Slama y sus clientes: mas valor al bikini ()

El rey del bikini

La moda de playa del brasileño Amir Slama se alista para la conquista del mundo São Paulo Fue en Nueva York, durante el verano del 2002. Mientras paseaba por Central Park, el brasileño Amir Slama intentaba relajarse antes de un desfile de sus confecciones cuando observó a una chica tumbada en el pasto. La mujer […]

  • La moda de playa del brasileño Amir Slama se alista para
la conquista del mundo

São Paulo

Fue en Nueva York, durante el verano del 2002. Mientras paseaba por Central Park, el brasileño Amir Slama intentaba relajarse antes de un desfile de sus confecciones cuando observó a una chica tumbada en el pasto. La mujer vestía un bikini confeccionado en su estudio de São Paulo. Una señal para Slama de que “Rosa Chá” era una marca con potencial para vestir —o para cubrir al menos una pequeña parte del cuerpo— a todas las mujeres del orbe.

Cuatro años después de ese momento, el diseñador brasileño da un paso decisivo en la avanzada sobre las tiendas de todo el mundo. Por un monto no revelado, Slama vendió su marca a la textil brasileña Marisol, S.A. y formaron una nueva compañía: Rosa Chá Studio Ltda. con un capital de 7.5 millones de dólares.

Marisol —controladora del 75 por ciento del capital de la organización y que adquirió las tiendas propias de Rosa Chá— se encargará de la distribución nacional e internacional del sello y fabricará 40 por ciento de la producción total.

Slama, por su parte, se concentrará en lo que sabe hacer mejor: diseñar las diminutas prendas. “Yo hacía todo; dibujaba y cuidaba de la parte administrativa”, dice Slama, quien considera que un estilista brasileño, sin el respaldo de una empresa grande, poco puede hacer para conquistar el mercado internacional. “Llegamos al punto en el que teníamos que asociarnos a una compañía con una estructura más organizada y competitiva, para así poder concentrarme en el diseño de las colecciones”, dice el estilista brasileño.

Mientras Slama diseña, Marisol prepara la invasión global de sus bikinis.

“Hubo una gran empatía y percibimos que su visión de mercado es muy parecida a la nuestra”, dice Giugliano Donnini, director de marketing de Marisol en Jaraguá do Sul. “Queremos globalizar la marca Brasil como semillero de la moda playa”.

La fábrica original de Rosa Chá, ubicada en un edificio muy poco sexy en el barrio de Bom Retiro, en São Paulo, seguirá responsabilizándose de la mayor parte de la producción, mientras Slama construirá una nueva sede para Rosa Chá Studio, donde concentrará la más glamorosa parte del diseño.

Para la consultora de moda, Marta Feghali, propietaria de Satisfashion en Río de Janeiro, Slama hizo una buena apuesta con Marisol, por su parque productivo y know-how. Pero ve riesgos. “El problema de tercerizar la fabricación es que, en grandes cantidades, no siempre cumple con la calidad”, dice. “La gran ventaja es el poder de compra de Marisol, que puede reducir los precios, considerados por las consumidoras bastante caros”.

Donnini, de Marisol, reconoce que la estrategia de precios podrá continuar, ya que considera a la marca Rosa Chá la de mayor valor agregado en Brasil actualmente. “Si la empresa logra aplicar sus precios en moda de playa, imagínese lo que podrá hacer con otros productos”, dice el ejecutivo.

Ésa es justamente la especialidad de Slama, quien antes de vender Rosa Chá, diseñó colecciones para la estadounidense Speedo y consiguió atraer a top models de reconocida fama mundial, como Naomi Campbell. Slama llegó a diseñar una colección exclusiva para la rubia Ana Hickmann, modelo brasileña conocida por sus piernas de 120 centímetros.

PROBLEMA DE BRONCEADO

El principal rival de Rosa Chá tiene nombre y dirección: la moda de la playa de Ipanema, en Río de Janeiro, de donde nació para el mundo la tanga, el bikini de ala delta y el de hilo dental, y que dieron vida a marcas como Poko Pano, Blue Man y Salinas. La explicación es singular. “La mujer brasileña va a la playa para broncearse, mientras menos marcas deje el bikini, mejor”, dice Martha Feghali, profesora de la Universidad Facultades Cândido Mendes, en Río de Janeiro, y del MBA en moda de la Universidad Estatal de Santa Catarina (Udesc), en Florianópolis.

“Las piezas de Rosa Chá son tan elaboradas que causan un bronceado que a las brasileñas no les gusta”.

Algunas están de acuerdo. “Prefiero (la marca de bikinis) Salinas porque me gusta el moldeo, y ni yo ni mis amigas compramos más Rosa Chá”, dice Ana Lúcia Pinho, carioca que frecuenta Ipanema y vive en São Paulo, donde trabajaba como investigadora de la Rede Globo. “El bikini sirve para decorar el cuerpo y no al contrario”.

Sin embargo, en materia de bikinis, no hay consensos. “Es importante llegar a la playa y no ver 100 mujeres con un bikini idéntico al tuyo”, dice la periodista Lygia Marassi, de São Paulo, dueña de algunas piezas de Rosa Chá y quien elogia la calidad de los productos. “Compré uno hace más de dos años y continúa nuevo, pero creo que el precio es un absurdo”, dice Marassi.

De hecho, Rosa Chá se colocó por arriba de la competencia gracias a una estrategia exitosa de conquista del gusto de compradores y periodistas extranjeros; especialmente entre los asistentes a los concurridos desfiles de la marca que se organizaron en el Fashion Week de São Paulo. Personajes famosos, como Paris Hilton y el futbolista Ronaldo Fenómeno, así como otros menos populares, se empujaban para conseguir un lugar en la primera fila del desfile. “Las piezas, que considero acquawear, no moda playa, logran un efecto óptimo en la pasarela”, dice Marta Feghali.

La estilista paulista de bikinis Joana Faria de Camargo, que estudió moda en Milán y cursa el MBA de Udesc, dice que el éxito internacional de la marca está en el diseño. “Puedes encontrar un bikini de Rosa Chá en Bahia, Londres o Tokio”, comenta.

Nada mal para Slama, quien comenzó su carrera diseñando ropas de gimnasia para la confección de su padre, tras lo cual el diseñador brasileño empezó a viajar a Nueva York y Londres para mostrar sus bikinis a las revistas internacionales de moda.

Así, Slama conquistó espacio en las tiendas más sofisticadas; incluso con otras prendas, como salidas de playa. “Es un estratega muy perseverante, trabajó con paciencia e inteligencia”, dice Carlos Ferreirinha, consultor del mercado del lujo.

Hoy, Rosa Chá exporta más de 20 por ciento de su producción, el sueño está siendo alcanzado y con ojos muy abiertos. “Mostramos que la moda playa no es un privilegio de una ciudad”, rebate Slama. “Hago moda desde Brasil, pero no es una moda brasileña, puede ser usada en cualquier lugar del mundo”.

Ahora, con el poder comercial robustecido, ha llegado la ocasión para que las mujeres de todo el orbe intenten desfilar con sus bikinis por las playas y albercas del planeta. “Lo que pueda hacer para que la mujer se vea más bonita, lo aplico en mis creaciones”. Los hombres, embobecidos, agradecen.

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