- Escobar Barba caracteriza al minicuento como la combinación de la metáfora, lo real y lo fantástico
Edgar Escobar Barba (México-Nicaragua, 1958), promotor de la lectura y escritura en jóvenes, creyente férreo de los talleres literarios, discípulo de la escuela del minicuento mexicano e investigador de este género ¿o subgénero? en nuestro país. Galardonado con el premio FUNISIGLO 2000 en Cuento; actual coordinador del grupo literario Horizonte de Palabras y fundador, junto a Jorge Eduardo Arellano, del Encuentro Nacional de Jóvenes Creativos con seis ediciones. Sus libros publicados: Miligramos (Cuentos, 2000), Ahuizotes (Leyendas, 2000), Cántaros (Poesía, 2002), Más que Vago Peregrino e Intimidades Nocturnas (Poesía, 2003).
A los tres meses después que Jorge Eduardo Arellano publicara en diciembre del 2004 Minificciones de Nicaragua: Brevísima Antología (Ediciones de la Academia Nicaragüense de la Lengua), con 37 autores y 55 piezas cuentísticas seleccionadas, Escobar Barba publica en marzo del 2005 la Antología del Minicuento Nicaragüense (Horizonte de Palabras, 2005, 66 págs.), con 71 autores de los cuales 13 son mujeres y 109 piezas narrativas, entre minicuentos y cuentos brevísimos.
El libro, además de una amplia introducción donde fundamenta en términos históricos y teóricos el género minicuento, está estructurado en cuatro secciones: Cultivadores, Legionarios quienes se desbordaron en la narración brevísima, Nuevos Cabalgadores cuentistas actuales que ejercen con disciplina el género y Emergentes los que se vienen animando y narradores con cierta trayectoria que empiezan a enfrentar el reto en este género.
En sus conceptos, que a la vez sirvieron como criterios bases en su labor antológica, plantea que el minicuento, como hibridación, surge de la interrelación de los géneros breves maravillosos periquete, canutero, refrán, aforismo y palíndroma. Su definición está dada por la intencionalidad, contundencia, economía verbal, precisión lingüística. Es real y fantástico. Fábula, a veces. Suprime el desarrollo y se apoya en el clímax para dar un efecto brutal al desenlace, produciendo un determinado impacto en el buen lector (p. 15).
Lauro Zavala define este género como proteico, ubicuo y sugerente, como la narrativa que cabe en el espacio de una página, cuya existencia data desde las primeras décadas del siglo XX en la literatura hispanoamericana. Lo considera como la escritura del milenio que cursa por su brevedad, diversidad, complicidad, fractalidad, fugacidad y virtualidad (Seis problemas para la minificción).
Para Escobar Barba, el minicuento debe tener una extensión de una a siete líneas en página tamaño carta (A4); el cuento brevísimo, de ocho líneas a una página y de aquí hasta dos y media como cuento breve. Lo fundamental afirma Escobar es contar una historia de manera muy breve, casi sin desarrollo, con la contundencia del aforismo y unidad de efecto ante el lector (Págs. 13-14). Es decir, en unas cuantas líneas se concentra una visión trascendental del mundo, la vida, Dios, el hombre.
Franz Galich, en su prólogo a Miligramo, expresa que este género busca llevar hasta los límites de las posibilidades formales (a partir del lenguaje y el pensamiento) el cuento clásico, en correspondencia a la agitación de la vida en los últimos tiempos. Afirma que Escobar Barba propone un cambio de canon o paradigma en lo que a cuento se refiere.
Ya sea conforme a las definiciones de longitud definidas, de hasta un límite de siete líneas, doscientas palabras o de una página, el centro del asunto es su brevedad extrema y lo rotundo, que toque un único hecho narrativo, bastante visual, más allá de la anécdota. En el minicuento, lo que vale es el poder de síntesis y la sugerencia. No hay espacio para explicaciones ni divagaciones. Se va al grano, a la acción. En este género cuentístico no es válido el esquema tradicional de inicio, desarrollo/nudo y desenlace. Busca el clímax con vista al desenlace. El minicuento, según Calzadilla Arreaza, se apreciará por la profundidad de su silencio.
Escobar Barba caracteriza al minicuento como la combinación de la metáfora, lo real y lo fantástico, que aguante dos lecturas seguidas: La primera ( ) nos da el golpe sorpresa, la magia, el truco; la segunda nos hace ver lo que está detrás del escenario, la agudeza del autor. Lo fundamental es lo que deja de decir, aparentar silencios (el vacío); intenso y contunden. Pero al mismo tiempo advierte, que se debe vencer la cacofonía, lo simplón y los temas reiterativos como el sueño.
Si de por sí, el cuento en general requiere de buena sintaxis y precisión, el minicuento es la cápsula, la condensación cuyo reto es prender la imaginación del lector. Este género no se propone decirlo todo, da pistas para que el lector sea el verdadero protagonista del intercambio literario, llamado a terminar de construir la historia con lo poco que el escritor le entrega.
Algunos se equivocan al pensar que el minicuento se lee de un plumazo por la agitación de nuestros tiempos, desestimando que la condensación obliga a detenida indagación del fondo de las palabras, jamás una buena interpretación es superficial. Sin sumergirse en lo que concentra esa cápsula, jamás se podrá decir que hemos leído bien, mucho menos haber tomado parte activa en el proceso creativo. Ahí, el reto. No sólo para el escritor sino también para el lector. Porque el primero concentra y el segundo descodifica.
De la antología en cuestión, extraigo seis minicuentos de no más de 11 palabras, para que a partir de estos ejemplos, nos demos idea clara de lo que se trata:
Aquella comadre había perdido los dientes, triturando reputaciones. (Antonio López; La Chintana, p. 19).
Las indias cazan a las culebras / con lazos de trapos. (Guillermo Rothschuh Tablada; Trenzas, p. 25).
Edificaron con opulencia, pero no legaron ningún monumento perdurable. (Michèle Najlis; De La Gloria de Algunos Arquitectos, p. 32).
El mono bajó del árbol y se irguió para talarlo. (Álvaro Gutiérrez; El Cuento más Largo del Mundo, p. 37).
El asesino quedaba viendo el cadáver y todavía le tenía envidia. (Guillermo Menocal; El Asesino, p. 38).
Buscó la corbata más cara y se ahorcó. (Róger Fischer; Elegancia, p. 55).
Y finalmente, leamos dos piezas del mismo Edgar Escobar Barba, uno de los actuales cuentistas nicaragüenses más consistentes:
Se ponía seria la cosa cuando le decía Ulises: Ahorita vengo, no me tardo, y ardía Troya en casa de Penélope. (Fin de Semana, p. 44).
La quinceañera le era fiel al octogenario de Galileo, porque ruborizada, decía: y sin embargo, se mueve. (Galileus, p. 45).