- Aún saltando sobre Ruth
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bondS EN PLENO DESCENSO
Girando alrededor del número 714, una cifra grandiosa cuya estructura metálica pesa tanto como las 7,000 toneladas del gigantesco monumento que adorna París, Barry Bonds, la Torre Eiffel del beisbol moderno, se está derritiendo, entre cierto asombro, muchos lamentos y marcada indiferencia. Cómo no lo esperábamos.
Este Bonds del 2006, por cumplir 42 años, ha entrado en una etapa de rápido envejecimiento. No es una pintura de Leonardo, como la Mona Lisa, y consecuentemente, todos sabíamos que le aparecerían arrugas, que sus reflejos perderían rapidez, que sus músculos dejarían de responder frente al pitcheo autoritario, y que terminaría apagándose.
Les ha ocurrido a todos. A Reggie Jackson, a Mike Schmidt, a Hank Aaron, al propio Babe Ruth, y por supuesto, también a Barry Bonds.
Lo doloroso es que, después de tanto admirarlo mientras provocaba estremecimientos con una frecuencia casi frenética, nunca pensamos encontrarnos en un momento como éste, en que, cuando el desvanecimiento de las facultades doblan las rodillas de un superastro, al mismo tiempo, su impacto es discutido y hasta subvalorado por esas acusaciones sobre el consumo de esteroides.
Barry Bonds fue algo más que un “sospechoso” desde el spring trainning del 2005, y se vio sometido a una agobiante cacería. Su malestar provocado por la situación conflictiva, quedó al descubierto durante una rueda de prensa que no supo manejar y terminó descarrilándose.
Bueno, era natural. Él estuvo leyendo mucho sobre la legitimidad o no de sus jonrones, lo discutible de sus marcas, lo injusto que sería verlo superar a Ruth y Aaron, la posibilidad de sacarlo del beisbol, de cerrarle las puertas de Cooperstown, de obligarlo a un examen después de cada batazo, en fin, de hacerle conocer en cada próximo instante el infierno que grafica Dante.
Obvio, eso le alteró el sistema nervioso, lo hizo más arisco, lo separó de la tranquilidad y lo aproximó vertiginosamente al enloquecimiento, pero le permitió sobredimensionar su problema en esa rodilla expuesta a operaciones.
Cuando tienes más de 40 años con tu espalda gimiendo y tus rodillas crujiendo, cuando sabes que en el banco guardas millones que no vas a poder gastar, que presentas números que te aseguran un sitio de primera clase en el Salón de la Fama, que puedes espantar fantasmas si sujetas tus pretensiones, te preguntas: ¿Tiene sentido tratar de seguir consciente que no tendrás un minuto de reposo y que al final de la cacería, podrías salir severamente dañado?
¿Cómo fue posible que Bonds a los 37 años, levantándose de una silla especial para su columna antes de tomar cada turno, disparara 73 jonrones?
No nos detuvimos a rascar nuestras cabezas y todo parecía caminar sobre rieles, hasta que estalló el escándalo de los esteroides, y poco faltó para que intentaran meter en prisión a Mark McGwire y mantuvieran a Bonds recluido en un laboratorio.
Lo vimos pasar del desafío, al enojo, a la amargura y a la paranoia. Pero decidió seguir y reapareció en el cierre del 2005 conectando 5 jonrones en 14 juegos, exactamente los mismos que llevaba antes del fin de semana este año en 35 partidos.
Un Bonds herido, torturado, desesperado, ha sido limitado a un porcentaje de bateo minúsculo y sólo algunas señales de poder, muy espaciadas.
Un jugador impresionante, acostumbrado a palidecer detrás de su grandeza, se ve borroso ahora —más allá de las marcas— en medio de un escándalo aparentemente interminable, y con muchos desertores entre quienes pensaban votar por él sin parpadear, cuando llegara el momento de su candidatura al Salón de la Fama.
“El hombre cuando nace, viene con pecado. Es triste”, decía el poeta.