Engendramos a Ancira

Todo ansia, todo ardor, sensación puray vigor natural y sin falsíay sin comedia y sin literatura…Rubén Darío I Fue al despertar del día.En una mañana canicular.Agosto asomaba sus páginas.Un aire distinto soplaba por la alcoba.Los árboles en el jardínse mecían airosos, silbaban los pájaros.Me acerqué a vos ya vestidacon una ansia loca y un deseo […]

Todo ansia, todo ardor, sensación pura
y vigor natural y sin falsía
y sin comedia y sin literatura…
Rubén Darío

I

Fue al despertar del día.
En una mañana canicular.
Agosto asomaba sus páginas.
Un aire distinto soplaba por la alcoba.
Los árboles en el jardín
se mecían airosos, silbaban los pájaros.
Me acerqué a vos ya vestida
con una ansia loca y un deseo irrefrenable.
Precavida advertiste, ¡ahora no, que sea mañana!
Estabas en el borde del último día
en que tu rosa podía ser fecundada.

II

Como Ceres, espléndida en frutos,
temías que una sola vez bastara
para quedar preñada. Puse oídos sordos
porque cuando los dioses lo disponen
uno nunca puede contrariarlos.
El entrometido Apolo animó el encuentro.
Conociéndole como es tuvo que haber intervenido
en este lance matutino.
El procreador, el más grande engendrador
del Olimpo griego, hijo de Zeus y de Leto
me encabritó, me puso en pie de guerra.

III

Tierno y temperamental, ardía en fiebre,
todo era lujuria y loca pasión.
Me abalancé sobre vos
y contagiada por un arrebato distinto
olvidaste tus ruegos y agitada acudiste
al llamado de la carne llena de goce,
plena de armonía, acoplándote a mi ritmo
sintiendo igual a lo que yo sentía.

IV

Fue un sólo soplo, una sola dentellada,
y como Deméter, la multiplicadora,
la que trae los frutos a su tiempo,
engendramos a Ancira, la de los ojos azules
y de larga cabellera. Ancira la sin par.
La sin par Ancira, la dulce cantarina.
No pude resistir, más rijoso que nunca
Zeus, ese Dios caprichoso y terco
el hijo de Cronos y de Rea,
el prepotente, el largo vidente,
en vez de aplacarme me cegó por completo.

V

Para ser honesto en esa mañana cálida
yo te deseaba con una ansia irrefrenable.
Sentí el mismo arrebato que se apoderó de Zeus
al salir al encuentro de Hera y sintió
un ardor, un deseo tan vivo que se acostó con ella.
La nuestra fue sólo una réplica.
Como lo deseaba Ceres, la de espléndidos frutos,
trajiste al mundo a mi pequeña,
a mi rosa fragante matutina.
Le pusimos Ancira, la preferida de los dioses.
La que vuelve grata y placentera nuestras vidas.

VI

Desde aquella mañana esplendorosa
sabidos quedamos, vos y yo,
que la fecundidad, por gracia de los dioses,
la llevamos a cuesta, es nuestra eterna acompañante
y que sólo basta un instante
para engendrar un hijo.
Así ha sido siempre, lo que ocurre
es que hasta ahora nos damos cuenta.
Engendramos a Ancira,
porque así lo quise yo, porque así lo dispusiste vos.
¡Ya ves que pobre sería nuestra vida sin ella!
Pareciera que la fortuna nos favoreciera.

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