Una visión abandonada

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Marcela Sánchezwashingtonpost.com

Roman, Times, serif»>Desde washington

Una visión abandonada


Marcela Sánchez
washingtonpost.com




Es fácil olvidar lo provechoso que pueden ser pocos pero bien intencionados recursos.

Considere usted los 400,000 dólares de ayuda exterior estadounidense que están contribuyendo a transformar una pobre municipalidad al sur de Ciudad de Guatemala asediada por pandillas. El suburbio de Villa Nueva, donde hasta hace poco la policía colaboraba con los criminales, es ahora un modelo de administración de justicia y policía comunitaria, gracias en gran medida a un centro judicial financiado por la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).

En Bolivia, miles de trabajadores pobres, en su mayor parte miembros de la mayoría indígena aymara y quechua, se hicieron empresarios gracias a préstamos respaldados por Estados Unidos. El programa fue tan exitoso y la mora tan baja que evolucionó hasta convertirse en un auténtico banco comercial, Bancosol, ahora un modelo de préstamos a microempresas que ha sido copiado por 17 países en África y América Latina. El costo para los contribuyentes estadounidense antes de que el programa fuera autosuficiente: 1.4 millones de dólares.

Pero este tipo de asistencia estadounidense, temen algunos, está ahora en peligro.

La Secretaria de Estado, Condoleezza Rice, anunció la semana pasada que el cuerpo diplomático estadounidense reforzará su posición en países más volátiles, con la ayuda exterior adquiriendo nueva relevancia y nuevo enfoque dentro de la administración, todo para garantizar la seguridad estadounidense a largo plazo. Estos cambios, parte de su nueva visión sobre una “diplomacia de transformación”, están basados en la idea de que la mayor amenaza a la seguridad estadounidense proviene del interior de naciones fracasadas y no de naciones en guerra.

Expertos en ayuda exterior dentro y fuera del gobierno temen que condicionar la asistencia internacional a intereses de seguridad de Estados Unidos pondrá en riesgo los programas de USAID, particularmente en América Latina. El representante Jim Kolbe (R-Ariz.), quien como presidente del Subcomité de Asignaciones para Operaciones Internacionales ha jugado por mucho tiempo un papel líder en la determinación de niveles de ayuda estadounidense, advirtió que la agencia podría perder su rumbo al cambiar su misión “de una que busca aliviar la pobreza y promover el desarrollo económico… (a otra) relacionada de manera más estrecha con nuestros objetivos de seguridad nacional”.

Con la excepción de Colombia, la ayuda estadounidense a América Latina ha estado disminuyendo desde el final de la Guerra Fría. Bajo el nuevo plan, la región pareciera ser una prioridad muy inferior a la del Medio Oriente, el Sureste asiático e incluso África, regiones más propensas a convertirse en caldo de cultivo para terroristas islámicos.

Pero la “diplomacia de transformación” de Rice no significa necesariamente la desaparición de la ayuda a América Latina. Nancy Birdsall, presidenta del Center for Global Development, cree que el plan de Rice revigoriza el desarrollo, la misión central de USAID, convirtiéndolo en “un imperativo de seguridad nacional”.

De hecho, la misma Rice defiende el desarrollo económico tal como lo hacen los defensores tradicionales de la ayuda externa, sólo que su énfasis es la seguridad estadounidense y no la reducción de la pobreza. “La asistencia internacional debe ayudar a que la gente obtenga resultados”, dijo Rice en un discurso la semana pasada. “Los recursos que comprometemos deben otorgar poderes a países en desarrollo para que fortalezcan la seguridad, consoliden la democracia, aumenten el comercio y la inversión, y mejoren la vida de las personas”.

Rice podría estar haciéndole un favor a USAID al vincular su misión a la seguridad nacional. En ese contexto, los programas de desarrollo que reducen el crimen o ayudan a financiar microempresas no figuran como los proyectos aislados de un burócrata idealista sino que se convierten en componentes esenciales de una agenda estadounidense más amplia. Ello podría evitar que esos programas sufran mayores recortes y, mejor aún, podría ampliar sus recursos.

La experiencia de América Latina sugiere que cuando los defensores de la asistencia para el desarrollo y los defensores de metas de política exterior no trabajan de común acuerdo, la ayuda para el desarrollo sufre. Uno puede concluir con razón que la actual frustración en América Latina hacia Estados Unidos pudo haberse mitigado si los defensores de un acuerdo hemisférico de libre comercio se hubieran visto apoyados por esfuerzos de desarrollo en la región encaminados a suavizar el impacto de dicha integración comercial.

Pero la ayuda para el desarrollo nunca se reorientó para preparar a la región a fin de que se hiciera más competitiva en una economía global y las inequidades económicas se profundizaron. “Teníamos un ambicioso programa para la región pero la asistencia para el desarrollo continuó dispersa… Nunca vi que se hiciera la conexión”, lamentó Chris Sabatini, director de políticas para el Consejo de las Américas quien ha trabajado de cerca con USAID por años.

Para América Latina, el compromiso de Rice con el desarrollo será medido en lugares como Bolivia y Guatemala. En términos de seguridad y estabilidad, podría decirse que estas dos naciones merecen mayor asistencia de Estados Unidos. Pero faltaría saber si estas naciones caben en el nuevo plan de Rice o si en cambio lo que les espera ahora es perder los pocos buenos aunque muy limitados programas que tenían vestigios de un plan pasado.

La experiencia de América Latina sugiere que cuando los defensores de la asistencia para el desarrollo y los defensores de metas de política exterior no trabajan de común acuerdo, la ayuda para el desarrollo sufre. Uno puede concluir con razón que la actual frustración en América Latina hacia Estados Unidos pudo haberse mitigado si los defensores de un acuerdo hemisférico de libre comercio se hubieran visto apoyados por esfuerzos de desarrollo en la región encaminados a suavizar el impacto de dicha integración comercial.

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