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El diagnóstico no puede ser sin matices. ¡Francia ha logrado ser, históricamente, a la vez pionera de la idea democrática y pionera de la oposición a la democracia! A diario me siento impresionado por la democratización del espíritu público en comparación con las actitudes autoritarias del país. La apertura se observa en la sociedad entera, donde las relaciones entre las personas son más igualitarias, donde la discusión pluralista es más permitida. En pocas palabras, se puede hablar de una penetración profunda de los valores democráticos en la sociedad francesa.
Pero al mismo tiempo, en Francia como en el exterior, surge una nueva crisis de la democracia que no se expresa a través de un llamado a la revolución o a la dictadura, sino por medio de una especie de implosión interna. Los ciudadanos tienen la impresión tanto de que se burlan de ellos, como de sentirse abandonados. Se han desengañado completamente con respecto a los hombres políticos. No se sienten representados por ellos, no esperan (de ellos) decisiones que sirvan a sus intereses. Nadie quiere cambiar de régimen, pero la fe en el régimen se ha perdido. En este aspecto, la democracia no está fuerte. Da una impresión de bloqueo e impotencia.
¿Cómo juzga a la clase política, de derecha e izquierda?
La clase política tiene una mala reputación injustificada. En conjunto, se compone de gente valiosa, de gente que, por añadidura, posee la fibra democrática, algo nuevo para Francia.
Francamente, no era ésta una característica de sus antecesores. François Mitterrand era un monarca republicano, y ante todo un monarca. Charles de Gaulle era aún peor, y Valéry Giscard estaba en medio, un pseudomonarca ridículo (los tres fueron presidentes). Salimos de este tipo de autoridad y cabe felicitarnos por ello. Empero, estas cualidades reales (el respeto genuino a las reglas democráticas por las nuevas generaciones de políticos) son compatibles, desafortunadamente, con un grave defecto que explica el juicio negativo de los ciudadanos: son desbordados por las tareas que enfrentan.
¿Por qué se ven desbordados?
¡Por la época! Por la novedad de los desafíos, por la magnitud de las interrogantes planteadas. ¡No tienen chance, se han hallado en un momento difícil!
¿Es de su formación que viene el problema?
La formación es desbordada siempre por definición. Lo ha sido en el momento en que usted la recibe. Es natural. La cuestión es el momento. Hemos experimentado un cambio de rumbo gigantesco (tras el fin de la “guerra fría”). Cuando el viraje es relativamente lento, la adaptación tiene lugar sin mucho esfuerzo. Cuando se produce una alteración de las señales, como la que conocemos, ése es otro asunto. Hay que digerir la ruptura, reconstruir los instrumentos, redefinir las perspectivas. No hay nada de extraordinario en que nuestros gobernantes sean desbordados por los acontecimientos.
¿Y la generación de los quincuagenarios?
Habrá que esperar a las generaciones más jóvenes que habrán superado los impasses de sus predecesores y que habrán aprendido la gramática del nuevo mundo.
¿Es un mal francés?
Es una situación al menos de toda Europa. Hay en casa de nuestros vecinos gente de talento con una virtuosidad superior en el manejo de la esfera mediática. Gerhard Schroeder (ex canciller alemán) o Tony Blair (primer ministro británico) son en materia de comunicación unos ases de los que aquí no tenemos. Pero en el fondo me parecen tan desamparados y mal apertrechados como los nuestros.
¿Cómo mira a los adolescentes, a los jóvenes adultos?
Los compadezco. Todos los días me digo a mí mismo que no quisiera estar en su lugar. Es curioso porque he visto bien en mi juventud hasta qué punto la generación de mis padres podía envidiar nuestra suerte. Yo no envidio la suerte de los adolescentes y de los jóvenes de hoy. Se benefician de un confort y una libertad incomparables con respecto a lo que conocí, pero, en otros planos, las condiciones que se les ha dado son terribles. Entrar a la vida (adulta) es infinitamente más duro para ellos que para mi generación. Estoy impresionado por esta dificultad que es a la vez personal y social.
¿Ya no existe pues el modelo francés?
Sí, pienso que existe un modelo francés. La historia no se borra así nomás. La experiencia de siglos es algo poderoso. Francia, desde este punto de vista, es un laboratorio. Es uno de esos países donde el peso del pasado se siente más. Hablo de la manera de acuerdo a la cual, la gente está bajo la influencia de un pasado que les continúa moldeando aún cuando lo ignore. Francia es un país particularmente fiel a sí mismo, donde el problema es renegociar su relación con el pasado.
Francia es infortunada por no haber hallado la manera de perpetuar la experiencia de su historia —digna de apego— en el mundo al cual entramos, uno muy diferente. Es la tarea que un hombre político digno de ese nombre deberá ser capaz de proponer al país: ¡cambiemos para que sigamos siendo los mismos!
A este pasado brillante hay que hallarle el medio de darle una versión actual, adaptada al mundo de hoy, a una Europa como es en realidad, sin alimentar ilusiones.
Es un trabajo que los franceses no logran terminar. Se aferran visceralmente a su pasado (…) y consienten descuidos importantes sin controlarlos. Es de ahí que nace el clima depresivo en la sociedad francesa. Hay una desesperación de la derrota ante la marcha de los acontecimientos. Ese sentimiento se explica. De Gaulle elevó la moral de sus tropas (en la Segunda Guerra Mundial) prometiendo que reconstruiría una gran potencia con nuestros pequeños medios. A esa página se le ha dado la vuelta, ese juego ya no puede ser jugado. Mitterrand recurrió a la imagen de una construcción europea a la francesa. Otra ilusión lírica que se disipa: Europa no será francesa.
Súbitamente, los franceses se sienten solos y marginados por la historia, incluso un poco ridículos. El drama es que nuestros políticos, todos, de derecha o de izquierda, no comprenden este problema y son incapaces de aportar respuestas. ¡Hay que constatar su carencia, desafortunadamente!
Francia y sus dilemas
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