- ¡Ah, felices días aquellos, cuando la Chica Villalta danzaba incansable en la “traída” y “dejada” de Mingo. Con orgullo galante revoloteaba como mariposa de festones multicolores entre los grupos de promesantes hediondos, lodosos, grasientos y alcoholizados que giraban a su alrededor. Ella era como la flor del pantano, respetada, celebrada y admirada por la corte de los milagros que reza, se arrastra o toma guaro en honor al santito
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A menos que Minguito haga un milagro la Chica Villalta dejará guindado de un clavo de su casa el atuendo de “vaquita” con el que embestía primorosamente a los promesantes desde hace decenas de años. No veremos en agosto la tradicional figura de esta dama siempre sonriente, que dejaría “regada” a Tepsícore, si esa diosa se atreviera a bailar al compás de la marimba de bejuco.
La Juana Francisca Villalta Lezama guarda cama en su casita de la Morazán. En una de esas idas y venidas que reclaman sus quehaceres, sus pies, tan ágiles que en el baile no levantan ni el polvo del camino, se enredaron, cayó nuestra vaquita y se fracturó un tobillo. “Es que al mejor mico se le cae el zapote”, explica sonriendo.
Me van a decir la “vaca renca”
Está en su lecho, con el pie enyesado, pero no pierde la alegría ni el sentido del humor. “Vamos a ver si Santo Domingo se pierde del baile de su vaquita, espero curarme y si no, así me voy a la fiesta… Los bandidos me van a encajar la vaca renca”.
Las ilusiones no llenan pero mantienen. Doña Chica es optimista. “Fíjese que soy una vaquita de alta categoría y a los de alta categoría les gustaba bailar conmigo. A veces me querían dar licor, pero yo no lo agarré. Nada de guaro, si me daban un café o un refresco sí aceptaba… Pero nada de guaro”.
Tiene 96 años y una memoria prodigiosa. Cuenta que nació en el barrio de San Sebastián. “Mi padre fue el reconocido Juan Lucas Lezama, maquinista de la Escuela de Artes, era un gran nadador, en el lago de Managua aprendió a nadar y también a luchar con los lagartos que eran abundantes en ese tiempo”.
“La casa de mi padre quedaba en la esquina que llamaban Berlín, en esa esquina mataron a don Gustavo Pasos. De ahí a la media cuadra hacia el sur quedaba la casa de mi abuelita, doña Máxima Lezama, también personaje notable de la vieja Managua que se ganaba la vida sobre una piedra de moler, molía de todo. Hoy si no lo hacen en artefactos eléctricos, nadie muele ni una libra de pinol”.
El origen de la Vaquita Chica
¿Cuándo nació en usted la idea de bailar la vaquita?
Fue en relación con mi enfermedad… Una promesa. Pero también es que mi madre salía de vaca, cuando mi madre andaba bailando la vaca yo andaba colgada de ella. Pero me cansaba y me iba a acostar en un mamarrachito que estaba ahí cerca de Santo Domingo en Las Sierritas.
¿De qué padecía usted doña Chica?
De esos mareos… La primera vez andaba por el lado de La Loma, venía de pagar un calzado que me estaban haciendo y al pasar por la puerta de El Hormiguero ahí caí. El primer ataque me agarró en la calle, me hizo una gran cisura que aquí la tengo de recuerdo en la cabeza y la autoridad me agarró y me metió para adentro en El Hormiguero más muerta que viva. Claro, le pedí mi salud a Santo Domingo.
¿Y la alivió Santo Domingo doña Francisca?
Me quedó una gran seña en la cabeza. Caía en mis juegos de niña y tengo señas por donde quiera. Aquí últimamente me dio un ataque en el baño, me di contra la taza del inodoro y el golpe me botó una muela. Es la única que le hace falta a mi dentadura a esta edad que tengo.
Los cuentos del Xolotlán
Ayer celebramos el día del agua… Cuénteme del Xolotlán.
Era de agua muy limpia y potable. Allá por los años veinte ahí llegaban las lavanderas con enorme motetes de ropa, unas iban a lavar a un lugar que quedaba más abajo del muelle, ahí habían unas piedras grandes que eran los lavanderos, del muelle para arriba, donde después se construyó el malecón, también había piedras de lavar. Llegaban pipas y gente de cántaros a llenar para beber, un poco adentro del lago estaba una casita que protegía el motor de la aguadora, frente a esa casita estaban las pilas de la aguadora.
¿Quiere decir que el agua del lago era potable?
Sí señor, era potable, no era esa agua de ahora. Pero también era una gran fuente de alimento por sus pescados. Yo recuerdo a los pescadores de sardinas, ahí hacían trampas de ramitas a la orilla del lago, entraban las sardinitas y ellos las volaban a la costa, después las recogían y las ponían a secar al sol y ya secas las vendían. Por esta temporada de Semana Santa la sardinita era un plato apetecido, así como el gaspar.
