- Dice la gente que tú y yo no hacemos compañía por ser agua y aceite, ¡qué ironía!, así dice Ricardo Arjona en la canción Quién diría. Cuatro parejas comparten con NOSOTRAS el secreto de ser feliz teniendo como esposa o esposo a alguien de costumbres muy diferentes
Regresó por él
Hace cuatro años, la inglesa Ruth Northey visitó Nicaragua como voluntaria social de la capilla Calvario en el barrio Santa Ana. Quería aprovechar para mejorar su español. El idioma era un requisito en su carrera universitaria, Estudios Hispánicos. Durante ese viaje conoció a Edgar Estrada en el centro de compras Plaza Inter. Yo iba casi todas las tardes y me sentaba en una banca a leer porque no conocía otro lugar. Un día quedé de verme con unos amigos ingleses en ese sitio, ellos tardaron mucho en llegar, yo tenía hambre y estaba aburrida, de repente Edgar se me acercó, empezamos a hablar, él me invitó a comer, cuenta Ruth. Pero Estrada no sabía que su único capital de esa noche eran 20 córdobas. La invitación ya la había hecho, no podía cancelarla, se me ocurrió comprarle un hot dog de esos que venden en un carrito y le dije que era una comida típica nicaragüense pero me descubrió, eso sólo lo supe después de que nos casamos, cuenta riendo Edgar.
Estrada ya tenía rato de haberla visto. Él trabajaba en la parte de animación para promocionar las ventas de Plaza Inter. Tenía la idea de que los extranjeros pensaban que las personas de países pobres económicamente se les acercaban por interés. Pero esos ojos hermosos y el carácter tierno de Ruth me hicieron cambiar esa imagen. Mi esposa es una mujer inteligente, la admiro por su fortaleza, comenta Estrada.
La unión les duró dos meses porque la joven tuvo que marcharse a su país para concluir sus estudios. Después de un año, Ruth regresó por segunda vez a Nicaragua para quedarse y casarse con Edgard. La distancia hizo más fuerte nuestro amor. Nos comunicábamos por correo electrónico, chat y por teléfono. Mis padres nunca se opusieron, en cambio la familia de mi esposo sí, porque decían que yo sólo buscaba una aventura, nada serio, incluso, la situación afectó el trabajo de Edgar, dice Ruth, quien procreó una niña con Edgar.
La joven dejó a toda su familia, amistades y costumbres para radicar en un país ajeno al de ella. Son pocas las cosas a las que Ruth no se acostumbra, por ejemplo, cuando salgo a la calle no me gusta que me enamoren, algunos son muy atrevidos, dice. No ha tenido muchas diferencias con su esposo, sólo en cuanto al cuido de las mascotas, ella tiene un perrito al que le da todos los cuidados que requiere un hijo, a Edgar le molesta porque la consulta con el veterinario cuesta mucho dinero y dice que mejor se debe invertir en otras cosas más útiles. Allá en Inglaterra, las mascotas hasta duermen con nosotros, en Nicaragua no. Extraño el queso cheddar, allá es algo básico, barato, aquí es bien caro. Otra cosa que no me gusta es que cuando vamos a algún restaurante con mi esposo, el mesero me lleva la cuenta y Edgar se enoja mucho. También la gente me vende más caro, cree que tengo dinero y si pido rebaja, me dicen que soy tacaña, relata Ruth, quien con ayuda de su esposo fundó la escuela Viva Spanish School en el barrio La Luz, donde se les enseña a hablar español a extranjeros.
Rumbo a Japón
Blanca Masís tiene 30 años. Nació en Muelle de los Bueyes. Desde hace ocho años trabaja como secretaria del sector voluntario de la Cooperación Japonesa JICA, en Managua. Hasta hace unos años, la única relación que había tenido con japoneses era laboral pero el amor cambió eso. Hace cinco años y medio se casó con Kohei Tomokiyo, originario del sur de Japón, ciudad Miyazaki. Lo conocí en el trabajo, me parecía un niño que necesitaba cariño, primero fuimos amigos, así describe Blanca el inicio de la relación. Kohei, de 28 años, por su parte afirma que Blanca es una persona humilde, eso me gustó de ella.
Hace tres años, Kohei se dedicaba profesionalmente al futbol, fue miembro del equipo de San Marcos. Ahora es supervisor de proyectos de la Embajada japonesa en Nicaragua. Le molesta la impuntualidad. Eso implica una pérdida y descontrol de todas las actividades planeadas en agenda, expresa Kohei.
A Blanca le molesta la exigencia de puntualidad de parte de Kohei. Es bien exigente, yo no soy así, a él le gusta que todas las cosas se hagan bien, comenta tímidamente la joven. El matrimonio tiene un hijo de dos años, se llama Yuta a quien piensan explicarle las creencias de ambos y que una vez que tenga la edad suficiente, sea él quien escoja en qué o en quién creer.
Muy pronto se mudarán a Japón. Me estoy preparando sicológicamente, la cultura de él es muy diferente. Estoy estudiando japonés. Escribirlo es bien difícil, hablarlo es un poco más fácil, dice Blanca.
Kohei es budista. Somos conocidos como más serios, estudiosos, trabajadores, exigentes. Confiesa que discute con Blanca por la forma de vivir. Buscamos un punto a favor, ella tiene que aprender de mí y yo de ella. Blanca ha aprendido que las promesas se deben cumplir. Yo he aprendido a no ser tan exigente, afirma.
