Ventana, linóleo, 2006. Carlos Barberena De la Rocha.

Paisaje con agua, rocas y árbol

A mis maestras Leopoldina y Rosibel Castrillo, Luisa Pérez, Berta Villanueva y Norma Barea. UNO Tengo un río que va cambiando con el tiempo, hemos crecido juntos, su edad pertenece a mis días de gloria y noches de hastío. Desde niño lo pinto y describo a mi medida, no lo cambio porque otro no puedo […]

  • A mis maestras Leopoldina y Rosibel Castrillo, Luisa Pérez, Berta Villanueva y Norma Barea.

UNO

Tengo un río que va cambiando con el tiempo, hemos crecido juntos, su edad pertenece a mis días de gloria y noches de hastío. Desde niño lo pinto y describo a mi medida, no lo cambio porque otro no puedo recordar. Su cauce basta para morir. ¿Suficiente raudal en las noches de llena? Creciente turbulencia nocturnal calculaba al amanecer desde los desfiladeros del pueblo. Amanecían cadáveres y vacas muertas, milpas y chayoteras destrozadas, caballos soplados bajo el vuelo de aves agoreras y burros ayunando en otras vecindades.

La nobleza del río reclamaba inventario: lloraban gallinas perdidas y cerdos encontrados río abajo; preocupábanse por la casa desaparecida en el crecido correntón; amanecían juntando tristezas en un cuento hilvanado de padeceres inmediatos. Convencidos por el desastre pasional de la naturaleza, sin demandar más que a sus santos, dormían encomendando sus huesos a las próximas tempestades.

Mayales es el nombre que sembró la migración méxica; pasaron tribus sin retorno heredando su lengua a las cosas que veían y tocaban. Desde las cumbres de los cerros predijeron bondades; reservaban a la vida abundancia reunida en el descenso verdeante.

Al Mayales lo aprendí de memoria y empecé a amarlo en posas preferidas y armarlo con cruces seguros en los meses de aguajes. Junto recodos fríos debajo de mangos y guapinoles, aparto despeñaderos profundos, coloco corrientes tranquilas empedradas donde lavan mujeres desnudas y coloreo árboles distantes bajo degradación luminosa o desteñido de la sombra.

Busco textura de líneas que lo describan, pinceladas rápidas que soplen creación, salpicaduras superficiales y errores dispuestos al azar. Claridad encuentro para escribir con fuertes puntos en sus orillas al estilo de Tung Yüan, para que nadie ahogue y se adhiera al gozo inmortal de su pintura.

Dos

El Mayales bordea la ciudad. Del centro de Juigalpa se alejaban las calles hasta topar con pocos callejones que lograban desembocar en secos pedregales del río: eran puertas o pasos de acceso. La vida del río invadía nuestras vidas, el flujo y reflujo de sus aguas alcanzaban la domesticidad recluida, alrededor de una plaza alcanzada de aleros ecuménicos.

Esos pasajes gratos que entrecortaban la corriente, nos brindaban espacio para el baño, tiempo indispensable para que las bestias aguaran, momento para lavar pichingas de la leche y desprenderse alguna incomodidad entérica vesical. Los que no cruzaban el río se quedaban iguaneando, chinchorreando mojarras y zavaletas, mercadeando huevos, gallinas, chanchos y quesos. La pasada del río permitía expresar usos y costumbres ya olvidados.

A sus orillas, las lavanderas amanecían y atardecían levantando sus trapos para después refregar al aire libre sus tetas matriarcales con espumas fragantes, luyendo aun más la piel curtida por el quinto sol de los aztecas..

Bañadero sin peligros era Payguas. Rocas desprendidas de los despeñaderos servían de descanso, sobre ellas edificábamos aventuras para alcanzar la tarde o platicar proyectos de la noche. Las enormes piedras encima del nivel del agua impulsaban clavados limpios o panzazos agotadores. Desde su breve altura caíamos al agua retozando con juegos que las nutrias validaron en las fugas terribles de sus depredadores. Nosotros gritábamos aglutinando el silencio recluido en la caparazón de los cangrejos.

