La pareja de artistas condecorados con la Orden Rubén Darío en el grado de Gran Oficial.

Mercedes Gordillo y Alejandro Aróstegui: Unidos por el arte

Alejandro Aróstegui, autor de una vasta e intensa obra reconocida ampliamente por la crítica nacional e internacional y su esposa, la escritora Mercedes Gordillo, fueron condecorados con la Orden Rubén Darío en el grado de Gran Oficial [doap_box title=»Mercedes Gordillo (Managua, Nicaragua, 1938)» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Escritora especialmente de ficción, narrativas y ensayos de crítica de […]

  • Alejandro Aróstegui, autor de una vasta e intensa obra reconocida ampliamente por la crítica nacional e internacional y su esposa, la escritora Mercedes Gordillo, fueron condecorados con la Orden Rubén Darío en el grado de Gran Oficial
[doap_box title=»Mercedes Gordillo (Managua, Nicaragua, 1938)» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

Escritora especialmente de ficción, narrativas y ensayos de crítica de arte. Museóloga. Ha curado muchas de las mejores muestras de la plástica nicaragüense dentro y fuera del país. Fundadora y directora de Galería Tagüe (1974-1978). Consejera Cultural de la Embajada de Nicaragua en México (1980-1982) y Subdirectora del Museo de Arte Contemporáneo Julio Cortázar (1938-1984).

Ha residido, estudiado y viajado por Estados Unidos, México, América Central, Venezuela, Europa y África. Obtuvo el Premio Nacional Rubén Darío, 1993, por su libro El Cometa del fin del Mundo y otros cuentos (Managua, Vanguardia, 1993), se incorporó a la narrativa nacional que ha alcanzado su máximo desarrollo.

Alejandro Aróstegui (Bluefields, Nicaragua 1933)

Estudió Arquitectura en la Universidad de Tulane, EE.UU., y Arte en la Academia de San Marcos, Italia, así como en la École de Beaux Arts, Francia. De regreso a su país en 1963, funda junto con otros artistas e intelectuales, el Grupo y Galería Praxis, que introduce nuevas técnicas y conceptos adaptándolos a la realidad nicaragüense, aporte de fundamental importancia para el surgimiento de una nueva forma de hacer arte en Centroamérica. En 1972 es nombrado director de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Nicaragua y durante el periodo de 1983-1984, director de la Escuela de Artes Plásticas en Managua.

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Esta semana, el matrimonio de artistas Mercedes Gordillo y Alejandro Aróstegui recibieron de manos del Presidente de la República, ingeniero Enrique Bolaños la Orden Rubén Darío en el grado de Gran Oficial.

Ambos tienen muchos años en el quehacer cultural. Mercedes Gordillo, autora de libros de cuentos y Alejandro Aróstegui, maestro de la pintura nicaragüense y fundador del Grupo Praxis, hablan —en una entrevista exclusiva— del premio que recibieron y de sus obras.

Mercedes inicia nuestra conversación en su casa de amplio jardín y junto a ella está Alejandro Aróstegui, muy atento. Nos merodea su perrita miñón de tres años.

Después de muchos años promoviendo cultura, ¿cómo se siente al recibir este premio?

Me siento muy estimulada pero en el fondo de mi corazoncito sentía una ausencia y parecía como de que nadie se acordaba de nosotros. Ha sido un estímulo muy lindo, siempre creía que iba a ser para Alejandro, ya que su obra es más intensa, más profunda.

¿El homenaje la hace estar más comprometida con la cultura?

Con lo único que tengo compromiso es con mi literatura, mi marido y mi hijo. Francamente porque el premio es estimulante. Y soy la misma que me estoy peleando con el tercer capítulo de mi novela. Me siento cansada pero contenta porque las emociones también cansan.

Alejandro Aróstegui interviene en la conversación y agrega en relación al premio: “es muy agradable sentir ese reconocimiento, especialmente después de que la mayor parte de mi vida y mi esfuerzo han transcurrido, es gratificante que en su país le den un reconocimiento en el más alto nivel. Me siento contento y en realidad me da fuerzas para salir adelante”.

Gordillo, muy presta a la conversación agrega: “creía que el premio iba a ser para Alejandro, por todo lo que ha hecho en pintura”.

¿Y su enamoramiento hacia Alejandro Aróstegui nació por la pintura?

Fue por medio de la pintura, que es una forma de ver las cosas. Claro, fue un enamoramiento total pero hay una cosa curiosa. Una vez vi a Alejandro por la televisión, me gustó mucho lo que contestaba y vi su pintura y me fascinó, me encantó su nombre y me encantó tanto que me dije: “lo tengo que ir a conocer”.

¿Qué tan duro ha sido hacer cultura en este país?

Es muy duro y no creás que sólo en este país. El gremio es muy cerrado y en todos los gremios de los artistas, se desprestigian entre unos y otros, las envidias sobran.

Como escritora ¿cuál ha sido su mayor obstáculo?

Parto de que nos autoexiliamos en Costa Rica. Aquí la burocracia era terrible y a uno lo acusaban de cualquier cosa. Después de ser diplomática en México ya estando aquí vimos que la cosa no tenía remedio y nos acusaban, por eso nos fuimos a Costa Rica. La nostalgia se apoderó de mí y empecé a añorar un bien perdido. De esas emociones fuertes surgen otras emociones que se convierten en don, como mi arranque de escritora que inicia en Costa Rica en 1989.

