- A 5 meses de los disturbios de los suburbios, esta nación de nuevo es sacudida por protestas. ¿Por qué?
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Ver Infografia > En octubre, los peores disturbios desde mayo de 1968 se propagaban en Francia.
En los suburbios de las ciudades ardían vehículos y edificios, incendiados por jóvenes hijos de inmigrantes, en su mayoría del norte de África. Fue puesto en jaque el modelo francés de integración que con la lengua y cultura francesas como elemento unificador pretendía absorber a los inmigrantes.
Apenas 5 meses después, nuevas protestas sacuden al país. Esta vez, millones de estudiantes repudian una importante iniciativa del gobierno conservador del primer ministro, Dominique de Villepin, que pretende imponer el Contrato Primer Empleo (CPE), para introducir cierta flexibilidad en el mercado laboral.
La medida permite a los empleadores despedir sin justificación alguna durante los primeros dos años, a jóvenes empleados menores de 26 años. Esto significaría un cambio significativo en la protección laboral de un fuerte Estado benefactor, orgullo de muchos.
Por ahora, Villepin se niega a retirar el CPE. Algunas protestas se tornaron violentas, con enfrentamientos entre manifestantes y policías y heridos, como el jueves en París.
Con los disturbios de finales del año pasado, se habló de una crisis de identidad y de las fallas de la integración sociocultural.
Esta vez, las marchas contra el CPE son organizadas no por los inmigrantes sino por sectores sociales tradicionales.
El quid de la cuestión es el de la reforma del Estado benefactor ante los problemas de la economía, el enorme déficit público, las exigencias de la competencia mundial y la voluntad de la sociedad de preservar los amplios derechos sociales.
La economía experimenta un estancamiento de una década, sin poder superar el 2 ó el 2.5% de crecimiento anual del PIB.
Francia tiene una tasa de desempleo de alrededor del 10%, según el Eurostat, la oficina de estadísticas de la Unión Europea (UE). Es una cifra que ha permanecido estable por varios años. Es la más alta para una de las economías grandes de la UE. En comparación, el porcentaje británico es del 4%.
El desempleo de larga duración atañe al 4% de la población económicamente activa (PEA) y en 2004, solamente el 30% de los jóvenes de 15 a 24 años tenían un trabajo. La obtención de un diploma universitario no es un pase automático a un trabajo.
La situación es parecida en Alemania y en ciertos aspectos en otros países, pero eso es quizás consuelo de tontos para los franceses.
Los costos laborales son muy altos. Los recortes de personal deben ser negociados con los sindicatos. Desde 1998, la semana laboral francesa es de 35 horas.
Sin embargo, el país posee una mano de obra altamente calificada y altamente productiva, y es un importante centro de investigación científica y tecnológica.
Un trabajador francés , beneficiario de prestaciones sociales superiores a las de su par estadounidense y británico, genera más riqueza por hora que éstos: 48.4 dólares contra 45 dólares del estadounidense promedio y 39.5 de un británico, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
Toshiharu Takasu, presidente de Toyota Motor en Francia, explicó así a la revista oficial Label France (No. 57 de 2005), la razones del gigante japonés para instalarse y abrir una fábrica en la ciudad de Valenciennes: “Francia está situada en el corazón del mercado europeo occidental, está dotada de infraestructuras de transporte muy completas y ofrece una mano de obra cualificada con una herencia industrial consolidada”.
Es un hecho conocido que, además de marchar y hacer huelgas, los franceses gustan de quejarse de su situación. Añoran le grandeur du passé (la grandeza del pasado) y resienten los problemas de hoy. El pesimismo embarga a la sociedad.
“Francia es un país particularmente fiel a así mismo, donde el problema es renegociar su relación con el pasado”, sostiene el filósofo francés Marcel Gauchet. “Francia es infortunada por no haber hallado la manera de perpetuar la experiencia de su historia —digna de apego— en el mundo al cual entramos, uno muy diferente”.
Laurent Joffrin, periodista de la revista Le Nouvel Observateur, afirma que Francia posee muchos atutos, “pero no los sabe usar”, y en vez de hablar de “declive”, lo primero que debe hacerce “con urgencia, es desechar el declive de las mentes”.