El Banco Mundial rectifica el curso

Marcela Sánchez Roman, Times, serif»>Desde Washington El Banco Mundial rectifica el curso Marcela Sánchez El Banco Mundial anunció esta semana que América Latina necesita reducir la pobreza para fomentar el crecimiento. Para algunos, esa declaración sólo puede significar que la institución internacional de préstamo acaba de descubrir el agua tibia. Pero la verdad es que […]

Marcela Sánchez

Roman, Times, serif»>Desde Washington

El Banco Mundial rectifica el curso


Marcela Sánchez




El Banco Mundial anunció esta semana que América Latina necesita reducir la pobreza para fomentar el crecimiento. Para algunos, esa declaración sólo puede significar que la institución internacional de préstamo acaba de descubrir el agua tibia. Pero la verdad es que para el Banco representa un gran cambio.

Por más de 15 años, el Banco Mundial ha ofrecido préstamos a países que prometan suprimir barreras comerciales, liberalizar y privatizar la industria y adoptar planes de austeridad que detengan el déficit presupuestal y reduzcan la inflación. Estas reformas, que llegaron a conocerse como el Consenso de Washington, debían desatar el potencial económico de países en desarrollo y estimular el crecimiento. Crecimiento que, por su parte, debía crear oportunidades para reducir la pobreza.

Muchos países latinoamericanos aceptaron los préstamos y adoptaron las reformas. Pero éstas no produjeron las consecuencias deseadas. El desempeño de América Latina ha sido decepcionante, particularmente en comparación con el dinámico crecimiento económico de los países asiáticos. La región tiene ahora “la más elevada tasa de desigualdad en el mundo”, con un cuarto de la población que vive con menos de $2 dólares al día, de acuerdo con el Banco Mundial.

Los autores del informe del Banco Mundial, Reducción de la pobreza y crecimiento: círculos virtuosos y círculos viciosos, reconocen que ningún país puede crecer lo suficiente como para salir de esa situación y que la pobreza puede ser una inmensa carga en la economía y, por consiguiente, en el crecimiento. Regiones pobres que carecen de infraestructura no son capaces de atraer inversiones. Familias pobres que afrontan la doble desventaja de una mediocre calidad escolar y altos costos, no invierten lo suficiente en la educación de sus hijos. Y, como ha quedado particularmente claro en los últimos años, países incapaces de reducir las disparidades en los ingresos, enfrentan el agravamiento de las tensiones sociales que a su vez hacen peligrar los negocios. Tal como los autores lo cuantifican, si los niveles de pobreza aumentan en un 10 por ciento, la tasa de crecimiento cae en un 1 por ciento y las inversiones se reducen hasta en un 8 por ciento del PIB.

Que el crecimiento no es la panacea y que la inequidad debe ser atendida directamente son dos de las conclusiones del informe. La tercera es que el Estado debe asumir mayor responsabilidad. “Transformar el Estado en un agente que promueva la igualdad de oportunidades y practique la redistribución eficaz es quizás el desafío más urgente que enfrenta América Latina a la hora de poner en marcha mejores políticas que estimulen el crecimiento y, al mismo tiempo, reduzcan la desigualdad y la pobreza”, indica el informe.

Al promover mayor responsabilidad del Estado, particularmente en la redistribución de la riqueza, el Banco Mundial parece coincidir con otras instituciones multilaterales y líderes en la región. José Antonio Ocampo, secretario general adjunto de Nacionales Unidas para Asuntos Económicos y Sociales, dijo en una entrevista después de un evento auspiciado por Naciones Unidas a principios de mes, que “hoy la mayoría (de líderes en América Latina) reconoce que el estado tiene una función cada vez más importante para enfrentar el tema de la desigualdad”.

El giro hacia la izquierda en recientes elecciones latinoamericanas puede entenderse bajo esta luz. Incluso, en Chile, el gran éxito económico en la región, la presidenta electa de la izquierda, Michelle Bachelet, enfatizó la necesidad de no tener que escoger otra vez entre crecimiento y equidad. (Para ser justos, su rival conservador no estaba en desacuerdo; de hecho prometía hacer la reducción de la desigualdad económica por medio de subsidios gubernamentales su principal objetivo).

Los autores del informe del Banco Mundial destacan que ya existen programas de “intervención” en lugares como Brasil, Colombia y México que logran ser “tanto pro-pobres como pro-crecimiento”. Estos programas proporcionan dinero a familias muy pobres bajo la condición de que sus hijos permanezcan en la escuela y que reciban un mejor cuidado de salud. En vez de generar dependencia o aumentar la tasa de nacimientos, como temían algunos críticos, los programas han “aumentado exitosamente el capital humano” en regiones de alta pobreza.

Está todavía por verse si el Banco termina poniendo en práctica estas nuevas ideas. Después de todo, el informe no es un repudio al Consenso de Washington sino la admisión de que ha sido insuficiente. La organización World Development Movement con sede en Londres encontró en un análisis publicado en el otoño que de las 450 condiciones que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional impusieron en sus acuerdos con 50 países, sólo 11 no estaban basadas en la fórmula ortodoxa del Consenso de Washington.

Si el Banco Mundial termina poniendo en práctica ideas menos ortodoxas, los Estados asumirán mayores responsabilidades pero también enfrentarán nuevas condiciones. La forma en que esas condiciones son impuestas tendrá que cambiar en algo si el Banco Mundial es sincero en reconocer que está pasando de un enfoque que ayudó a debilitar a los gobiernos a uno que necesita que éstos sean más fuertes.

Muchos países latinoamericanos aceptaron los préstamos y adoptaron las reformas (del Consenso de Washington). Pero éstas no produjeron las consecuencias deseadas. El desempeño de América Latina ha sido decepcionante particularmente en comparación con el dinámico crecimiento económico de los países asiáticos. La región tiene ahora “la más elevada tasa de desigualdad en el mundo”, con un cuarto de la población que vive con menos de $2 dólares al día, de acuerdo con el Banco Mundial.

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