Una incógnita llamada Humala

washingtonpost.com Si existe una constante en la política presidencial peruana es el cambio. Por más de 20 años los peruanos lo han exigido en las urnas — y este próximo 9 abril tal vez lo consigan de nuevo. Hace cinco años, Alejandro Toledo era el candidato del cambio. El economista conservador y novato político lideró […]

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Si existe una constante en la política presidencial peruana es el cambio. Por más de 20 años los peruanos lo han exigido en las urnas — y este próximo 9 abril tal vez lo consigan de nuevo.

Hace cinco años, Alejandro Toledo era el candidato del cambio. El economista conservador y novato político lideró la lucha contra el régimen corrupto y autocrático de Alberto Fujimori. En el 2001 se convirtió en el primer presidente de origen indígena elegido democráticamente en Perú y al momento de su posesión gozaba de un 59 por ciento de popularidad.

En 1990, fue Fujimori quien figuró como el típico candidato desconocido que cambiaría las cosas. Un tímido profesor universitario, Fujimori, era una incógnita política que apenas figuraba en las encuestas de opinión tres meses antes de su victoria. En 1985, la novedad la encarnó el carismático Alan García. Elegido Presidente a los 36 años, el triunfo de García fue ampliamente visto como mandato hacia un modelo de centro-izquierda, a favor de los pobres y antiimperialista.

Estos candidatos reformistas no podían ser más diversos personal e ideológicamente. Pero, una vez en sus cargos, todos fallaron en satisfacer las expectativas de la población. La Presidencia de García quedó marcada por una hiperinflación de cuatro dígitos, aumento de la pobreza e inestabilidad social. Ya en la Presidencia, Fujimori se transformó en un autócrata que empezó disolviendo el Congreso y el Poder Judicial en 1992 y terminó su régimen con un escándalo de corrupción ocho años más tarde cuando su jefe de inteligencia Vladimiro Montesinos fuera descubierto sobornando a políticos y dueños de medios.

Escándalos personales y pagos de favores políticos rápidamente hicieron que Toledo pasara de novato a ser visto como un miembro más de la desacreditada clase política, hundiendo su popularidad a menos del 20 por ciento a lo largo de su Presidencia. A pesar de establecer estabilidad macroeconómica y un crecimiento promedio de 4.7 por ciento al año (entre los más altos de América Latina), Toledo fracasó en llevar adelante una agenda reformista que, como asegura el experto en Perú de la organización Diálogo Interamericano de Washington, Michael Shifter, habría logrado que el “sentimiento político en Perú sufriera de menos enojo y frustración”.

Con todos estos cambios y un desafecto generalizado, no debiera sorprender que los peruanos muestren muy poco aprecio por la democracia.

Según una encuesta emitida la semana pasada por el Programa de Desarrollo de Naciones Unidas, sólo un 18 por ciento de más de 11,000 peruanos entrevistados en zonas rurales y urbanas, dijo vivir en una democracia. El 13 por ciento creyó que nunca viviría en una democracia, y casi la misma cantidad consideró preferible un gobierno autoritario. Dos de cada tres culparon a los políticos de arruinar la democracia, y más de tres de cinco dijeron no interesarse en ella o ni siquiera saber cómo definirla.

Ahora que Perú se acerca a sus elecciones presidenciales del 9 de abril, otro virtual desconocido encabeza las encuestas. Ollanta Humana, un ex teniente coronel del Ejército que nunca ha ocupado un cargo público, ganó reconocimiento como líder de una breve rebelión militar contra Fujimori en el 2000. Humala promete aumentar el papel del Gobierno para ayudar a los pobres y deshacer las reformas económicas de Toledo impugnando el libre comercio, las privatizaciones y otras políticas neoliberales.

Para sus críticos, Humala representa un salto al vacío en el ámbito económico y en lo político, potencialmente otro Fujimori o incluso un dictador. Peor aún, Mario Vargas Llosa, el reconocido escritor peruano y ex candidato presidencial, ha advertido que la ascendencia de Humala y su ideología étnica bautizada “etnocacerismo” (un movimiento nacionalista que recurre a raíces incas y a la admiración por un Presidente peruano del siglo 19 quien resistió la ocupación chilena), marcará la aparición de un nuevo racismo, respaldado por el Estado, de indígenas contra blancos.

No hay duda que Humala es un enigma en una contienda que ha atraído a más de una docena de candidatos, incluido García. Pero hace apenas cinco años fue a Toledo al que acusaron de racista y de exacerbar tensiones étnicas jugando la carta de su raza en un país donde más del 80 por ciento de la población es indígena o mestizo. Toledo se autodenominó Pachacútec, el nombre del gran emperador inca, y viajó a las ruinas incas de Machu Pichu el día después de su posesión, para ser bendecido en una ceremonia tradicional. Toledo, sin embargo, no tardó mucho en ser “destronado” y convertido en otro político impopular e ineficaz.

Humala es más desconcertante por lo que no es —una figura estabilizadora y realista—. Al mezclar temas de raza con promesas de incumplir acuerdos comerciales, detener la erradicación de coca y reconsiderar la inversión externa, Humala demuestra ser un guerrero rebelde de izquierda con escaso aprecio por la tolerancia. Es muy probable que, en caso de ser elegido, Humala estaría mal preparado para ser Presidente y dejaría a los peruanos, cinco años más tarde, buscando todavía más cambio.

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