Juan Ismael Chávez Triana. (LA PRENSA/M.F. ESPINOSA. )

Juan Chávez sigue añorando el oficio de la tipografía

Los indígenas peruanos precolombinos, amigo mío, tenían “quipógrafos”. Eran los especialistas en codificar y descodificar los “quipus” que no eran otra cosa que una cuerda principal a la que se añadían otras de diferente color y tamaño. La longitud, el color y el grosor de los nudos realizados en esos mecates daban especial significado a […]

  • Los indígenas peruanos precolombinos, amigo mío, tenían “quipógrafos”. Eran los especialistas en codificar y descodificar los “quipus” que no eran otra cosa que una cuerda principal a la que se añadían otras de diferente color y tamaño. La longitud, el color y el grosor de los nudos realizados en esos mecates daban especial significado a cada una de las hebras
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Yo conocí al doctor Pedro Joaquín Chamorro, era un hombre serio y si alguien se le acercaba para hablarle mal de otro inmediatamente lo cortaba. En Masaya estuve preso por mis andanzas gremiales y políticas. Somoza decía que los tipógrafos éramos “comunistas”, el eterno “sanbenito” de la derecha para matar la libertad de pensamiento. En otra ocasión ya tenía como dos años de estar preso en las cárceles de La Aviación, eran como las once de la noche y de pronto pasa un guardia tocando con la clava los barrotes de la celda. “Todos de pie y con la cara para adentro de la celda”, nos ordenaron para que no viéramos para afuera. Pero yo vi con el rabillo del ojo que llevaban a Pedro Joaquín. Iba preso por orden de Cornelio Hüeck, el de Masaya. Eso fue en el 74 ó 75 y yo le comuniqué el hecho a todos los prisioneros.

Pegado a mi celda estaba “mister” Enrique Lorente, estaba flaquito, ese tenía Consejo de Guerra junto con otros muchachos. Nosotros no teníamos nada, éramos cero a la izquierda, no había acusación ni nada, sólo que estábamos a la orden de la tenebrosa OSN (Oficina de Seguridad Nacional) que nos podía hacer desaparecer si se le antojaba.

Pero mi anécdota continúa cuando miramos pasar a un guardia cargando un catre, porque ahí dormíamos en el piso de concreto. Lo que pasaba era que el coronel Wheelock, que era un hombre de cultura, no como el otro patán de Pablo Zamora, había ordenado que le dieran un catre a Pedro Joaquín. Al rato viene el guardia de vuelta con el catre porque Pedro Joaquín lo rechazó. Viendo la solidaridad del doctor nos agarró una emoción muy importante. “Aquí está Pedro Joaquín, estamos blindados, porque ya no estamos solos”.

Una mañana llegó un guardia con un paquete de Belmont, a ese guardia le decíamos “Rojitas”, era muy bueno. Me dio los cigarrillos para que se los pasara al doctor Chamorro, pero no tuve tiempo de entregárselos porque la juez de Masaya lo mandó a traer muy de madrugada para responder a la demanda de Cornelio Hüeck.

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Como lo fueron los tipógrafos en Nicaragua, los “quipógrafos” eran personas notables e importantes en el imperio incaico, dice Juan Ismael Chávez Triana, a quien conocí como Juan Triana cuando era, allá por 1950, el “Benjamín rebelde de los tipógrafos de Managua”.

“En esos quipus —añade Juan con pasión—, se guardaba la historia de acontecimientos notables, se transmitían órdenes en situaciones de emergencia, servían, además, como instrumentos de cálculo y para perennizar la memoria de los muertos. Igual de importantes fueron en nuestra Nicaragua precolombina los amanuenses que elaboraban los códices que les dictaban los sabios de la tribu. ¡Desgracia de Dios! Fueron curas fanáticos los que destruyeron esa cultura, esos trabajos que debemos atribuir a tipógrafos de otras épocas”.

EN EL DÍA DEL TIPÓGRAFO

Ayer se celebró el Día del Tipógrafo Nicaragüense, oficio que va en declive en relación directa con el avance de los procesos computarizados de impresión. Con dolor, Juan admite esa realidad, sin embargo está ahí para certificar que por su trabajo de leer lo que codificaban en los tipos de imprenta. Los tipógrafos de antaño eran personas cultas que, además, entraban en relación estrecha con los sabios, literatos e intelectuales que escribían libros.

“No es que ellos fueran grandes genios pero eran hombres, por su oficio, inteligentes. Estaban al día con el diccionario, consultaban las enciclopedias. Hombres que escuchaban una palabra y ya sabían como se escribía. Tomaban las galeras del periódico y de inmediato detectaban los errores. Incluso participaban con su opinión en el diagramado, titulación e impresión de los diarios”.

Con qué gusto Chávez Triana me daría una conferencia sobre la evolución de la comunicación escrita entre los hombres, partiendo de la época “pictórica” de la era de las cavernas, la “ideográfica” de chinos y egipcios, para desembocar en la “fonética”, quizás el invento más notable de la humanidad donde cada signo representaba un sonido. Pero el espacio apremia y ya veo a mi editora, Chayito Montenegro, haciendo mohines cuando traspaso las 1,500 palabras de Nuestra Gente. “Abreviar, condensar, resumir, sin perder elegancia”, me pide ella.

LA “PUNTADA” DE COREÍTA

Oye Juan, ¿a quién se le ocurrió celebrar el 13 de mayo el Día del Tipógrafo?

