TLC go home

QUITO.— Conocí Quito hace 36 años. Uno de los recuerdos que guardo de aquella vez es el de la estatua del prócer uruguayo José Artigas, enclavada en el cruce de las avenidas Colón y 12 de Octubre dominando la ciudad. El crecimiento de ésta y su desarrollo edilicio le han quitado visibilidad al monumento y […]

QUITO.— Conocí Quito hace 36 años. Uno de los recuerdos que guardo de aquella vez es el de la estatua del prócer uruguayo José Artigas, enclavada en el cruce de las avenidas Colón y 12 de Octubre dominando la ciudad. El crecimiento de ésta y su desarrollo edilicio le han quitado visibilidad al monumento y en su base hoy figura una pinta que reclama: “Abajo el TLC”.

En aquella época las leyendas estampadas en los muros de la zona universitaria eran otras, pero el destinatario el mismo: “yankis go home”, clamaban entonces.

Entrevisté en aquella ocasión al presidente José María Velasco Ibarra en el Palacio de Gobierno (Carondelet). Era la quinta vez que ocupaba el Palacio y parecía todopoderoso. Fue tumbado por un golpe 16 meses después.

El clima de inestabilidad no ha cambiado. Los otrora sumisos indígenas, organizados y conscientes, hoy de sus derechos y de sus fuerzas, rodean el Carondelet. Le reclaman al presidente Alfredo Palacio, quien hace menos de un año sustituyó al “renunciado” Lucio Gutiérrez, el fin de las negociaciones con los Estados Unidos por el Tratado de Libre Comercio (TLC) y una consulta popular sobre ese tema.

El presidente Palacio, por ahora, se mantiene firme. Según nos dijo la semana pasada a un grupo de periodistas, no va a ceder ni ante quienes porque sí y sin conocerlo dicen “no al tratado”, ni ante los que recomiendan firmarlo sin más vueltas.

“Es un acuerdo que aún se negocia y con el que se procura un convenio que beneficie a ambos países”, afirmó el mandatario.

Hablé con algunos de los que marchaban hasta el Carondelet y demostraron saber poco, más bien nada, acerca del contenido del TLC. Se trata, en verdad, de un tema de principios, ideológico, o un mero eslogan para la movilización. Está plasmado en las pintadas callejeras: “Tiempo de Lágrimas Campesinas” o “Tontos Lame Culos”.

Mas allá de las pancartas, los números dicen que algo más del 60 por ciento de las exportaciones ecuatorianas van hacia Estados Unidos. El grueso corresponde a petróleo, banano y flores. Con el primero no habría cambios pues, como se sabe, los Estados Unidos no le hacen asco y si les conviene le compran petróleo al que venga (recordemos a Hugo Chávez) y hacen cualquier cosa que tengan que hacer (recordar guerras e invasiones).

Pero el caso de las flores es elocuente: Ecuador es uno de los grandes exportadores y el cultivo de rosas le ha significado sustituir positivamente a otros, caso de la coca, y ha generado un importante desarrollo en las regiones involucradas. A los Estados Unidos, los ecuatorianos le venden flores por unos 210 millones de dólares anuales, casi el 70 por ciento de su producción. Su competidor más fuerte es Colombia, quien de hecho ya tiene su tratado con Estados Unidos. Si los ecuatorianos no lo hacen, por muy bellas que sean sus rosas, corren el peligro de perder ese mercado.

Pero en esto no cuentan los números ni el ejemplo de Chile y los resultados que le ha significado el acuerdo. El TLC es un tema, parte de la política y debate doméstico de cada país y así es utilizado por los grupos y movimientos de izquierda y neopopulistas. Explotan y aprovechan un viejo y hoy recrudecido sentimiento antinorteamericano y con ese fin el TLC funciona mejor que la guerra en Irak, la cual está muy lejos de Latinoamérica.

Lo grave es que se trata de momentos y oportunidades concretas que no se pueden dejar pasar o de considerar seriamente, sobre todo en un mundo que va tan rápido y en el que cada vez se hace más difícil alcanzar a los que van adelante.

Ya no es como hace treinta o cuarenta años. Será por la globalización o por lo que sea, pero cada vez es más difícil recuperar lo que se pierde o lo que no se aprovecha. No siempre a la gente se le podrá convencer, y menos alimentar, con eslóganes, ni tampoco el dinero de los venezolanos, del que por ahora dispone a su gusto Chávez, alcanzará para pagar tantos platos rotos.

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