Debilidades en la ONU

Heraldo Muñoz recuerda la época en que la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas salvó vidas en las Américas. El antiguo disidente y ahora embajador de Chile ante la ONU, fue testigo de cómo la comisión reveló la verdad del régimen de Augusto Pinochet en los años setenta y ochenta, logrando así no sólo […]

Heraldo Muñoz recuerda la época en que la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas salvó vidas en las Américas. El antiguo disidente y ahora embajador de Chile ante la ONU, fue testigo de cómo la comisión reveló la verdad del régimen de Augusto Pinochet en los años setenta y ochenta, logrando así no sólo irritar al dictador sino incluso poner límites a su represión.

Pero fue esa misma comisión la que tanto le falló a 75 disidentes cubanos hace tres años. Gobiernos, organizaciones de derechos humanos y medios noticiosos alrededor del mundo condenaron el ataque de Fidel Castro contra sus críticos e hicieron un llamado para que fueran inmediatamente liberados. El organismo de derechos humanos de la ONU logró apenas emitir la más genérica de las resoluciones sin la más mínima mención a los arrestos.

La misma comisión que redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos y ayudó a establecer como principio la preservación internacional de libertades fundamentales había decaído hasta convertirse en algo totalmente anodino. La semana pasada la ONU votó abrumadoramente a favor de disolverla y reemplazarla por un nuevo organismo, el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas.

En años recientes, las fallas de la comisión llegaron a reflejar un lánguido compromiso con la defensa de los derechos humanos en general y en las Américas en particular. Una silla en la comisión se convirtió en simple mercancía y los comisionados aprovechaban su posición para socavar y desviar críticas contra los países que representaban. La comisión misma se convirtió en un lugar donde se libraban batallas ideológicas por ganancias de corto plazo.

Era como “un mercado persa”, recordó Enrique Berruga, embajador de México ante la ONU. Cada año, a medida que se abrían puestos en la comisión, países de la región hacían canjes y trueques con total indiferencia hacia el elevado compromiso de ocupar un cargo en dicho organismo. Una silla en la comisión ballenera se canjeaba por una en derechos humanos como si los países estuvieran intercambiando “una bolsa de cacahuates por un Rolls-Royce”, dijo Berruga.

Cuba condujo un “Rolls-Royce” (incluso después de los arrestos del 2003) al igual que lo hicieron flagrantes violadores de derechos humanos como China, Sudán y Zimbabwe. Una vez empezaban las sesiones, a tales miembros les preocupaba sólo protegerse a sí mismos, dejándole a otros la defensa de las víctimas.

Para las Américas, la Guerra Fría perduró en la comisión, mucho después de haber terminado. Los Estados Unidos, siempre obsesionados con Cuba, y Cuba, obsesionada siempre con la “hegemonía imperialista” de Washington, a menudo se enfrentaban en un ejercicio de humillación mutua. Lo poco que lograron ambos fue debilitar la cooperación necesaria para cumplir la labor de la comisión. Se convirtió en “una suerte de arena de gladiadores donde los derechos humanos eran la víctima al final”, dijo Muñoz.

Otros representantes de la región se encontraron a menudo incómodamente en el medio, pero eso no necesariamente significó que asumieran la actitud más respetable. Si fastidiar a Washington era bien visto en su país, rechazar una resolución auspiciada por Estados Unidos era tentador. Como me lo confesó un funcionario latinoamericano, en el momento de decidir el apoyo o el rechazo a una resolución, cálculos de política interna a menudo pesaban más que consideraciones de derechos humanos.

Así fue como las Américas terminaron fallándole a la comisión y la comisión terminó fallándole a las víctimas de violaciones de derechos humanos. Es una historia que tomó años en adquirir forma y que tomará años en deshacerse. Estados Unidos votó la semana pasada contra el nuevo consejo porque, según lo explicó un alto funcionario del Departamento de Estado en una entrevista, “no podíamos confiar en que la cultura cambiaría de la noche a la mañana”.

Y claro que no lo hará. Pero el cambio tiene que empezar en alguna parte y en algún momento, y para la mayoría de los países en Naciones Unidas y muchos defensores de derechos humanos, empezó con el consejo la semana pasada.

Hasta ahora sólo ha habido gestos menores que indican un ápice de voluntad política para cambiar esa cultura. En una decisión que el funcionario del departamento de estado describió como ejemplar, México prometió no hacer negociación de sillas durante la elección de los nuevos miembros al consejo el 9 de mayo. La pregunta es si dicho compromiso sobrevivirá a la instalación de un nuevo gobierno en México antes del año entrante.

Defensores del consejo insisten en que tendrá controles más estrictos para su composición y que países miembros enfrentarán un mayor escrutinio internacional que antes. Según un diplomático en la ONU, por lo menos uno de los grandes violadores, Zimbabwe, no buscará ser miembro del consejo presuntamente debido a ese mayor escrutinio. Cuba, no obstante, ya ha oficializado su candidatura a una de las ocho sillas reservadas para Latinoamérica y el Caribe.

Es difícil ligar la esperanza de cambio a buenas intenciones y promesas idealistas, pero hubo una vez en que fueron ellas las que inspiraron la labor de la comisión. Para prisioneros políticos, como los disidentes cubanos que acaban de cumplir tres años tras las rejas, el regreso de esos días no podrá ocurrir con la prontitud anhelada.

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