Siglos de deforestación

Desde que me decidí en 1983 a ganarme la vida fabricando muebles de madera hasta el día de hoy, el cuento del desangre de nuestros recursos forestales es el mismo. Y dejenme contarles que los nicaragüenses somos tan desgraciados que ya llevamos mas de 500 años haciendo lo mismo desde que vinieron los españoles a […]

Desde que me decidí en 1983 a ganarme la vida fabricando muebles de madera hasta el día de hoy, el cuento del desangre de nuestros recursos forestales es el mismo. Y dejenme contarles que los nicaragüenses somos tan desgraciados que ya llevamos mas de 500 años haciendo lo mismo desde que vinieron los españoles a conquistarnos. El poco oro que había aquí jamás fue suficiente para satisfacer la codicia de los ibéricos, ellos se dieron cuenta rápidamente que Nicaragua era un paraíso forestal que los haría tan ricos como se lo pudieran imaginar. Habían descubierto el oro verde.

Poco después del descubrimiento y conquista de Nicaragua por Pedrarias Dávila, varios historiadores nicaragüenses coinciden que la gobernación de Pedrarias Dávila, fue la más sangrienta y cruel de su época. Según el escritor Patrick S. Werner, en su libro «Época Temprana de León Viejo: Una Historia de la Primera Capital de Nicaragua», en 1522 el oeste de Nicaragua era habitado por 600 mil o 700 mil indios. Pero en 1550, después de 28 años de administración hispánica, la población de indios había disminuido a 42,000, incluyendo hombres, mujeres y niños; esto significaba una pérdida del 92 por ciento de las almas que existían antes de la llegada de los españoles. Ya «en 1581 habían apenas 25,000 indios», únicamente, afirma el escritor. Los indios nicaragüenses eran miembros de las cuatro tribus dominantes, Chorotegas, Nahuas, Maribios y Chontales.

En 1527 comenzaron a salir por El Realejo las goletas y bergantines españoles cargados de tucas de cedro real y caoba hacia el Perú donde serian utilizados para la construcción de los hermosos ventanales y portones de las mansiones de los virreyes, duques y condes limeños del Virreinato del Perú, el cual durante su periodo colonial de dominio americano, que, en su máxima extensión, incluyó los actuales territorios de Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú, así como los de Chile y Argentina, pero que, a lo largo del siglo XVIII, y hasta la independencia de esas zonas respecto del poder español, apenas comprendía poco más de lo que hoy en día es Perú. Amigo lector, si usted se pasea por las calles de la vieja Lima en Perú al pie de los bellos y vetustos ventanales encontrará una placa metálica que dice «La madera de este balcón fue traída de Nicaragua».

De los 16 millones de hectáreas de territorio que Nicaragua tenía en 1527 – incluido el territorio de Guanacaste – la masa boscosa nicaragüense era de unos 14 millones de hectáreas de bosques de madera tropicales y de pinos, todos eran bosques cerrados tanto del trópico seco como del trópico húmedo, el resto de hectáreas eran lagos y playas. Aún resuena en mi oído las palabras de mi abuelo cuando yo era un niño de siete años refiriéndose al auge de la depredación forestal sin ningún valor agregado a principios de la segunda mitad del siglo XX, «en tiempos de mis abuelos el bosque comenzaba donde termina el alero de la casa»

En otras palabras Nicaragua era única hace quinientos años. Un verdadero paraíso terrenal forestal. Un paraíso exclusivo para unos 600 mil indígenas que fueron masacrados por los españoles de Pedrarias hasta dejar la población indígena en 25,000 indios en 1581. La consigna era «La madera para los españoles y la muerte para los indios»

En la actualidad en nuestra Nicaragua desvastada ya solo nos quedan menos de tres millones de hectáreas de bosques para una población de mas de 5 millones de habitantes en un país donde cada día que pasa el agua es más escasa, y la masa de pobres es cada vez mayor. Si uno recorre el país buscando el norte, los grandes ríos se han secado y el panorama es dantesco, donde antes corría el agua hoy solo se ven piedras.

Setenta mil hectáreas de bosques se pierden anualmente debido a la criminal depredación sostenida, sus causas: el avance de la frontera agrícola y el desangre de nuestro recurso madera por mar, por ríos y por tierra hacia otros países vecinos que les dan a la madera valor agregado. El valor agregado a los recursos forestales – la madera – es lo que da la verdadera riqueza a una nación que no produce petróleo como la nuestra.

Nuestro petróleo son nuestros recursos forestales, y si no los refinamos nosotros dándole valor alto agregado, convirtiéndolos en muebles, puertas o cualquier otro producto de origen forestal, entonces estaremos condenados a ser cada vez más dependientes y pobres.

Ante la realidad de depredación sostenida que estamos viviendo yo concluyo este escrito preguntando a los «empresarios golondrinas» – ilegales depredadores herederos de la cultura depredadora del siglo XVI – y también a quienes los defienden reclamando preocupados en los medios que la política gubernamental forestal es incoherente con » el desarrollo de los empresarios» – pero no dicen los nombres y apellidos de éstos -, solo por el hecho de que las autoridades gubernamentales en materia forestal han estado formulando desde el año 2003 políticas y leyes responsables que van en contra del desangre de nuestra madera hacia otros países sin ningún valor agregado.

Hoy la muerte no viene a mano del acero español, sino que a mano de una cultura depredadora que por siglos ha venido heredando pobreza a nuestros congéneres, pérdida de agua y oxígeno, que es igual a la pérdida de la vida misma, convirtiendo nuestros suelos forestales en cerros pelones y potenciales terrenos degradados con alto potencial para la desertificación irreversible de nuestro territorio forestal. Pareciera que el desarrollo forestal en Nicaragua nos está condenado a la irreversible desertificación si no cambiamos la mentalidad pasando de una cultura depredadora hacia una cultura que imprima valor agregado al recurso maderable como una estrategia indiscutible para reducir los alarmantes índices de pobreza y para que se pueda dejar de utilizarse la misma consigna que nos heredaron los conquistadores «La madera para los españoles y la muerte para los indios».

El autor es gerente del cluster Forestal de la Comisión Presidencial de Competitividad (CPC) Lolo Morales [[email protected]]

Economía

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