Así como la guerra en Irak es el punto débil de los Estados Unidos y motivo de críticas y causa de su creciente desprestigio en Europa y Oriente, en América Latina es el TLC (Tratado de Libre Comercio ) el blanco de los ataques y el emblema satánico del “imperialismo yanqui”.
Lo de Irak es difícil de justificar. Es un enredo para los EE.UU., del que sólo podrán salir con una nueva administración que resuelva volverse, con más pena que gloria.
Lo del TLC es más irracional. Es un sentimiento, parte de un dogma, es una forma de identificar y concentrar rencores, de pedir cuentas y a la vez de cargar a otros culpas y fracasos propios. También es en cada país un asunto de política interna —estar contra el TLC, y defender a Fidel es ser de izquierda— y en esas pugnas, siempre electoreras, es difícil pedir análisis serios y que sólo se atiendan los intereses generales y permanentes cuando pueden ser afectados los intereses particulares e inmediatos del “partido”. Sólo así se explica ese entusiasmo que ponen muchos latinoamericanos para cerrar el mayor mercado para sus productos y enemistarse con su principal comprador o su ceguera al no percibir la hipocresía de los planteos de Hugo Chávez, quien es el principal socio comercial de EE.UU.
Por su parte Washington se esfuerza para que esas campañas no sean tan irracionales. Su decisión de suspender las negociaciones comerciales con Ecuador a raíz de la anulación de un contrato a una empresa petrolera norteamericana que operaba en ese país, puede empezar a explicar y justificar las pancartas anti-TLC. No es que todos, ni en Ecuador, estén de acuerdo con lo hecho por el gobierno del presidente Alfredo Palacios, pero son muchos más lo que no aprueban la decisión norteamericana de “blandir” y meter por delante el tema del TLC y darle jerarquía de “asunto de estado” a un problema de una compañía privada, que , sin duda, no las tiene todas consigo.
Diplomáticamente, el Secretario General de la OEA, el chileno José Miguel Insulza, opinó que la reacción norteamericana era “precipitada” y que podía generar “rencores”. Esto es, sumar nuevos rencores a los ya existentes.
Tiene razón el vocero gubernamental ecuatoriano cuando señala que “los tratados de comercio no son para imponer voluntades a los países más pequeños”. Y su razón se hace aún más fuerte frente a la actitud de la empresa en cuestión (OXY), que argumenta que el tema se debe resolver en un arbitraje en Washington, y frente a las declaraciones de la embajadora de los EEUU. , Linda Jewell , acerca de “grandes desacuerdos” en las relaciones comerciales.
Ésta habló de violaciones varias y anteriores, calificó la situación de “grave” y “dramática” y amenazó con que podrían ser afectadas las Preferencias Arancelarias Andinas (ATPDEA) , acordadas con Ecuador, y además con Colombia, Perú y Bolivia, para compensar a estos por su lucha contra las drogas.
¿Es que Ecuador también abandonó esa lucha? Hay noticias de estos últimos días que dicen que no.
Resulta extraño, además, el distinto nivel de reacción de EE.UU., frente a este caso de la petrolera OXY en Ecuador o con respecto a todas las medidas y actitudes antinorteamericanas de los gobiernos de Argentina, Bolivia y Venezuela.
Parecería que a la administración Bush, cuando entra a jugar el petróleo, se le obnubila la mente y su política externa se hace aún más torpe. Y no repara en nada: le declara la guerra al que sea, le compra petróleo a quien dice ser su mayor enemigo, y suma no un granito sino montones de arena, a las entusiastas y bullangueras manifestaciones que recorren América Latina al grito de “No al TLC”. Dicen que el TLC es “el nuevo instrumento de dominación del imperialismo” y, por momentos, Bush parece darles la razón.
(El autor es periodista uruguayo).