El duro camino de la reforma migratoria en EE.UU.

En un año difícil por las elecciones legislativas, una reforma migratoria que aborda el tema de los 12 millones de indocumentados en Estados Unidos ha ganado ímpetu. Podríamos estar ante una solución de largo plazo en unos meses. El escenario se presenta complicado por varios factores. La Cámara de Representantes aprobó en diciembre de 2005 […]

En un año difícil por las elecciones legislativas, una reforma migratoria que aborda el tema de los 12 millones de indocumentados en Estados Unidos ha ganado ímpetu. Podríamos estar ante una solución de largo plazo en unos meses.

El escenario se presenta complicado por varios factores.

La Cámara de Representantes aprobó en diciembre de 2005 un proyecto de ley, llamado “ley Sensenbrenner” que se enfoca únicamente en aspectos de seguridad y es eminentemente represivo.

Penaliza la situación de incodumentado, impone castigos a quienes ayuden o empleen a trabajadores ilegales y prevé la construcción de un muro en más de mil kilómetros en los 3 mil 200 que cuenta la frontera con México.

El voto en la Cámara por la iniciativa de ley, la HR4437, fue bastante claro a favor, por lo que se refleja un ánimo antiinmigrante.

En noviembre, los estadounidenses irán a votar para elegir a los 435 miembros de la nueva Cámara.

El Partido Republicano, en el Gobierno, teme perder la mayoría en el Congreso.

La guerra en Irak y el apoyo a ella y al presidente George W. Bush están en sus niveles más bajos desde 2003, cuando se invadió el país árabe.

Las voces críticas con el rumbo en Irak se han multiplicado, incluso desde el campo de los ideólogos neoconservadores que moldean la política exterior. El ejemplo más reciente y notable es el último libro de Francis Fukuyama, America at the Crossroads: Democracy, Power, and the Neoconservative Legacy. Fukuyama es el autor del ya famoso El Fin de la Historia.

En una reciente entrevista con el semanario alemán Der Spiegel, arguye que la administración Bush quería “hacer el trabajo en Irak” a un precio “barato” y que no tenía un plan para la posguerra.

En Irak, las tropas estadounidenses libran una guerra sin perspectivas claras del fin de la violencia o de derrotar a la insurgencia. Más de 2 mil soldados han muerto. Se debate ya cuándo retirar las tropas. Es insuficiente todavía la preparación de las fuerzas de seguridad iraquíes.

No se hallaron las armas de destrucción masiva del dictador Saddam Hussein —pretexto oficial— y en vez de debilitar a Al Qaeda, la seguridad de EE.UU. o el mundo no ha mejorado. Al contrario, la ocupación anglo-estadounidense —vista como una humillación en gran parte del mundo árabe— ha inspirado a los extremistas islámicos. Según muestran estudios de respetados think tanks occidentales, Al Qaeda sigue reclutando jóvenes en decenas de países y ha descentralizado sus estructuras.

Esto ya había sido advertido por expertos como el antiguo “zar antiterrorista”, Richard Clarke , quien sirvió con dedicación a EE.UU. con 4 presidentes y a quien difícilmente alguien podría llamar un izquierdista o simpatizante de Osama Bin Laden.

Hay que conceder que tanto el Congreso como la administración están obligados a fortalecer la seguridad nacional. Es legítima la preocupación de evitar que entren elementos terroristas por puntos ciegos fronterizos, o narcotraficantes.

Los republicanos enfrentan varios dilemas. Desde luego hay además temas económicos y sociales. Uno de ellos es el de la inmigración ilegal. El grueso de los electores estadounidenses —los WASP: blancos, anglosajones, protestantes— no quiere saber de una amnistía migratoria o algo que se le parezca.

Uno de esos dilemas republicanos es enemistarse con el electorado hispano (7 millones de electores en 2004) para estas legislativas y las presidenciales de 2008, pero quedar bien con los ciudadanos “mainstream”, es decir, la mayoría. Y quizás no haya país en el mundo cuyos políticos estén más atentos hacia dónde soplan los vientos de la opinión pública, que EE.UU.

Los votos hispanos han sido muy importantes en las dos últimas elecciones presidenciales. En 2004, el gobernador demócrata de Nuevo México y ex “clintonita”, Bill Richardson, afirmó que si los republicanos ganaban un 40 por ciento de apoyo latino, “nos ganan la elección”. Bush fue reelegido.

El Senado comenzó el debate de dos propuestas. Una es de Bill Frist, líder de la mayoría republicana, y que guarda parecido con la HR4437. La otra es la aprobada el lunes por el Comité Judicial del Senado.

Esta última es mucho más benigna: ofrece la legalización de los 12 millones de indocumentados que ya viven en EE.UU., les abre la puerta a la ciudadanía. Ofrece visas renovables a trabajadores temporales no calificados —absolutamente necesarios en la agricultura—. No habla de erigir un muro físico pero sí uno tecnológico.

Aun si se aprobase la versión del comité, el proyecto volvería a la Cámara y tendría que conciliarse ambas propuestas.

Bush, con un capital político disminuido, no va a volverse a elegir y es una cuestión abierta cuánta presión ejercerá sobre sus correligionarios legisladores.

Como vemos, la anhelada reforma migratoria (por los latinos), tiene aún un largo camino delante de sí.

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