- Para ingresar al albergue el único requisito es ser necesitado
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CORRESpONSAL / COSTA RICA
Si las paredes hablaran, tendrían mucho que contar acerca de los sufrimientos de centenares de nicaragüenses que han estado en el Proyecto Albergue Migrantes Nuestra Señora de Guadalupe en Los Chiles, mientras ingresan a Costa Rica en busca de un empleo.
El lugar es un testigo mudo de las tristezas y sufrimientos que viven los inmigrantes que se hospedan por una noche en este albergue, guiados por el hambre, el cansancio o el sueño.
Sábado por la noche ingresé a este sitio tras conseguir el beneplácito de fray Orestes Téllez, quien dirige la Orden Franciscana en Los Chiles y es uno de los encargados del lugar.
Esa noche está vacío, sólo se encuentra un joven nicaragüense, de tono amable pero callado, quien se encarga de recibir a los transeúntes por las noches y colaborar en la preparación del desayuno de las mañanas.
De entrada se observa que es un edificio mejorado. Pintura reciente, buenos camarotes ubicados en cuartos con ventilación, amplia sala de estar, sillas nuevas y hasta televisor.
De inmediato el joven me recibe la orden dada por el padre Téllez y me ubica en el cuarto designado para varones, donde mis únicos acompañantes eran los vacíos camarotes que cada noche esperan la llegada de inmigrantes.
El lugar luce calmo, propio de un pueblo cuya tranquilidad sólo se ha visto alterada estos días por las fechorías de algunas pandillas que últimamente aparecieron en el lugar.
Me acuesto en uno de los camarotes con la esperanza de que durante la noche lleguen inmigrantes que deseen compartir su historia. Mientras eso llega, empiezo a recordar lo comentado por el padre Orestes, quien dijo que este albergue se creó con el interés de ayudar a personas que ingresan a Costa Rica, sobre todo mujeres, que necesiten de alimentos, ropa y techo.
Ubicado frente a la plaza municipal, el padre contó que este sitio se fundó en el 2001 por alternativa de la Pastoral Social de la Diócesis de Ciudad Quesada, en coordinación con la Congregación Franciscana del lugar.
Durante estos años, por aquí han pasado miles de nicaragüenses ilegales —cuenta el padre—, quienes agotados por las horas de camino sobre sitios montañosos de la frontera desean descansar al menos una noche para seguir con su itinerario al siguiente día.
SIN REQUISITO
Téllez comentó que para ingresar al albergue el único requisito es que sea necesitado, que no tenga dinero.
“Generalmente la gente llega por una noche porque es gente de paso. No somos oficina de Migración para preguntarles si están legales, si tienen documentos. Atendemos a las personas, si alguien nos toca la puerta y está necesitado de ayuda se la brindamos”, dijo.
“Sin embargo, damos prioridad a que se alberguen las mujeres y niños, así como familiares de enfermos que están en el hospital de Los Chiles y no tienen donde dormir”, agrega.
Este sacerdote, originario de Granada, cuenta que las historias de los que han permanecido en este lugar son conmovedoras. Citó el caso de una mujer nicaragüense, a quien se encontró caminando en una carretera aledaña a Los Chiles.
“La encontramos en la calle, triste, sin rumbo, sin trabajo. Se había venido a Costa Rica porque quería enviarle dinero a su hijo que estaba empezando a estudiar en la universidad”, cuenta.
“Nosotros le ayudamos. Estuvo en el albergue, encontró trabajo y nos enteramos que ayudó a su hijo a prepararse. Son estas historias las que no siempre se olvidan y a la gente que generalmente ayudamos”, dijo.
En este lugar además de darles techo y cama se les brindan tres tiempos de comida.
Curiosamente la noche del sábado nadie llegó. Fue hasta el amanecer del domingo cuando llegaron dos nicaragüenses que cruzaron ilegalmente la frontera.
Eran Roberto Bonilla y Esteban Ramírez quienes llegaron al albergue con hambre y sin dinero, buscando que algún buen samaritano les ayudara con el pasaje para llegar hasta los cafetales de Naranjo, una ciudad cercana a San José, la capital.
“Tuvimos que caminar más de una hora por monte y dormimos en un corral anoche. Vamos sin dinero a cualquier finca que nos contrate, porque en Nicaragua no tenemos trabajo”, dijo Bonilla, mientras desayunaba arroz, guineo y huevos.
“Es triste salir del país, no quisiéramos hacerlo. Uno anda rodando. Tuvimos muchas dificultades, vamos sin documentos y al amparo de Dios. Si nos detienen hasta allí llegamos”, dijo Ramírez.
ALIMENTACIÓN PARA LOS PRESOS
De este albergue también sale el alimento para los indocumentados que son enviados a las frías celdas de la oficina de Migración de Los Chiles y que están próximos a ser deportados.
Cada mañana, el cuidador del albergue se comunica con el oficial de guarda que cuida la oficina para enterarse cuántos nicas cayeron en redada durante la noche.
Ese domingo sólo estaba un nicaragüense que dijo llamarse José Félix, y que había sido detenido mientras salía de un bar de la localidad.
“Es algo como normal porque ya me han deportado como dos veces. Me detuvieron caminando por el parque”, dijo José Félix.
La celda, que había sido reconstruida recientemente, estaba sin la maya que protege a las personas de los mosquitos, sin puertas ni ventanas y los camarotes carecían de colchones.