Esa fue idea del compañero Orlando Corea Espinoza, uno de los mejores presidentes de nuestro sindicato. Él trabajó varios años en Guatemala y nos contaba que el 13 de mayo de 1641 había arribado el barco que llevaba en sus entrañas y a esa ciudad, la primera imprenta de Centroamérica. Corea ya murió, era el marido de doña Digna Zamora y contaba que en Guatemala celebraban el 13 de mayo el Día del Tipógrafo. Nosotros acogimos esa idea y desde entonces quedó esa conmemoración, nosotros con todo orgullo celebramos nuestro día.

Pero a partir de 1990 vino la guerra contra los sindicatos, los fueron exterminando y la tradición se ha ido perdiendo a tal extremo que no tiene ahora la repercusión que tenía cuando estaba en vida el compañero Corea. El año pasado me tocó a mí tratar de levantar la tradición con un grupo de compañeros y se hizo un acto conmemorativo en la casa de la APN.

UN POCO DE HISTORIA

¿Qué me dices de la primera imprenta y de los primeros impresores?

Hay alguna controversia sobre eso de la primera imprenta. Se sabe que entre los años 1828 a 1824 hubo una ordenanza de la Municipalidad de León para que los caballeros, presbítero Darío Herradora, Fran Heliodoro Castrillo y Manuel Martínez Portillo sacaran un periódico en esa localidad. La tarea de comprar la imprenta fue asignada al sabio Gregorio Juárez que la compró en Granada y la llevó a León. Esto indica que Granada ya tenía imprenta pero no hay constancia de fecha en que dicho invento halla llegado a La Gran Sultana. Lo seguro es que León se convirtió en un vivero de excelentes tipógrafos con sus dos imprentas grandes, la Hospicio y la del Gobierno. Allí se forjaron Corea, Guillermo López, al que le decíamos el “Conchudo” y muchos otros. Aquí en Managua ¿cómo no recordar a “Florito”, Miguel Ángel Flores? En ese tiempo la tarea de un tipógrafo de respeto eran las tres galeras y media.

¿En qué consistía el trabajo del tipógrafo?

Todavía se sigue la técnica de Gutemberg, para imprimir había que armar lo escrito con tipos de acero, los tipos eran barritas en cuya parte superior estaba el molde de cada letra. Esas letras cabían en dos tipos de recipientes, la Caja Alta, para las mayúsculas, y la Caja Baja para las minúsculas. El tipógrafo tenía que formar las palabras, las oraciones y los párrafos colocando las letras o tipos —uno por uno—, en un aparatito llamado componedor. Así se componía cada línea de un texto, que tenía que ir al revés para que al hacer la impresión resultara al derecho. Era un arte de mucha paciencia, sin embargo los tipógrafos adquirían una especial habilidad para eso y como para armar los textos teníamos que leerlos se adquiría una gran cultura.

GALERAS, BARRAS Y PULGADAS

La tarea diaria era de tres galeras y media… ¿Qué era eso?

Una galera tenía el ancho de una columna del periódico y de alto 21 pulgadas. Todavía los diarios modernos miden sus espacios en columnas y pulgadas. Nosotros le decíamos “levanta clavos” al tipógrafo que pasaba todo el día benguén, benguén, benguén, componiendo letra por letra. Allá por los años treinta los diarios grandes como LA PRENSA, La Tribuna o La Noticia, tenían su equipo de cajistas que frente a sus cajas tenían la misión de entregar su trabajo al prensista, este hacía una impresión de prueba que llegaba a manos del corrector. Hecha la corrección esa prueba volvía a manos del tipógrafo que daba a la galera metálica el toque final y al departamento de armada e impresión.

El trabajo del tipógrafo vino a cambiar con la introducción del linotipo, que era una máquina que armaba las columnas renglón por renglón. Muchos tipógrafos se convirtieron en linotipistas, recuerdo entre ellos al “Gordo” Guevara, a Carlitos “El Mono” García, “Peñón” y a otros. Pronto el linotipo y la impresión en plomo caliente quedó obsoleta cuando los textos se levantaron en offset, y este último sistema va desapareciendo con la impresión computarizada.

¿Ya desaparecieron totalmente los tipógrafos?

Todavía no. Todavía existen tareas de impresión que sale más barato contratarlas con los pequeños tallercitos que aún quedan. La verdad es que los tipógrafos formaron un clan de artesanos muy ilustrados, uno se quedaba asustado al ver cómo esos obreros llegaban a las cantinas de ese tiempo —donde La Reina, La Chalía, Pedro Tuco o La Vieja Maldita, El Petit Café y Noche Criolla—, y se ponían a hablar al tú por tú con Manolo Cuadra, Emilio Quintana, Chepe Chico y otros, sobre los libros, las ideas y los sucesos de actualidad. Éramos un gremio muy importante, de ideas de izquierda muy avanzadas.

OTROS TIPÓGRAFOS NOTABLES

¿Cuáles eran las principales editoriales de ese tiempo?

Hablamos de la década del cincuenta, la Editorial Alemana, la Casa de las Tarjetas, la Editorial San José, los talleres del Mensajero del Corazón de Jesús, la Editorial Atlántida y los periódicos LA PRENSA, La Noticia, El Gran Diario, La Nueva Prensa, Flecha y Novedades. Yo trabajé una época para el doctor Adán Selva en la imprenta de El Gran Diario, allí imprimimos por primera vez El Pequeño Ejército Loco, de Gregorio Selser, nosotros fuimos los primeros que leímos ese libro e incluso los primeros que lo vendimos.

Los tipógrafos más notorios de ese tiempo eran Diego Navas, que armaba en la Editora Central y que era nuestro orgullo como profesional. Recuerdo como armador de LA PRENSA a Panchito Bravo, fue dirigente sindical y con la experiencia que tenía quedó desempeñando otros menesteres de impresión en ese diario y hoy escribe sesudos comentarios en El Nuevo Diario.

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