“si DECIR LA VERDAD ES SER CONFLICTIVO, LO SOY”

Cuando se pase revista a los mejores primeras bases de todos los tiempos en el beisbol nicaragüense, necesariamente tendrá que hablarse de Calixto Vargas, el poderoso bateador ambidextro que pudo haber sido cantante o predicador, pero que se dedicó a repartir palo en el terreno de juego y a señalar lo que siempre le pareció […]

  • Cuando se pase revista a los mejores primeras bases de todos los tiempos en el beisbol nicaragüense, necesariamente tendrá que hablarse de Calixto Vargas, el poderoso bateador ambidextro que pudo haber sido cantante o predicador, pero que se dedicó a repartir palo en el terreno de juego y a señalar lo que siempre le pareció injusto, aún cuando sus denuncias lo llevaron a los tribunales, pero no lo intimidaron ni borraron el legado que deja a las nuevas generaciones

CALIXTO VARGAS, gloria del deporte nacional

Cuando la niña de tez blanca y ojos azules pidió en perfecto español un autógrafo al corpulento bateador pinolero en México en 1966, le solicitó además le escribiera su nombre en aquel papel.

“¿Y cuál es tu nombre?”, preguntó en tono cordial el jugador.

“Karla Henderson”, dijo la niña con acento anglosajón.

Calixto Vargas sólo pudo poner Karla en la hoja. Aquel apellido, además de extraño y desconocido, le pareció indescifrable. No pudo escribirlo.

“Sólo póngame Karla, no se preocupe”, dijo la niña y eso sacó del aprieto al joven nacido 21 años atrás en La Paz Centro, cuando aún no existía la carretera vieja a León y el auge de los quesillos no era tan notorio.

Pero el alivio fue momentáneo. Vargas sentía una gran vergüenza, y en el viaje de regreso a Nicaragua se prometió a sí mismo que no sólo aprendería a poner Henderson, sino que se dedicaría a aprender de todo y destinó tiempo al cultivo de su intelecto.

Cuarenta años después de aquel incidente, Calixto no puede frenar el avance de lágrimas que asoman a sus ojos. Pero no es un llanto de frustración. Fue un tropiezo que le hizo tomar más fuerzas para continuar.

A este ex jugador, consumado estrella del beisbol nacional, leyenda viviente del deporte pinolero, lo encuentro ahora como un hombre que ve el ayer sin rencor y que piensa en el futuro sin angustia. Pero más que eso, vive el hoy con entusiasmo. Alegre.

“Pero no todo ha sido fácil en mi vida, cuate. Desde mi infancia me tocó una lucha dura por sobrevivir, y como nunca retrocedí ante las dificultades, se me llamó conflictivo, problemático, pero si decir la verdad es ser conflictivo, lo soy con orgullo”, dice Calixto.

Vargas pudo haber sido cantante o predicador, pero decidió ser pelotero y de los buenos. Jamás dejó que la cobardía lo agobiara y cuando señaló lo que en su opinión no estaba correcto, fue llevado a los tribunales, pero nada lo intimidó y nadie podrá borrar su legado a las nuevas generaciones.

A sus 61 años, va al Salón de la Fama del Deporte Nacional tras una larga e inexplicable espera. Pero va y con todo los méritos del caso. Se trata del mejor bateador ambidextro que este país ha tenido, casi Campeón de Bateo en el Mundial de 1972 y un líder de indiscutible carisma y autoridad.

—¿Cómo fuiste cuando niño, qué hacías?

Nací a la orilla de la entrada principal de La Paz Centro. Éramos una familia numerosa. Once hermanos, de los cuales nueve estamos vivos. Fue una situación de pobres, pero sin dificultades para la comida. Trabajé al campo con mi papá, quien además era destazador de reses. Tenía esa especialidad. Mi papá trabajaba de día y noche para mantener ese montón de gente y yo le ayudaba.

—¿Qué jugabas cuando chavalo?

A dos cuadras de donde nací estaba un campo de beisbol y mi papá nos llevaba a ver las prácticas de un equipo que se llamaba General Somoza. Él decía que Ismael y yo seríamos peloteros y me nombraron cargabates a los 8 años y eso me ayudó porque comencé a rozarme con peloteros como Casimiro Figueroa y muchos otros. A los 10 años comencé en un equipito de ahí en La Paz Centro, cuyo nombre ya no recuerdo. Entonces, veníamos de la escuela, o veníamos del trabajo, y pasábamos directo al campo.

—¿Cuál fue tu vínculo con la escuela?

