Terreno perdido

Las marcas de lujo empiezan a combatir la piratería con una estrategia regional. Pero sus esfuerzos aún están en pañales No es difícil encontrar una cartera Louis Vuitton a sólo US$ 50. En el barrio Once de Buenos Aires incluso, si se regatea un poco, se la puede llevar por US$20. Muy lejos de los […]

  • Las marcas de lujo empiezan a combatir la piratería con una estrategia regional. Pero sus esfuerzos aún están en pañales

No es difícil encontrar una cartera Louis Vuitton a sólo US$ 50. En el barrio Once de Buenos Aires incluso, si se regatea un poco, se la puede llevar por US$20. Muy lejos de los US$1,500 a los que la pueden encontrar en cualquier Duty Free de la región. ¿Un Rolex Daytona? Olvídese de pagar los US$15,000 que cuesta el hermoso reloj suizo. En el popular barrio de Tepito, en Ciudad de México, se puede llevar uno igualito hasta por US$150.

No, no es sólo Paraguay. La escena se repite en barrios como Rua 25 de Março en São Paulo, en el barrio Franklin de Santiago, así como en Bogotá, en Lima y en tantas otras calles de las grandes ciudades latinoamericanas. En todas ellas, falsificadores de todo tipo conviven junto a los más completos y actualizados catálogos del mundo del software, música, películas y libros.

“América Latina, para efectos prácticos, ya es una zona de libre comercio”, dice Moisés Naim, el editor de la influyente revista Foreign Policy, de Washington D.C., y autor del libro Illicit, publicado a fines del año pasado y en el que describe cómo el tráfico ilícito está ganando la batalla a los gobiernos, no sólo en el ámbito de las drogas y las armas, sino también en la piratería. “En América Latina, mientras los presidentes discuten de libre comercio y todo eso, el comercio ilegal está en su apogeo uniendo al hemisferio”.

Es un duro diagnóstico que tiene en estado de alerta a las grandes industrias afectadas por la piratería de productos culturales, como la discográfica, la de software y a los grandes estudios de Hollywood, cada uno con su organización enfocada al combate en la región. Una pelea en la que, hasta ahora, la industria de la moda y del lujo ha estado casi ausente.

“El trabajo de combate a la piratería es mucho más fuerte en Estados Unidos, Asia e Italia… Nuestros países todavía no son prioridad”, dice Carlos Ferreirinha, director del MBA en mercado del lujo de la Fundação Armando Álvares Penteado (FAAP), en Brasil.

“La razón es que la piratería que nos llega es importada en su gran mayoría de otros lugares”. Además, la industria tiene más prejuicios al momento de enfrentar la piratería que sus hermanas del software o la música.

“La lucha contra las falsificaciones es un tema complejo, porque también le puede hacer daño a una marca”, dice la uruguaya Virginia Cervieri, abogada del estudio Cikato de Montevideo, especializado en derechos de propiedad, que trabaja para firmas como Louis Vuitton. “Se puede crear incertidumbre en el mercado generando temor en el consumidor, incluso cuando está comprando un original”.

Para combatirlos, los bufetes de abogados —contratados por las grandes marcas— han organizado un escuadrón internacional para dar la pelea. Para ello deben reclutar agentes encubiertos que recorren los barrios donde se transan bienes ilícitos y detectar los locales comerciales donde los expenden.

Deben seguir a los distribuidores e idealmente llegar hasta las maquilas o los importadores directos. Luego, una vez que se ha descubierto la fábrica clandestina o el embarque ilegal, entregan los antecedentes a las respectivas policías para que se proceda a las incautaciones.

mucho más que copias

Dado que la venta y tráfico de estos productos es en la mayoría de los casos internacional, estos abogados mantienen contacto permanente con sus pares en otras ciudades.

Así, por ejemplo, si un agente no logra que un barco con un cargamento en el puerto de Lima sea desbaratado y éste zarpa hacia Valparaíso antes de la incautación, serán los abogados del mismo fabricante en Chile quienes tendrán la responsabilidad de movilizar a la policía.

Estos esfuerzos son incipientes. Tanto que Cervieri, de Cikato, dice que su bufete debe dedicarse también a capacitar a los inspectores de aduanas para que aprendan a identificar cuándo un embarque es de productos legítimos y cuándo no es así.

Es un retraso que sale caro, ya que la piratería y falsificaciones no consisten simplemente en copias de mala calidad de productos originales.

Con la creciente tendencia de las grandes marcas a maquilar, por ejemplo, sus textiles en empresas de la región, éstas pueden destinar ocho horas al día para fabricar productos oficiales para las marcas originales. Pero el resto del día, sus máquinas quedan disponibles para llenar los canales piratas de distribución.

ALGUNAS CIFRAS

No hay cifras que revelen la real dimensión de este problema en la región. Pero, por ejemplo, la organización internacional que combate la piratería en la industria discográfica (IFPI, por sus siglas en inglés) reveló en su informe del año pasado que la situación en América Latina pasó de mala a pésima.

Mientras que en 1999 las unidades vendidas legalmente en la región totalizaron 222 millones, en 2004 sumaron sólo 155 millones, una caída del 30 por ciento. La organización calcula que el nivel de piratería —el porcentaje del mercado total que es servido ilegalmente— alcanza 52 por ciento en Brasil, 60 en México, 55 en Argentina, 51 en Chile, 71 en Colombia y —afírmese— 98 en Perú y 99 en Uruguay.

“Los altos niveles de piratería en los principales mercados de América Latina permanecen como el mayor obstáculo para la estabilidad de la industria y para la inversión en nuevo talento”, dice el informe de IFPI.

La situación en la industria del software es igual de gris. El último informe mundial que elaboraron el año pasado la Business Software Asociation (BSA) y la consultora IDC, concluyó que en América Latina en 2004 el 66 por ciento de los programas para computadoras son de origen ilícito, tres puntos más de lo registrado en 2003.

En la lista de los 20 países más comprometidos del mundo figuran Paraguay (83), Bolivia, El Salvador y Nicaragua (80 cada uno), Venezuela (79), Guatemala (78) y República Dominicana (77). La piratería ha significado en América Latina una pérdida para los desarrolladores de software de US$1,545 millones en 2004, por encima de los US$1,264 millones del año anterior.

Los productores de Hollywood también son parte de los afectados. En México los distribuidores de películas estiman que cada año se dejan de vender cerca de 40 millones de entradas a las salas de cine por culpa de la piratería.

De hecho, la venta ilegal de filmes obtiene una participación de mercado cercana al 30 por ciento. Ejecutivos de la industria han identificado más de 18,000 puntos de ventas ilícitos sólo en la capital mexicana.

A diferencia de la música, los softwares y las películas, afortunadamente para la industria del lujo, aún no se pueden enviar carteras ni anteojos por Internet. Aunque seguro que ya hay alguien trabajando en eso.

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