César Prado dirigiendo una orquesta.

César Prado: maestro compositor

Un breve esbozo de su quehacer a propósito de su fallecimiento El mutis apareció en el concierto de sus sueños. El silencio —la más quieta figura de la música— es, empero, el mejor introito de la cadencia. Cesar Prado acaba de tener el suyo. Ahora a él le corresponde vaciar el arpegio para siempre o […]

  • Un breve esbozo de su quehacer a propósito de su fallecimiento

El mutis apareció en el concierto de sus sueños. El silencio —la más quieta figura de la música— es, empero, el mejor introito de la cadencia. Cesar Prado acaba de tener el suyo. Ahora a él le corresponde vaciar el arpegio para siempre o tocar en otras sideralidades para ser el introductor de su obra y de las enseñadas dejadas, una combinación asumida por este heredero del reposo, con temperamento festivo, saturado de la natural complacencia, de jovial comunicación aún en los trances del drama personal, artista de “puertas abiertas” para el oteador de los nuevos horizontes.

El músico ha cerrado la caja de sus instrumentos, el tesoro de su creatividad y la suma de sus ilusiones. Cuáles fueron éstas o cuál fue la sobresaliente en la agenda de sus esperanzas: la formación estable, duradera de la ideal y nunca interrumpida Orquesta Sinfónica Nacional, aspiración reiterada en cada uno de los encuentros. Si la tuviésemos como la tiene El Salvador, cuán complacido estuviera porque ese ejemplo tiene vejez, la raíz de 150 años y, aunque entre los músicos como en todos los temperamentos humanos haya disparidad, la reflexión ha contribuido a sacar el mejor provecho de ella. Cesar Prado no pudo asistir al concierto celebrante de los 14 años de la Camerata Bach, por escasos pasos, por pocas horas. El destino quiso su ausencia para que él no viera el modelo que cabe conforme nuestros recursos materiales y humanos, para que con el fraternal testimonio regional auscultara el deseo de contar con un cuerpo bien sincronizado y representativo, listo para el arte de esparcir gozos como los de la música. ¿Para qué aspirar a más?, hubiese dicho con las palabras que no pudo pronunciar.

En la misma noche, Ramón Rodríguez pintó sus sueños en la creación, en la orquestación, en el afán de impartir conocimientos teóricos y prácticos, en el fervor, si se quiere circunstancial, de componer en nombre de la trascendencia de turno como cuando —reivindicativo— puso en brazos de todos los vientos Hoy te Recibimos Juan Pablo Segundo, cuando éste pisó la superficie pinolera por segunda vez, luego de ser abofeteado por la prepotencia de unos dirigentes que no supieron —por su inmadurez— ni entender al personaje ni olfatear la historia. Con su aporte, Cesar Prado puso la luz ruiseñora que abominó la “noche oscura”. El canto oportuno anduvo en las bocas de la inmensa mayoría siendo uno de los recuerdos más gratos dejados por su lustre de autor.

Cesar Prado, colaborador de lujo de estas páginas literarias en lo que siempre fue su íntegra fascinación, la música, tenía disponibilidad para todo, para lo pequeño y lo grande; había una canción coyuntural presentada con cariño y sentido profesional, incluso, hasta elaborar viñetas publicitarias como cuando en una fiesta quinceañera compuso para el radioperiódico El Momento, los temas de identificación de cada una de sus secciones con la entonación de la línea pura y no de la dura.

Voy atrás y esto es para mí lo más meritorio de su trayectoria obsedida por el deseo de alcanzar las cumbres del Director de la completa y no fragmentada Orquesta Sinfónica de Nicaragua como las tenidas en las cercanías del barrio centroamericano. Digo orquesta con sentido tradicional y no ocasional ni complementario.

Muy joven conoció a Wolfang Vacano, el maestro especialmente contratado en tiempos de Doña Hope Portocarrero para emprender el proyecto. La experiencia fue fallida no porque hayamos carecido de los requeridos ejecutantes sino por razones de presupuesto. Las asignaciones a la cultura son las más susceptibles de tambalearse en el momento de hacer los ajustes, mortales para las cosas del espíritu, injustamente trivializadas por el pragmatismo. Aprendió del maestro y, mozalbete, quiso incrustarse dentro de la severidad de los requisitos. Lo pusieron a un lado los viejos epigramados por los moldes de la trayectoria estirada. No ser sinfonista en esa oportunidad le valió poco porque pronto —como anteriormente lo señalo— vino la disolución. Se matriculó en otras disciplinas y de regreso de Europa, de la Francia vital, vino con la mentalidad de darle forma a una modesta orquesta de cámara, no por modesta mediocremente seleccionada.

Fue ahí, en ese grupo de cámara, donde lo vi como Director en conciertos dados en el salón de los cristales del Teatro Nacional Rubén Darío. Él mismo se encargaba del orden de los componentes de la estructura para tenerlos cazados por su visión de conductor y como era mozartiano una de esas noches puso a la izquierda el oboe agudo y pastoral en tímbrica conversación con el fagote grave y jocoso, comediante ronco en la reunión, a la derecha juntos también el clarinete con su agilidad y el corno lleno de mesura, de suavidad, de pausas. Tocaban una de las sinfonías concertantes de Mozart, la música que Prado había sentido en los anteriores tiempos de Vacano. La sinfonía tenía como parte solista a un cuarteto de viento, por eso era concertante. Lo que más llamaba la atención de la concurrencia era el encantamiento que le prodigaba el giro gracioso de la obra, la sonrisa del regordete cuando los diálogos iban por excelente camino.

Ahora la muerte ha detenido radicalmente esa alegría espiritual, el afán de llegar a metas como esas quizá porque se preferían los hálitos extranjeros y lo nacional iba a la estufa.

Prado anduvo en los templos, en los parques, en las universidades y, últimamente, por sobrevivir, en los casinos. Ahora que ha muerto joven y cuando faltaba mucho para la realización de sus sueños, emergen los reconocimientos que siempre estuvieron dormidos en el periodo que tuvieron vigencia los cinco sentidos clausurados por el repentino deceso. No es la reacción tardía un caso aislado. Es —valga la autocrítica— uno más en el ingrato desfile de quienes no fueron bien correspondidos.

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