos se compadeció de mí y me internó en el Hospicio San Juan de Dios, en León. Mi hermanita pasó al cuido de la familia de don Julio Cervantes, en Chinandega.
“Siete años estuve en el hospicio y el único que llegaba a verme era mi tío, don Manuel González Real. Allí aprobé mi primaria y medio aprendí sastrería, pero lo que más me gustó fue la música. Aprendí a tocar, y muy bien, la trompeta bajo las enseñanzas del hermano Agustín Herbé”.
LA HISTORIA DE BLANCA CASTRO
Si fue dolorosa la niñez de don Julio, no lo fue menos la de su esposa, doña Blanca Antonia Castro Quintana. “Yo nací en León el 9 de mayo de 1926, mi madre se llamaba Vicenta Castro, mi padre don Félix Quintana Huezo.
“Por gestiones de doña Conchita Acuña entré a La Recolección, de León, y después pasé al Colegio San Juan Bautista donde continué mis estudios. Siendo todavía una chavala mi padre decidió llevarme con él a su casa en Corinto, donde tenía una ferretería”.
¿Qué educación recibían las niñas en La Recolección?
Éramos educadas en un ambiente religioso, las monjas andaban dando vueltas viendo como íbamos y si había una malcriada pues las castigaban y la llevaban a un cuartito donde estaban unos cuadros que representaban el infierno y las ánimas del Purgatorio. Eso creaba temor en nosotras y horror hacia esos lugares.
LAS NOCHES DE LA CHALUPA
¿Cómo se conocieron y cómo se amaron?
(Don Julito) A los 16 años decidí salir del hospicio y la señora que me había llevado ahí me dijo: “Bueno Julio, haga lo que estime conveniente”. Me fui a Corinto y un pariente mío, don Miguel Ángel González me llevó a la Casa Vassalli donde entré como aprendiz. Al poco tiempo ya manejaba una máquina Underwood. Recuerdo que el señor Vassalli era muy severo, pero también reconozco que era un hombre muy trabajador e inteligente.
(Doña Blanquita) Él llegó a vivir con unas tías que tenían una venta frente a la casa de mi papá, en la noche instalaban una chalupa que cantaba un pariente de Julio. En Corinto existía la costumbre de sentarse a fresquear en las aceras y así lo hacíamos los de mi casa, donde vivía con mis dos hermanas menores de padre. Desde ahí yo miraba a Julio que me quedaba viendo desde el frente. Pero la severidad de mi padre se imponía y cuando nos miraba desocupadas nos decía: “Cojan esas tijeras y se ponen a enrollar manila”, y pas, nos tiraba el rollo. Nos tocaba hacer rollos de una libra porque la manila la compraban los pescadores por libra y por yarda. Así pasaban las noches y de vez en cuando me asomaba a la puerta con curiosidad para saber por dónde estaba aquel muchacho mirón.
¿A pesar de ser tan flaquito usted lo miraba guapo?
Así miran los ojos de uno cuando ya le va gustando una persona. Él ya trabajaba en la Casa Palazio donde se desempeñó durante 38 años, y en la mañana cuando pasaba a trabajar volteaba a verme y me decía adiós y yo le contestaba el adiós.
Y usted de Julito… ¿Cómo fue ese flechazo?
Era muy tímido, pero no sé de dónde sacaba fuerzas para cruzar la calle con la intención de comprar algunas cositas y poder tocarle la mano en medio de calambres. Pero me volé como cinco años en ese plan y ya me estaba volviendo vaguito.
El ENCAVE QUE FUE VENTUROSO
¿Cómo hizo para declarársele?
A eso iba. Así jalamos a escondidas y casi sólo de mirada. Pero un día me dijo mi tía Chila: “Ve, debés ir donde don Félix porque yo ya hablé con él y pedí tu entrada para que visités a la Blanquita”. “¿Pero quién le ha dicho que pidiera la entrada?”, le pregunto ya arrecho. Me voy donde mi otra tía y le digo: “Tía Chenta, fíjese que mi tía Chila me comprometió, y sin mi consentimiento fue a hablar con don Félix”. “Bueno, me contesta, ahora tenés que ir, a lo hecho pecho”. Me fui a tratar de ver a Blanca y ella me dijo: “Tenés que venir ahora porque a las siete de la noche te espera mi papá porque tu tía Chila vino”… y bla bla ba me recuenta el cuento. “Mi papá dice que te espera para ver si sos un caballero”.
(Blanquita) Pero mi papá creía que el tal Julio con el que yo supuestamente estaba jalando era un Julio Chacón. Ese día me llama y me dice: “¿Cómo es eso que andás jalando con ese Julio Chacón? ¿Qué te va a dar de comer ese tipo si es vendedor de lotería?” Yo le dije que no andaba jalando con el tal Chacón. “¿Entonces quién es ese Julio?” “Pues Julio, el de enfrente”, le confesé con más miedo que otra cosa.
(Don Julito) A las siete de la noche ya estaba frente a don Felix. “Don Félix —le digo—, vengo porque mi tía Chila dice que habló con usted”. “Sí, pero ¿cómo es eso de la Blanca?” “Pues sí, a mí me gusta”. “¿Y cómo la vas a mantener?” “Pues yo estoy trabajando y espero ascender”. “Sí, pero lo que yo quiero saber si sos hombre responsable porque ahora los que hay son un manojo de picados”.
Ahora le agradezco a mi tía Chila aquel volado porque si no me hubiera pasado la de Iriarte Urbina que murió callado y enamorado de una prima mía sin haber llegado a tocarle ni un dedo. Total quedé de visitar a la Blanquita domingo de por medio, de siete a nueve de la noche, no sin antes advertirme don Félix: “Si sale mal el caballo hay que ponerle un buen frenillo”.
¿Cómo fue el casamiento?
(Blanquita) Pasaron tres años con muchas peripecias hasta que decidimos casarnos en secreto. Él ya se había alejado de los traguitos y comenzamos a hacer los preparativos, a comprar algunas cositas. Estábamos dispuestos a todo. Dio la casualidad que se muere mi abuela y mi papá tiene que ir a León por dos días. Rápidamente nos fuimos donde el padre Azarías Pallais, que era nuestro compadre hablado, y después de muchos apresuramientos y sobresaltos nos casamos por lo civil a las cuatro de la tarde y don Azarías nos dio la bendición a los cinco. Eso fue el 16 de febrero de 1946.
Durante los sesenta años restantes, ¿cuántos hijos tuvieron?
Solamente una hija.
¿Han sido felices?
Sí, gracias a Dios. Nos querernos mucho sin escándalos ni pleitos. Yo aprendí a coser y el llegó a ser vicegerente de la Casa Palazio. Cuando el amor es verdadero los obstáculos no existen, con este amor hemos sobrevivido a temblores, terremotos, guerras y miles de calamidades. Siempre vivimos en paz y por eso somos un matrimonio feliz.