“Negro, c’est fini”

Danilo Arbilla “Negro, c’est fini”. Se terminó. Con esa breve frase, con algo de tango y su toque afrancesado, Adelina Olga “Mona” Moncalvillo, directora general de Radio Nacional, le anunció al periodista Pepe Eliaschev, la noche del pasado 30 de diciembre, que su programa Esto Que Pasa era levantado, tras cinco años de estar en […]

Danilo Arbilla

“Negro, c’est fini”. Se terminó. Con esa breve frase, con algo de tango y su toque afrancesado, Adelina Olga “Mona” Moncalvillo, directora general de Radio Nacional, le anunció al periodista Pepe Eliaschev, la noche del pasado 30 de diciembre, que su programa Esto Que Pasa era levantado, tras cinco años de estar en el aire a través de la radio estatal argentina. Moncalvillo no abundó en argumentos: “Son órdenes de arriba”. Órdenes del gobierno; “vos sabés como son estas cosas”, le dijo a modo de explicación al sorprendido periodista.

Eliaschev aparentemente no sabía mucho de cómo eran “esas cosas”; minutos antes se había despedido de su audiencia, hasta el lunes 2 de enero.

Como dijo el columnista de La Nación, Joaquín Morales Sola, al actual gobierno argentino le resulta “insoportable” la independencia intelectual y más en ejercicio del periodismo y al servicio de la información. Eliaschev, un hombre de izquierda que estuvo 10 años en el exilio, se transforma en una víctima más de los ataques del kirchnerismo a la libertad de prensa y al periodismo independiente, en una guerra que a veces es sutil y disimulada y se limitan a premiar o castigar a medios y periodistas con la publicidad oficial, por ejemplo, pero que en casos como éste se desborda y recurre a las viejos instrumentos de los autoritarismos.

Hay sin embargo, quienes todavía procuran relativizar esa realidad y la comparan con México y Colombia, donde matan a los periodistas, tratando así de mostrar como mejor o más libre la situación argentina.

Las comparaciones en casos como éste pueden ser muy engañosas. En lo que hace al objetivo final que es que los ciudadanos reciban la más amplia y plural información, está demostrado que para limitar ese derecho resultan más efectivos los mecanismos sutiles y encubiertos, que el burdo y repudiable asesinato de los mensajeros o la cárcel y las clausuras.

En esto subsisten lamentables confusiones, las que no ayudan. Hay criterios y visiones respaldadas por las más sanas y genuinas buenas intenciones, pero también las hay demasiado ajustadas a las “escalas” noticiosas de algunos grandes diarios norteamericanos y canadienses en que importan más los ruidos que las nueces y en las que el impacto eclipsa el fondo y la esencia de las cosas. Se trata a veces de una visión muy imperial, a la que se busca adornar y esconder con “compañeros” o amigos intelectuales o “progres” , los que por supuesto condicionan los análisis y atentan contra la imparcialidad con que estos temas deben manejarse.

El asesinato de un periodista, en cuanto a pérdida de una vida, no es más que el asesinato de cualquier otro ser humano. La protesta y el agravio es mayor en el caso de aquél, porque el propósito del asesino es privar a alguien de su derecho a expresar sus ideas y a informar lo que sabe, y peor aún, privar a todos los ciudadanos de la información que ese periodista les iba a dar. Y ese es el quid del problema.

Pero es un hecho, a su vez, que esos crímenes lejos de acallar a los periodistas, los han azuzado en el cumplimiento de su tarea de informar. Cuanto más periodistas han matado, más información ha recibido el público sobre lo que el periodista estaba investigando, sobre lo que informaba y sobre las andanzas, motivaciones y hasta el nivel de impunidad que gozan muchos de los asesinos.

Hay en cambio otros métodos de censura más efectivos. Una cosa es matar y otra cosa es “acabar” con los periodistas. Quitarles todo chance de informar, sacarlos del medio, cerrarles y hacer que le cierren todas las puertas, llevarlos al ostracismo, atacarlos y “hundirlos y fundirlos” apoyando y premiando a la “competencia” que se preste a ello. Ese es el peor de los sistemas de censura y el que realmente afecta el derecho a la información de los ciudadanos. Al periodista, en tanto, no le deja ni el consuelo de ser mártir, de ser causa de las lágrimas de sus colegas o sin ir a los extremos, de su solidaridad y de su abrazo . A lo sumo se deben contentar con un “yo no estoy de acuerdo”, es una “crueldad”, pero “vos sabés como son estas cosas”.

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