- Se ha convertido en un mejor bateador
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Tomado de ESPNdeportes.com
Trabaja solo en la jaula de bateo, bajo las tribunas desiertas del estadio.
No hay humanos a la vista. Ni uno. Sólo Jimmy Rollins, un bate, 100 bolas y el fantasma de Joe DiMaggio.
La última vez que Jimmy Rollins abanicó en un partido de importancia, su racha de imparables tenía 36 juegos de vigencia, casi un mes y medio de competencia.
La novena serie más larga de la historia. La sexta más larga desde 1990. La más larga para un campo corto. La segunda más larga para un bateador que cambia de lados. La cuarta más larga desde DiMaggio.
Pero ahora el efervescente campo corto de los Filis se encuentra en una situación que no ha vivido antes ningún jugador: Casi seis meses después —increíblemente— su racha sigue viva. Simplemente hibernó por un tiempo y ahora está lista para volver a ver la luz en el partido inicial.
Lista para continuar acercándose a DiMaggio. “Sólo” faltan 20 partidos más.
Por eso allí está Jimmy Rollins, bateando solo en la jaula durante las tardes de primavera mientras sus compañeros se duchan en el vestuario. Pero no es a DiMaggio a quien persigue.
Está buscando esa forma de abanicar. Esa sensación. Esa “zona” que encontró hace unos meses.
“Mentalmente”, dijo. “Sé dónde estaba parado. Lo veo, puedo visualizarlo. Ahora estoy tratando de convencer a mi cuerpo para que lo haga otra vez”.
Para la mayor parte del mundo del beisbol, la idea de que este muchacho tenga semejante racha no parece encajar, porque Rollins nunca había sido confundido con Tony Gwynn, o siquiera Juan Pierre. Ni hablar de DiMaggio.
Después de todo, el promedio de Rollins en su carrera es de .273. Es el promedio más bajo en la historia para cualquier jugador que haya mantenido una serie de imparables de 35 juegos o más.
¿Pero es Jimmy Rollins, el hombre que consiguió esos números, el mismo que acumuló esa racha?
Hay una pregunta más fascinante —y una infinitamente más importante que la circuló durante toda la primavera: ¿Cuánto durará esta racha?
Este interrogante —¿Cuál es el verdadero Jimmy Rollins?— tendrá una respuesta muy pronto. Una pregunta que definirá la carrera de Rollins. Una duda que definirá el destino de su equipo en el corto plazo y su futuro como jugador.
¿Simplemente tuvo un buen momento? ¿Acaso fue sólo suerte?
¿O hay algo dramáticamente distinto en él ahora, algo que el resto del planeta todavía no ha digerido?
¿Ha entendido Jimmy Rollins cómo se juega a este deporte? Y si lo ha hecho: ¿Cuántos campos cortos son mejores que él en la Liga Nacional, si hay alguno?
VA EN CRECIMIENTO
Escuchamos a su manager, Charlie Manuel, decir que Rollins “ha dado vuelta la página”.
A su entrenador de bateo, Milt Thompson, decir que el campo corto “se encontró a sí mismo”.
Pero lo más importante, oímos a Rollins sentado en su casillero, disecando el arte de abanicar como si recién hubiese obtenido un doctorado en bateo. Uno lo escucha y piensa:
No fue simplemente una lamparita la que se le encendió en septiembre. Fue toda una planta eléctrica.
Ahora no sólo entiende cómo se siente un buen batazo, sino que comprende porqué se siente de esa manera. Por eso sabe lo que está buscando en esta primavera —el “swing correcto”, “el camino indicado” a la bola, el arte de “mantener las manos en el interior de la pelota” sin importar cuál sea el lanzamiento.
Escúchenlo hablar, no sólo acerca de su racha sino de porqué fue posible:
“Se que suena gracioso, pero no estaba buscando conectar un imparable cada día”, dijo. “Trataba de encontrar el swing adecuado. Y no me preocupaba si bateaba o no. Me decía a mí mismo: si abanico de manera correcta, los imparables llegarán”.
“Cuando consigues esa confianza, cuando sabes que el bate va a conectar la bola porque abanicaste de manera perfecta, sientes que nada te puede sobrepasar, nadie te puede engañar. Sientes que vas a batear cada vez que te acercas al plato”.
No se tienen muchas oportunidades de entrar en el cerebro de un hombre que estuvo encerrado durante tanto tiempo. Pero una vez que Rollins comience a batear, iniciaremos un viaje más excitante que una montaña rusa.
“No sé si puedo ponerlo en palabras”, dijo. “Pero [cuando estás en “la zona”], simplemente levantas el bate y piensas, ‘Esto es un imparable’. Lo sabes cuando te paras al plato”. “No sé cómo explicarlo. Pero abanico un par de veces en el calentamiento y luego realizo “El Swing”, y me digo, ‘Ok, no voy a hacerlo otra vez. Voy a reservarlo para el plato”.
Pero el recordar, visualizar y encontrar las palabras no traerá de vuelta al “Swing”. Solamente batear una y otra vez, miles de veces, quizás esa sea la única forma de recuperarlo —sí es posible.
Pero este año tiene algo que nunca había poseído: “Un punto de comienzo”.
El “punto de comienzo” es un ejercicio que realiza cada día —“El ejercicio” lo llama— diseñado para recuperar esa sensación, esa forma de abanicar que tenía en septiembre.
Aprendió “El ejercicio” de Bobby Abreu, el jugador de los Filis que había sido considerado como la amenaza más seria para DiMaggio. “El ejercicio” incluye abanicar con sólo una mano —la mano líder— mientras el entrenador o un compañero te lanza la bola.
Rollins lo ha venido haciendo durante un par de años. Pero ahora es una rutina casi tan común como sentarse a almorzar.
