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Después de todo lo que ha ocurrido alrededor de Ricardo Mayorga, uno mira hacia atrás y aún se sorprende. ¿Qué significado tenía Ricardo aquella noche del 28 de julio del 2001 en el Staples Center de Los Ángeles, retando a Andrew “Seis Cabezas” Lewis, por el cetro welter AMB.
Cuando salí del Hotel Wilshire rumbo a la Arena sobre la Calle Figueroa, no pensé nada. Sin expectativas, no tenía que pensar. Sólo me pregunté: ¿qué estoy haciendo aquí para presenciar una pelea sin historia?
Pero, un round, apenas tres minutos, mostraron un Mayorga lleno de ferocidad, saltando como una pantera sobre el rival y disparando golpes desde los ángulos menos previsibles. El público saltó de sus butacas. Un huracán. Eso fue lo vimos de Mayorga antes del choque de cabezas en el segundo round, que suspendió la pelea.
La interrogante que quedó flotando fue: ¿Hubiera sido capaz Mayorga de continuar arremetiendo con tanta fiereza y determinación?
Lo comprobamos en la segunda batalla, cuando Ricardo “decapitó” las seis cabezas de Lewis, para coronarse ruidosamente dejando al boxeo con la boca abierta, y quedamos plenamente convencidos más adelante, cuando ganó el considerado imprudente enfrentamiento con Vernon Forrest, el mejor libra por libra en ese momento.
Mayorga lo arrugó anticipadamente con una descarga verbal sin precedentes, y luego se volcó encima de él con tal voracidad que el planeta boxeo se detuvo lleno de asombro.
Cuando Mayorga terminó con Forrest como el campeón de peso welter en enero del 2003, le inyectó entusiasmo al boxeo. Tanto que el editorial de la revista KO, fue titulado ¡Viva Mayorga! Y pasamos a otras intrigas: ¿Qué pasaría cuando Mayorga sea obligado a caminar toda la ruta? Nadie lo sabía. ¿Podría construir ventaja en las tarjetas quien estaba identificado como destructor?
Ricardo volvió a sorprendernos derrotando por puntos a Forrest en un fallo divido.