El jurado en el caso contra Zacarías Moussaoui, el único acusado en EE.UU. por los atentados del 11-S, inició las deliberaciones para decidir si debe ser condenado a muerte o a pasar el resto de su vida en prisión.
Es la única cuestión que se plantearán los 12 miembros del jurado, tras escuchar el lunes los argumentos finales de la acusación y la defensa.
Ya habían llegado a la conclusión de que el acusado era elegible para la pena capital, al constatar que sus mentiras a la Agencia Federal de Investigación (FBI) sobre los planes terroristas del 11 de septiembre de 2001 ocasionaron la muerte de al menos una persona.
En caso de que opten por la pena capital, tendrán que hacerlo de forma unánime.
Los abogados de Moussaoui argumentaron que su cliente, que en ningún momento colaboró con ellos, debe ser sentenciado a cadena perpetua para evitar darle la satisfacción de convertirse en un mártir, mientras que la acusación pidió la pena capital con el argumento de que no hay sitio en este planeta para una persona como él.
“Es hora de poner fin a todo esto. Es hora de poner fin a su odio y su veneno. Es hora de sentenciar a muerte a Zacarías Moussaoui”, según el fiscal federal adjunto, David Raskin, quien recordó cómo el acusado se burló de las víctimas que declararon durante el juicio.
“Se alegra de todo ese dolor. Estaba eufórico” por el hecho de que la red terrorista Al Qaeda hubiese matado a casi 3,000 personas el 11-S, prosiguió.
El fiscal, David Novak, presentó algunas fotografías espeluznantes, que el jurado pudo ver durante el proceso y que muestran restos de víctimas de los atentados, para decir que “si éste no es el caso, ¿cuándo es apropiada una sentencia de muerte? ¿Cuánta gente tiene que morir?”
Para el abogado de la defensa, Gerald Zerkin, el desprecio de Moussaoui hacia las víctimas demuestra precisamente que quiere que se le condene a muerte, porque “vino a EE.UU. a morir por la guerra santa y ustedes son su última oportunidad”.
En su opinión, el Gobierno quiere convertirle en un “chivo expiatorio” para aliviar el dolor de las familias de las víctimas, cuando debería ser sentenciado a una “existencia miserable hasta que muera”, es decir, a “la muerte lenta y prolongada de un criminal común”.