A finales de 1992 se dio un concurso del Premio Nacional Rubén Darío en la rama de cuento y mandé al concurso y, como nadie sabía que yo escribía, le puse un seudónimo y ahí estuvo mi gran sorpresa porque fui elegida por unanimidad y por un jurado muy calificado: Lisandro Chávez Alfaro, Gloria Guardia y Octavio Robleto. Fue mi primer libro y quedé muy sorprendida. De ahí no paré.

Los libros que usted ha publicado, ¿qué le dicen de Una Mujer con Sombrero?

Fue mi primer atrevimiento. Había conocido a Ernesto Mejía Sánchez, quien promovió el prosema. En mí, el prosema iba más por la idea de la narración y fui muy inspirada. Para mí, Silvio Rodríguez es un poeta del corazón.

Casi siempre sus títulos tienen nombres de canciones como Luna que se Quiebra. ¿Está muy influenciada por la música?

Sí, Agustín Lara y sus canciones son inmortales como Luna que se Quiebra, quise hacer una especie de homenaje a sus boleros. Este libro, Noche de Ronda, es un repaso de Managua y de la búsqueda del amor y habla completamente de la ciudad que yo perdí.

¿Esa Managua que usted perdió también esta en su libro El Cometa del fin del Mundo?

Sí, como en Una Perfecta Desconocida. El premio nacional Rubén Darío lo interpreté como un premio a la ciudad destruida.

Su último libro Vida y Obra de Sor María Romero ¿es el más exitoso en ventas?

Ya lleva tres ediciones. No es un libro donde hago ficción. Es un libro donde recopilo parte de su vida, le tengo una enorme admiración a Sor María. Recogí lo que se ha escrito, testimonios y unos artículos míos; la gente necesita mucho saber de ella.

Alejandro Aróstegui, se ha caracterizado por introducir en Nicaragua las corrientes del arte moderno. Es un artista que se ha entregado por completo a la estética, para quien la pintura ha sido un oficio sagrado.

¿Está preocupado por la pobreza y lo refleja a su pintura?

Me impresioné cuando llegué a Nicaragua después de muchos años en Estados Unidos y Europa. Cuando vi la pobreza que existía después de estar muchos años fuera. A través de los años vemos que Managua no progresa y el Mercado Oriental; lo que antes era Acahualinca, está fuera de todo control y es ahí donde se refleja parte de un desorden y de una pobreza. El paisaje no cambia, más bien se deteriora, uno sufre momentos de utopía y se refleja en mis pinturas con ciudades de fantasía.

Otro aspecto en su pintura es la preocupación por el tratamiento estético. ¿Hay una contraparte a la pobreza, una belleza de los lagos y los cielos?

Sí. Porque la belleza ahí está con todas las posibilidades que tiene y hay que aprovecharlo; en parte, eso es para que recordemos la belleza de lagunas, volcanes y ríos que tenemos.

Igual que a doña Mercedes, a usted lo golpeó el terremoto y aparece reflejado en sus cuadros.

Mucho. Pasado el terremoto hice varias figuras con esos temas y de las fallas geológicas que han sido los temas de algunas de mis pinturas, recientemente hice una cuadro con el tema del deslave del volcán Casita.

¿Qué tan duro ha sido estar pintando todo losdías aunque no se venda el cuadro?

No ha sido duro, ha sido un modo de vida, me gusta mucho la pintura. Al contrario, es gratificante que lo que uno hace se venda. Ahora que en el medio hay dificultades ya que uno aspira a más, también me ayuda mucho que cuando formamos Tague tenía una gran vitalidad, cuando Praxis se hizo trabajamos mucho, hacíamos una serie de trabajos, hasta rótulos de carretera para sustentar la propia Galería y no tener dependencia. Teníamos la suerte que en ese momento la iniciativa privada respondía. El hecho de no estar atado a una Galería que te impone ciertas cosas del mismo gusto de la Galería cuando no confiás en ese gusto porque, es decir, ellos te dicen cómo lo tenés que hacer.

¿Cómo es hoy su relación con los miembros del Grupo Praxis?

A raíz del régimen sandinista en los años ochenta hubo muchas fracturas. Por ejemplo, la cultura que estaba en manos de ASTC, ahí se dio mucho servilismo y destruyó toda la inocencia que teníamos en un principio de quererlas hacer a nuestra manera.

¿Tiene una galería que lo representa?

En estos momentos no. Tenía una galería en Miami que tenía sus raíces en Caracas.

¿Y en Nicaragua?

Tampoco. Aquí las galerías exhiben ahora de todos los pintores. No tienen un criterio para decir esta clase de pintura es la que se impone como en otras partes, que uno va y sabe qué pintura va a ver.

¿Qué opina de las bienales de arte?

Ese es un deseo de estar a la moda. Es una globalización mal entendida, pero cuando se presenta como algo mimético, repetir lo que se hace en otras partes sin tener un criterio o una base firme, creo que no es bueno porque los que organizan esto se ponen en contacto con las personas que piensan como ellas en otras partes y es un grupito que resulta imponiéndose y premian cosas que les interesa y es muy parcial. Hay falta de conocimiento y un respeto por lo que viene de afuera y una falta confianza de lo que se hace aquí.

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