Impacto instantáneo. Eso fue desde su despegue Oscar De la Hoya. Ganador de una medalla de oro a los 17 años, De la Hoya se convirtió en profesional a los 19 y ganó su primer título mundial a los 21. De inmediato, continuó con un avance veloz e impresionante a lo largo de la carretera de la grandiosidad, tanto en lo deportivo como en lo económico. Se convirtió en La Mona Lisa del boxeo.
La primera vez que vi a De la Hoya fue en los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, como único ganador de medalla de oro para Estados Unidos en boxeo, provocando un gran impacto y haciéndose merecedor de vaticinios que parecieron exagerados sobre la seguridad de su llegada y permanencia en las esferas del estrellato.
Fue en Barcelona, mostrando la brillantez de su medalla, que De la Hoya dijo con una solemnidad llamativa: “Mi ídolo es Alexis Arguello. Quiero llegar a ser como él”.
Levanté la vista desde mi butaca, detuve el deslizamiento del lápiz sobre la libreta, y reflexioné: ¿Otro Alexis?
Ese fue el gran sueño de Oscar y su gran reto. Debe haber incidido en su comportamiento dentro y fuera del ring, en su disciplina y en su búsqueda de la grandeza.
¿Cuántos vídeos de Argüello contribuyeron a moldear algunos de los recursos de Oscar De la Hoya? La perfección de ese jab izquierdo fulgurante y lo certero y oportuno de sus combinaciones de golpes, tienen “algo” de Argüello.
El boxeo de Oscar es más flexible, pero el de Alexis, mejor definido, y con una vocación ofensiva más firme.
Un ex campeón de cinco categorías, sometido a constantes pruebas de su capacidad, enfrentando a todos los rivales que buscaron una oportunidad, De la Hoya se quedó corto respecto a Alexis, cuando enfrentó su más grande reto, pelear con un adversario tan destructivo como Bernard Hopkins en las 160 libras. Esa noche, en el ring del MGM, Oscar se vio muy pequeño y “murió” extrañamente, casi feliz de que todo terminara, como alguien ansioso por salir de la estufa caliente.
Alexis en cambio, supo impactar aún perdiendo con Aaron Pryor en dos peleas. Argüello colocó sobre el tapete un corazón tan inflamado y una voluntad tan ardiente, que todos, tanto en el Orange Bowl de Miami, como en Las Vegas, sintieron el deseo de subir al ring, y ayudarle en su titánico esfuerzo. No fue el caso de Oscar con Hopkins.