(Fotos La Prensa/Archivo/Foto arte/ J.Collado)

¡Suelten al toro!

El duelo entre toro y jinete es intenso. La adrenalina emerge a borbollones por algunos segundos, tiempo suficiente para incluso perder la vida. Este es un oficio peligroso que los montadores dicen hacerlo por pasión, por deporte, por gusto, pero sobre todo, por necesidad ESPECIAL PARA LA PRENSA Suena la música de los chicheros anunciando […]

  • El duelo entre toro y jinete es intenso. La adrenalina emerge a borbollones por algunos segundos, tiempo suficiente para incluso perder la vida. Este es un oficio peligroso que los montadores dicen hacerlo por pasión, por deporte, por gusto, pero sobre todo, por necesidad

ESPECIAL PARA LA PRENSA

Suena la música de los chicheros anunciando que la corrida va a empezar. En la manga se alistan ambos contendientes, un grupo prepara al toro y a pocos metros el montador se coloca las botas y las espuelas. Se acerca sin mostrar signos de temor, sube la baranda que retiene al toro y se coloca encima. Sus amigos le indican cuándo sentarse y cómo pegarse con las espuelas a la panza del animal que se mueve impaciente.

Desde una esquina en el palco de la barrera San Roque, Denis Incer Argüello, su propietario, anuncia al toro y el nombre de su montador. Inicia un forcejeo entre ambos protagonistas de una batalla en la que generalmente quien lleva la peor parte es el montador. Son sólo algunos segundos, pero tan peligrosos que hasta le pueden costar la vida.

El oficio de montador es quizá uno de los más peligrosos que se realizan en Nicaragua. Una actividad que para algunos representa placer, otros la utilizan para demostrar su hombría, pero la mayoría lo hace para ganar algo de dinero.

En Nicaragua existen pocas barreras de toros, pues esta tradición ha perdido auge en los últimos años. La más importante es la que pertenece a Denis Incer Argüello, un ganadero de Potosí, Rivas, que se inició en el mundo de las corridas de toros hace 20 años, cuando lo hacía para obras sociales. “Cuando me di cuenta que los alcaldes estaban vendiendo los derechos, los compré para negocios personales y comencé con pocos toros”, recuerda Incer.

En la actualidad cuenta con tres barreras y trescientos toros, los cuales, según él, son de gran calidad, ya que participan en las dos temporadas de la feria Expica, en la cual juega tres o cuatro veces en las competencias de toros de brinco.

EN EL LOMO DE LA MUERTE

Desde hace más de catorce años Manuel Olivares Reyes, montador y campeón de rodeo, es el encargado de contratar a los toreros de la barrera San Roque. Según él, no existen requisitos para ser torero, sólo querer y tener valor. “Ellos ya saben cómo es el trabajo y que se les paga por corrida”, afirma.

El salario que reciben depende de la entrada de personas. Si hay buena asistencia pueden ganar mil córdobas, los cuales son divididos entre la cantidad de montadores, los que suelen ser cinco.

Debido a que los peligros son muchos, no se les permite tomar licor antes de montar. No obstante, a pesar de estar sobrios sufren golpes, caídas y corneadas que en muchos casos han provocado muertes.

A pesar de los altos riesgos, los montadores no cuentan con seguro de vida, en caso de accidente, el dueño de la barrera corre con los gastos médicos.

Francisco Rodríguez Ortiz empezó a montar desde los ocho años. El año pasado sufrió una corneada en la parte baja de la espalda, por lo que ahora utiliza una sonda, la que no le impide seguir montando. Al igual que Francisco, Douglas Chávez es montador desde hace trece años y también ha recibido innumerables golpes, corneadas y heridas. La más grave fue el veintiocho de febrero pasado cuando montaba al “Gato de Monte”.

“El toro salió brincando y yo me aflojé, se me quedó pegada una espuela, quedé guindado y el toro me dio con el cacho en el tórax, me sacó el aire, anduve entre sus patas, quedé inconsciente y mis amigos me sacaron. Cuando me di cuenta me tenían afuera echándome aire”, relata.

LA MONA MONTADORA

Aunque cuenta con una variedad de toros que ofrecen al público un espectáculo de calidad, Incer Argüello otorga la mayor atención a “Celia” —la monita montadora—, que se arriesga para complacer al público y también ha recibido golpes y corneadas. Cuentan que una vez se quebró una pata.

Para algunas personas, ésta es una crueldad. Piensan que la mona es obligada, pero según sus dueños y los mismos montadores, ella sola se sube a los toros en señal de que quiere montar. “Celia” ha sido vista en otras partes del mundo a través de programas de televisión internacionales, como Ver Para Creer, Ocurrió Así y Primer Impacto.

El ambiente que se recrea en los palcos se enciende más al calor de los tragos, la ingesta de cervezas y la música de los chicheros. Unos bailan y otros gritan al ver a un picadito corriendo en el corral seguido por un toro.

La corrida ha terminado y los resultados para los montadores han sido de dos heridos y algunos sorteadores golpeados. Para el público fue un buen espectáculo, hubo sangre y buenos toros, pero para los montadores fue sólo una corrida más de la cual salieron vivos “gracias a Dios”.

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