“Empezó a practicarlo en la primavera pasada y continuó haciéndolo durante todo el año”, dijo Thompson. “Cuando termina con su entrenamiento regular, realiza los ejercicios a una mano. Tuvo la determinación para hacerlo todos los días, incluso en los viajes. Y es increíble la diferencia”.
“Algunos días”, dijo Rollins, “Voy a la práctica de bateo y no encuentro la pelota. Pero no me preocupo, simplemente entro en la jaula y hago mi ejercicio a una mano. Una vez que eso me sale, sé cómo trasladarlo al juego. Lo encuentro y mi cuerpo recuerda cómo era”.
“El ejercicio” llegó a un punto que tenía tanto efecto mental y físico, que incluso lo realizaba durante los juegos.
El 27 de septiembre del 2005, por ejemplo. La noche que rompió el récord moderno de imparables consecutivos en Filadelfia. Una noche que había comenzado 0-de-3 y lo encontraba liderando el séptimo episodio ante un relevista de los Mets que nunca había enfrentado: Juan Padilla.
Por eso entre innings, agarró a su compañero Shane Victorino, se dirigió a la jaula y le dijo, “lánzame algunas bolas”.
“Tras el sexto swing, ya pensaba ‘voy a conectar un imparable’”, dijo Rollins. “Tras abanicar seis veces, mi cuerpo se había alineado de tal manera que parecía haber sido modificado por un quiropráctico”.
Dos lanzamientos después, Rollins concretó un imparable hacia el centro. Y la racha llegó a los 32 partidos.
Por eso, si “El ejercicio” sigue funcionando, si “El swing” permanece intacto, ¿qué podemos esperar exactamente? No quiere decir que la familia de DiMaggio deba ponerse nerviosa. Pero indicaría que el nuevo Jimmy Rollins no fue simplemente una ilusión pasajera.
JOVEN CON EXPERIENCIA
Nos olvidamos que tiene sólo 27 años, sólo uno menos que el mejor novato de la temporada pasada (Ryan Howard) y la misma edad que Chase Utley, Lance Niekro y Xavier Nady. Por eso tiene sentido que recién ahora esté encontrando su mejor nivel.
La clave está en sus números. Luego de cinco años de luchar con los elevados, Jimmy Rollins bateó 26 por ciento más de rodadas que elevados en el 2005, el mejor porcentaje de su carrera. No alcanzó la altura de Juan Pierre. Pero obtuvo un mejor promedio de rodadas que Chone Figgins o Brady Clark, entre otros.
También estuvo entre los líderes en porcentajes de batazos en línea, según “2006 Hardball Times Baseball Annual”. Alrededor del 19 por ciento de sus apariciones al plato resultaron en imparables lineales —un promedio más alto que el de Ichiro Suzuki, Derek Jeter o Sean Casey, entre otros cientos.
Por eso si este es el nuevo swing de Rollins, es algo que encaja mejor para un bateador al tope de la orden, que su vieja máquina elevadora.
Y si esta será su manera de abanicar, sus entrenadores seguramente dejarán de obsesionarse por la falta de bases por bola. Si la cantidad de imparables aumenta, sus ponches bajarán y seguirá concretando 40 dobles y 10 triples al año, que se traducirán en las carreras suficientes para disimular las cosas que no sabe hacer.
“Examinen su septiembre”, dijo Thompson. “Fue la clave del equipo en la carrera por los play offs. Se embasaba. Marcaba el ritmo. Anotaba carreras. Fue la razón de nuestro éxito”.
Rollins además empezó a acercarse al plato y se dio cuenta que podía aplicar su nuevo swing.
“Cuanto más funcionaba”, dijo Thompson, “más se acercaba. Siempre supo manejar la parte interna. Pero ahora hace lucir a los lanzamientos externos como si fueran justo en el centro”.
No importa cuán encendido estuvo Rollins, necesitamos recordar que acumuló la racha en un equipo que peleaba por entrar en la postemporada. Lo hizo para un equipo que debía ganar cada día, hasta el final. Lo que también habla sobre el temple de Jimmy Rollins.
“Es un jugador clave”, dijo el tercera base de los Filis, David Bell. “Es el tipo de hombre con el que deseas jugar. Le gustan las situaciones límite —quizás como a nadie con el que haya compartido equipo”.
Hmmm. ¿Deberíamos mencionar que Bell jugó con Barry Bonds, Manny Ramírez, Albert Belle, Jim Thome, Junior Griffey, A-Rod y Edgar Martínez?
“Ama los momentos importantes”, dijo Thompson. “Y eso es algo que no se puede enseñar. Indica que es un jugador de primer nivel”.
Los hombres que llegan con una sonrisa al parque, son aquellos que no le tienen miedo a este tipo de situaciones. Y Rollins sonríe a cada momento.
Por eso tal vez no deberíamos estar preguntándonos por qué un jugador con su forma de encarar el juego pudo compilar semejante racha. Hay un lado B en este tipo de series: hay que vivir con ellas. Y los jugadores que se divierten como él son seguramente los que tienen mayores chances de sobrevivir al constante asedio generado por un hecho histórico.
“Me divierto”, dijo Rollins. “Fue la única vez que la gente fue al parque para verme a mí. Me sentí como Barry Bonds. Todo el estadio tenía su mirada puesta en mí. Y fue excitante”.
Por eso esta primavera, cada vez que hablaba de la racha —en otras palabras, cada cinco minutos— sorprendía a los que le preguntaban por ella, porque se negaba a declarar que el récord de 56 partidos era inalcanzable.
“Queda un largo camino por recorrer, pero si recupero “El swing” no es imposible”, dijo. “Con algo de suerte puede ocurrir”.