Pero también había pozos en muchas casas, nosotros desarrollábamos músculos jalando agua con el malacate para llenar unos barriles. Taspita quedaba el agua.
La lanchas de San Francisco
¿Recuerda que en el Xolotlán navegaban lanchas de vela?
Sí señor, esas lanchas atracaban detrás de la escuela de la estación. Eran unas lanchas grandes y navegaban con velas. Venían tres veces por semana, lunes, jueves y sábado, de San Francisco de El Carnicero. Venían cargadas de ganado y cualquier clase de alimentos, huevos, tortillas, cuajadas, nacatamales, frito, carne. Todo traían. La gente de Managua tempraneaba para ir a comprar esas cosas y luego se venían al pueblo a venderlas. Era un comercio sano, bonito, floreciente.
¿En qué año nació usted doña Francisca?
Pues ya ni me acuerdo el año, pero ando en mis 95 ó 96 años.
¿Qué hacía la niña Francisca muchachita, en aquel ambiente?
Pues, yo andaba con mi madre trabajando porque ella era una cocinera de alta categoría, trabajaba en las casas altas y por mucho tiempo en la Casa Arzobispal, mi madre no sabía ni leer, pero era una cocinera de las altísimas.
En la casa arzobispal nosotros conocimos a monseñor Lezcano y Ortega, al padre Argüello, al padre Andino y a todos esos padres de ahí. Yo me levantaba de mañanita para ver en el palacio cercano la trepada de la bandera, y a las seis de la tarde también miraba la bajada. Durante el día me iba donde doña Felícitas de Cabrera a ayudarle a vender leche y a repartir leche que ella daba de caridad.
¿Tuvo oportunidad de estudiar?
Pues yo no sé ni la “o” por lo redondo, pero a cambio fuimos muy bien educados por nuestros padres porque ellos nos reprendían. Mis padres me decían: el día en que le faltemos usted nunca debe caminar engavillada, no debe andar visitando a nadie, recuerde que el buey solo bien se lame. Cuando mi madre estaba trabajando en la alta categoría, yo le ayudaba a pelar las gallinas, a lavar los trastes y a encender la cocina.
Un hermano mío, que eran mayor que yo, caminaba con mi mamá también y se iba a la Catedral. Yo conocí la vieja parroquia, sobre esa parroquia ahí vinieron montando la otra.
El terremoto del 31
¿Cuando ocurrió el terremoto del 31 de marzo qué estaba haciendo usted?
Ese terremoto a mí me agarró dentro del mercado. Yo casi terminaba de comprar unas cositas y me encaminé al mercadito que quedaba a la cuadra a comprar una tortilla de a medio, que era una tortilla grande. Después me devolvía a la esquina a buscar a una señora que vendía una crema de mantequilla riquísima, luego, a la tortilla de a medio le echaba un centavo de mantequilla.
Me estaba comiendo la tortilla cuando aquel gran temblor. Yo me levantaba y caía, volvía a levantarme y volvía a caer. De repente me cayó una gran lata de manteca encima y la tierra de la casa. Salí como un chancho enlodado volándome sobre las piedras, tejas y cosas, gritándole a mi madre.
Me acuerdo que llegué así hasta el Parque Central, mi madre estaba en la primera colonia Dambach trabajando donde unos americanos, cuando llego yo dándole gritos, llamándola. “Ay madrecita, ‘hijita, mi muchachita’ decía ella llorando. ‘¿Dónde estabas?’” Cuando llegamos la casa estaba en el suelo, todo se perdió y buscamos para la costa de la playa.
¿Ahí se instalo un campamento?
Ahí no había nada, ahí sola y lisa la playa, pero alguna gente no encontró otro rumbo donde ir. Buscando palitos para levantar la casita, durmiendo así en la pura arena.
¿Es cierto que hubo quien dijo que el terremoto era un castigo de Dios.
Era por la cosa de los viajes al mar y lo atrevido de los trajes de baño. Pero también por el anuncio de unas mujeres que iban a bailar desnudas en aquel Circo Dumbar que estaba frente al Parque Infantil y que trajo toda clase de animales.
¿Cuánto tiempo permanecieron viviendo en la costa del lago?
Ni me acuerdo. De largo veíamos la gran humalera del incendio, aquellas quemazones, y la tarea de sacar a los heridos y los muertos. Fíjese que sacaban los muertos como sacar basura, los montaban en volquetes y los iban a chorrear allá en una gran zanja en el cementerio.
En la búsqueda de muertos unos nunca aparecieron. Por ejemplo nunca hallaron a la Blanquita Monje, ahí vendía ropa y jamás la hallaron. A un vecinito que vivía por la Sanidad jamás lo hallaron tampoco. Nosotros perdimos todo, no se pudo sacar nada.