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Michelle Bachelet es muchas cosas: socialista, agnóstica, madre soltera, víctima de tortura, ex exiliada política y ahora la primera mujer presidenta de Chile. Pero por muy dramático que suene todo ello, son sus cualidades más sutiles y evasivas las que mejor explican el tipo de líder que será para el país más próspero de América Latina.
Políticamente, Bachelet representa continuidad. Al tomar posesión de su cargo este fin de semana, la Concertación, la coalición de centro izquierda de Chile, entra en su decimoséptimo año en el poder con cuatro presidentes elegidos democráticamente desde la salida del general Augusto Pinochet. Éstos no son pues los ingredientes de ninguna revolución socialista desestabilizadora que mantiene despiertos a algunos ideólogos en Washington.
Aunque su victoria en una sociedad dominada por hombres es notable, Bachelet no ha estado a la cabeza de un movimiento feminista que lucha por abrirse campo. Más bien ha estado al frente de un proceso de democratización donde la sociedad entera se ha vuelto más abierta. Del 2000 al 2003, los años durante los que se convirtió primero en ministra de salud y luego de defensa, el número de mujeres en cargos ministeriales aumentó cuatro puntos porcentuales hasta llegar a un 17 por ciento de los cargos a nivel de gabinete. Lejos de luchar contra su nombramiento, los chilenos, tanto civiles como militares, lo acogieron.
La trayectoria que llevó a Bachelet al Ministerio de Defensa es extraordinaria debido a su profunda y complicada conexión con la institución armada. Su padre, el general Alberto Bachelet, de la Fuerza Aérea de Chile, murió después de ser torturado bajo el régimen de Pinochet en 1974. Al año siguiente, Bachelet y su madre fueron también detenidas, torturadas y luego forzadas a vivir en exilio.
A pesar de “mucho dolor en el país y de mucho dolor personal”, Bachelet pudo encontrar cierta reconciliación consigo misma, según le dijo hace tres años a reporteros del Washington Post. Decidió hacer más para “construir un puente … que llevara a algún lugar común para el reencuentro y a metas para la reconexión”.
Y así lo hizo. En 1995, 16 años después de haber regresado del exilio para terminar sus estudios de medicina y convertirse en pediatra y cinco años después del retorno de Chile a la democracia, Bachelet empezó a preocuparse por el poco progreso logrado en el establecimiento de un control civil efectivo sobre las fuerzas armadas.
Convencida de que líderes civiles necesitaban familiarizarse más con asuntos de defensa, se inscribió en un curso avanzado sobre estrategia militar en la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE) de Chile. Al graduarse como primera en su clase, Bachelet se convirtió en 1997 en la primera mujer chilena en ganar una beca para asistir al Colegio Interamericano de Defensa en Washington. Tras su regreso a Chile, empezó a ser asesora del Ministerio de Defensa.
De esa manera, cuando el presidente Ricardo Lagos la nombró Ministra de Defensa en el 2002, Bachelet se había ganado ya el respeto de los altos mandos militares. Con un estilo de liderazgo de “colaboración sincera y trabajo duro”, dijo el Coronel retirado Arturo Contreras Polgatti, quien era subdirector de ANEPE en ese entonces, Bachelet fortaleció su posición con un acercamiento muy pragmático y poco ideológico a los problemas: “ella no impuso nada … sino que fue capaz de involucrar a las instituciones (militares) en los procesos de cambio.”
Durante su tiempo en el ministerio, Bachelet continuó hábilmente el proceso de modernización de las fuerzas armadas y, más importante aún, aumentó sus misiones internacionales como fuerzas de paz, apartándolas cada vez más de su misión doméstica y represiva del pasado. En el 2003, Chile y Argentina empezaron una operación de paz conjunta en Chipre. Y para el 2004, Chile comenzó su mayor despliegue internacional de fuerzas de paz, esta vez a Haití, en un esfuerzo multilateral que incluye fuerzas de Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay.
No hay duda de que la nueva líder chilena se destaca entre los presidentes latinoamericanos que asumen su cargo este año. Pero a pesar de los muchos calificativos que parecen siempre precederla —socialista, madre soltera, víctima— es la forma en que los ha trascendido, lo que la convierte en una líder más singular, si bien menos llamativa. Con una humildad y afabilidad que impresiona a todos quienes la conocen, Bachelet pudo desarmar figurativamente y ayudar a transformar a la institución militar que alguna vez tuvo fama de ser una de las más brutales y antidemocráticas de las Américas.
Como Presidenta, Bachelet haría bien en enmendar las tensas relaciones de Chile con sus vecinos del norte, Bolivia y Perú. Tal esfuerzo podría aumentar la integración energética y difundir la prosperidad y estabilidad chilena en la región. Pero eso parece depender especialmente de que sus vecinos estén tan dispuestos como su país a permitir que su peculiar y sutil estilo tenga éxito.