Alcanzaba plenitud solar nuestra piel renegrida, oscurecida libertad de llano abierto. El cielo azul se ensuciaba en aguas muertas, estancaban las nubes el viento no probado, lentamente las sombras entristecían turbio fondo. Payguas moría en manos leñadoras, agonizaba en las quemas de abril, se perdía en el polvo o la hierba adaptada a la sobria devastación del tiempo.

La desilusión tonal del paisaje alcanza varias generaciones para testificar la enfermedad del lienzo, cuarenta años después enmarco la semejanza del río con mi vida. ¿Expresionismo fiel encaro para no retocar fragmentos perdidos en la atmósfera?

Tres

La Vuelta de los Coyoles no es albur, es la explicación descriptiva del cause del río cubierto en sus márgenes de palmeras, que un día trocaron la firmeza del tronco en savia fermentada: tabernáculo embriagante. Esas bajuras de potreros naturales concentraron el bucólico nicho de Luis Castrillo, majada griega donde el laborioso pastor cuidaba la ordeña de sus vacas.

Comabanca anidaba los últimos lamentos de caimanes. Posa enraizada de mangos primitivos, mitigaba la hambruna de familias enteras; el benevolente fruto sustentoso limpiaba tripas sucias, tras un curso antiparasitario de varios días. Honrosa diarrea refrescaba las vísceras en el ardor de marzo y abril.

La Tonga y El paso de los Lanzas unían kilómetros de dichosos nadadores, vecinos que integraban el paisaje a su vida doméstica. Los ladrilleros ahuecaban el suelo consumido en llamas hitlerianas. Las siembras de papayas, las tomateras, el cruce de carretas, las recuas de bestias en tropas o en fila, el relincho encelado de las burras de acólitos machucantes, los arreos de vacas paridas, los bueyes de Crovetto llamados por sus nombres y las partidas de cerdos gordos estructuraban la visión profética de salteadores de caminos.

En El Salto represaban con muros la fuerza de la aguas, dirigiendo su curso agilizado hacia la rueda de una turbina Pelton transformando su energía en marquetas de hielos; desde la presa desafiaban el vacío ágiles contorsionistas del momento: Chonela, Zopilote, Chimbor y la Rana.

Panmuca atraía el turismo local. Desguindábanse los visitantes desde el cerro más alto, tapados con trusas multicolores, para luego refundirse en mansas aguas sombreadas por caraos; algunos vecinos cañambucos mostraban su convicción localista sin arrepentimiento. A lo lejos, negociantes agropecuarios pasaban desvaneciendo la representación naïf, compuesta de explotados campesinos con aves enganchadas en el anca de las bestias, acompañando la travesía, mujeres con canastos sobre sus cabezas.

Las Limas siempre fue paso caudaloso de posas profundas y peligrosas. Rumbo a Puerto Díaz y grades haciendas ganaderas, nunca desvió nuestro rostro de la montaña, porque siempre hemos vivido de espaldas al Gran Lago, aun cuando pitaba el vapor Victoria recuerdos del Misisipi. La hermosa vegetación de La Limas mantenían un litoral húmedo reservado para los meses mas tristes.

Cuatro

El río es una inmensa sierpe. Reptil de meandros, animal sinuoso, igual al hombre que nunca se aparta en escoger lo peor; jamás es recto. Está torcido. Culebra de tempestades repta su diluvio, rapta tributarios riachuelos amorosos, criques cantarinos.

Al final de la ruta, el Mayales abre su fauces, desemboca en el Lago de Nicaragua, vomita la espesura de la selva tragada, regurgita dolor y felicidad, excreta, deposita su porción de cielo arrastrado. Solo en las épocas de sequías se echa a dormir, nunca se enrosca como la terciopelo.

Mayales: paisaje de huellas camufladas en los acantilados y llanuras de Chontales.

La Prensa Literaria

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