Yo soy básicamente un autodidacta. Vos sabés la mentalidad de la época, los papás decían, ya sabés leer, ya pasaste quinto grado, así que para afuera, a ayudar en la casa. Mi mamá vendía pan y yo no vendí porque trabajaba haciendo tejas desde muy chamaquito. Ismael, quien después jugó con el Bóer, sí vendió pan y quiero que lo pongás porque cuando hacemos bromas, a él no le gusta que lo diga como si eso fuera deshonra.

De la paz centro a Managua

—Y tu primer equipo, ¿cuál fue?

Bueno, ya a los 11 años nos trasladamos a Managua a vivir en el barrio La Tejera, cerquita del barrio Los Pescadores, donde se forma un equipo y no alcanzo porque yo era lanzador. Tenía unos 13 años, por tanto no podía jugar Mayor A, sin embargo, jugando handball, me vio Carlos Montoya, dueño del equipo Joyería Emir, quien me llevó a su club y di resultado ahí. Y es jugando con el Joyería Emir donde me observa don Carlos Cuarezma, quien me lleva al equipo San Carlos, y yo quiero agradecer todo eso, porque jugar en el San Carlos era un orgullo en aquella época y tuve ese privilegio.

—Ese equipo fue muy famoso, ¿no?

Era como la antesala de la Liga Profesional. Sólo imaginá que ahí llegaban a practicar Rigoberto Mena, Roberto Krüguer, Wallace Howell, El “Bueycito” Vásquez, Pastor Canales y otros más. Así que jugar en el San Carlos me ayudó tanto, que me envió a la Selección Nacional, porque jugar en el San Carlos o jugar en el San Felipe de León, te metía directo a la selección. También agradezco muchísimo al doctor Oscar Larios, quien me llevó a León, donde jugué en el San Felipe y en el equipo Santa Isabel. Luego en los setenta, milité en varios conjuntos.

—¿Cuál fue tu mayor logro como jugador de beisbol?

Hay algo que quiero reflejar en esta entrevista y es que aunque sé que hay esfuerzos con el asunto de las estadísticas, muchas veces parcializados, no se encuentra un detalle en el que yo tuve una racha de 43 partidos seguidos bateando de hit, que debería ser el récord nacional, es el récord nacional, aunque no lo encuentran. Eso lo hice con el equipo Santa Isabel de León. Ahora, también está el hecho del campeonato de bateo en el Mundial de 1972. He investigado boletines y todos los detalles de la época y no me cabe duda, que yo no necesitaba ni un medio turno para ser campeón de bateo con .424 puntos, 12 puntos más que Masaru Oba. A mí me quitaron dos hits contra Alemania jugando en León y me quitaron un turno contra Guatemala en Chinandega, que fue una línea al short. Esos tres turnos no aparecen. Así que me hubiera coronado con un mejor porcentaje. Ahora que se han limado asperezas y todo, deberían darme lo que me pertenece. Otro asunto, yo comencé jugando en 1960 y se toman en cuenta mis récords desde 1970, así que me privan de una serie de logros más en mi carrera. El colmo es que no están las cifras de la Liga Esperanza y Reconstrucción. Es decir, sé que fui mejor de lo que muestran las estadísticas.

—¿Eso te golpea, te resiente?

No, los aficionados al beisbol me respetan, me han demostrado mucho afecto. Me saludan como si hubiera terminado de jugar ayer. Y ahora que el Salón de la Fama me reconoce, eso me tiene muy bien.

—¿Qué significó para vos ser parte de la Selección Nacional de 1972?

Mirá, yo había ido en selecciones que se hacían para ir a jugar a México y El Salvador. Te estoy hablando de 1966 y 1967, pero no eran selecciones consideradas oficiales, de manera que mi primera selección fue en 1968, cuando fuimos a unos Juegos Centroamericanos y ya estaban ahí Cirilo Errington, José Cortez, César Jarquín, Pedro Tórrez, Francisco Pavón, a quien le daban palo como loco. No, es broma. Pero mi primera Serie Mundial fue en 1968 en Dominicana y ahí nos fue mal…

—Ahora, ¿en 1972 la historia fue distinta?

Claro, ganar de la forma en que lo hicimos ante Cuba (2-0) y ante nuestros fanáticos, es algo que se cuida en la memoria y se conserva como si hubiese sido ayer. Pero ese éxito (en 1972 la selección terminó con 13-2) fue producto de un trabajo iniciado en 1968 y gradualmente se vio la evolución del equipo, que alcanzó su punto culminante en 1972 y que los aficionados recuerdan con orgullo.

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