La alegría, universal
Nacieron en culturas totalmente diferentes. Carol Tapia es nicaragüense y Abdu Elfaghi es libanés. Hace 25 años unieron sus vidas a través de una ceremonia católica e islámica. Dice Carol que nunca había escuchado hablar sobre la cultura árabe hasta que conoció a su esposo. Carol estudiaba inglés en Mississippi, Estados Unidos. Cuenta que el carácter alegre de Elfaghi atrapó su mirada. Él sólo hablaba inglés y su lengua materna, yo apenas hablaba inglés, entonces nos comunicábamos a través de gestos y señales. Nos hicimos novios, mis padres lo invitaron a Nicaragua. Mi familia quedó encantada porque es bien gracioso y buena gente, dice Carol.
Abdu, por su parte, dice que lo que más le gustó y le gusta de Carol es su personalidad hogareña, entregada a su familia, es una mujer que cuida de su casa.
Hablar de religión es cosa seria. Abdu nos cuenta que el Islam es una forma de vida que tienen marcada los árabes, significa vivir en paz y amor. Yo soy una persona que respeta las religiones y tradiciones de los demás, comenta este libanés de 48 años, creyente del Islam.
Carol, por su parte, fue sorprendida al conocer que en la religión islámica, los hombres tienen derecho a cuatro esposas. Mi marido no, porque yo le basto y le sobro expresa Carol y Abdu le da la razón.
No es cualquier hombre el que puede tomar cuatro mujeres, éste tiene que atenderlas por igual económicamente, también el cariño debe ser el mismo, asevera Abdu.
Carol vivió dos años en Libia donde conoció más las tradiciones del Islam. Cuenta que se asustó la primera vez que escuchó una voz que en un principio no pudo identificar. Cinco veces al día se escuchaban a través de parlantes distribuidos en la ciudad Benghazi, invitaciones a alabar a Alá.
Antes de las alabanzas, los hombres deben lavarse los pies, las manos y la cara. Tienen que estar limpios al presentarse ante Alá. Las mujeres también oran pero en La Meca sólo los hombres son admitidos. Las mujeres usan ropas diferentes para estar en casa y para salir. Para salir utilizan un manto que les cubre la cara y el cabello.
Cuenta Carol que hay un mes del año, puede ser abril o junio, en el que los practicantes del Islam, ayunan. No deben tener relaciones sexuales, tampoco fumar y no pueden beber agua, solamente pueden cenar y cuando el sol se oculta. Aguantar hambre es bien difícil, yo quise adaptarme pero no pude. Mi esposo aún lo hace, relata Carol.
Abdu asegura no tener problemas con Carol referentes a la religión católica. Ella va todos los domingos a misa, yo sólo voy con ella cuando hay un matrimonio, bautizo u otra actividad. Eso no quiere decir que no acepte las creencias de mi esposa. Nosotros los árabes tenemos que asistir todos los viernes a la mezquita. Aquí en Managua hay una.
Carol confiesa que su esposo casi no va a la mezquita. Se está haciendo un poco indisciplinado, dice sonriendo.
Este matrimonio tiene tres hijos, Fatma, Hussein y Khalil, todos estudian en universidades del exterior. Esta pareja asegura que sus hijos no tienen problemas de identidad, están orgullosos de las nacionalidades libanesas y nicaragüenses. Para mantener parte de sus costumbres, viajan de vez en cuando a Libia.
Abdu es relacionista público de la Embajada Árabe; además, es miembro del Comité del Carnaval Alegría por la Vida. Este matrimonio es dueño del restaurante Alibaba, famoso por su ensalada de perejil, hummus, cordero al pastor, sorbete de yogur con hojas de menta, entre otras delicias.
Vivir donde les convenga
Hace cuatro años, el nicaragüense José Tomás Delaney fue a estudiar una Maestría en Derecho Internacional de Negocios a la Universidad de Manchester, Inglaterra. Anne Marie, originaria de Pennsylvania, Estados Unidos, estaba inscrita en ese programa. Anne formaba parte del grupo de estudio de José.
Delaney define a su hoy esposa como una mujer inteligente, conversadora, tierna, profesional y muy guapa. Anne tiene dos años de vivir en Nicaragua. Se casaron por lo civil en Managua y por la iglesia en Pennsylvania. Anne aún está aprendiendo a hablar español.
La gente de Nicaragua es muy diferente. Cuando era novia de José lo primero que me preguntaban era cuándo nos íbamos a casar, ahora que lo estamos me preguntan cuándo voy a tener hijos. Aquí no te preguntan quién sos o a qué te dedicás, dice Anne.
La pareja cuenta que en un principio no planearon dónde vivirían una vez casados. Le dije a Anne que nos quedáramos donde se nos presentaran oportunidades. Fue así, vivimos 15 días en Pennsylvania, luego otros 15 días en Nicaragua, durante la estadía a mi esposa le ofrecieron un trabajo como docente en una universidad de San Marcos y aquí estamos, comenta José, quien labora en el Ministerio de Fomento Industria y Comercio (MIFIC).
La descendencia de Anne es polaca e italiana, le gustan las pastas. De Nicaragua son poco los platillos que le apetecen, por ejemplo, el nacatamal. No le gusta el queso ni la cuajada, entre las bebidas prefiere, pero muy poco, el pinolillo. De bastimento le gusta la tortilla de harina. Es una mujer acostumbrada a los quehaceres de la casa porque en mi país sólo el que tiene mucho dinero tiene empleadas y aquí casi todas las familias tienen. Prefiero hacer mis cosas porque no estoy acostumbrada a tener todo el día a otra gente en mi casa, confiesa Anne. Cuando la invitan a una actividad festiva, no va o se está un ratito porque le incomoda, todos hablan y ríen y yo sin entender, dice.