Ellos no piden un aventón, sino que alguno de los conductores se compadezca y les aviente alguna moneda, como paga por el trabajo de rellenar los hoyos de la carretera.

Carretera arruinada les sirve para comer

Se ganan la vida rellenando hoyos en la deteriorada carretera a los Pueblos Blancos Luis Alemán [email protected] 31 de diciembre, 7:00 de la mañana. Como si se tratara de una larga fila de hormigas que al despuntar el día salen de su nido, un grupo de niños acompañados por adultos, salen de sus casas con […]

  • Se ganan la vida rellenando hoyos en la deteriorada carretera a los Pueblos Blancos

Luis Alemán [email protected]

31 de diciembre, 7:00 de la mañana. Como si se tratara de una larga fila de hormigas que al despuntar el día salen de su nido, un grupo de niños acompañados por adultos, salen de sus casas con baldes, palas, piochas y una infaltable botella con agua, rumbo a cumplir lo que para ellos es un trabajo más: rellenar con tierra los hoyos en la carretera.

Xiomara tiene 33 años, pero por su tamaño se confunde como uno más de entre los casi 30 niños que a diario se ubican entre el kilómetro 40 y el 44 de la carretera Masaya-Catarina, rellenando con tierra los interminables hoyos que hay sobre el pavimento para ganarse algunas monedas que algunos conductores les lanzan desde sus vehículos en marcha.

El menudo cuerpo de Xiomara cubierto con una raída blusa deportiva, una descolorida y vieja falda de uniforme escolar y una gorra, le sirven también para confundirse entre los pequeños, quienes desde hace varios meses realizan el trabajo que no hace el Ministerio de Transporte e Infraestructura, a pesar de la protesta constante de los conductores que exigen la reparación de la carretera.

Con sus dos hijos, Xiomara rellena los hoyos que hay sobre la pista. Y aunque reconoce que es un trabajo muy peligroso, lo justifica con la oportunidad de lograr un poco de dinero.

Como ella, dos o tres adultos acompañan a gran cantidad de niños en la tarea de rellenar hoyos.

“Vengo a cuidarlos para que no sufran ningún accidente”, asegura mientras oculta su rostro entre la manga de una camiseta bastante sucia.

DINERO NO ALCANZA

Rellenar los hoyos le deja a esta mujer y a sus hijos un ingreso de entre 40 a 50 córdobas, en poco más de cinco horas que permanece en el lugar.

Xiomara reconoce que los córdobas que ella y sus hijos logran recolectar, le sirven para comprar cosas que no puede adquirir con el ingreso que su marido gana vendiendo cosméticos en las calles de Masaya.

La cantidad de gente tapa hoyos en ese tramo de carretera cada día aumenta. Sary de Jesús Dávila, de 14 años y originaria de la comarca El Túnel en Masaya, asegura que el primero fue un hombre del barrio de Monimbó que llegó a rellenar hoyos.

“A los adultos les da vergüenza pedir porque les gritan vulgaridades, así que nosotros llegamos a hacer este trabajo”, asegura Sary, tras reconocer que no todos los días lo hace, sino que prefiere los fines de semana y los días de fiesta, cuando circulan más vehículos.

PARA COMPRAR EN LA CIUDAD

“No es fácil cargar baldes de tierra para llenar los hoyos”, asegura Sary, quien dice no tener necesidad porque sus padres trabajan, pero que lo hace porque con lo que recoge, baja con sus hermanitos hasta el centro de la ciudad para comer helados y otras golosinas.

Manuel Antonio Vivas tiene 12 años y es otro miembro del pequeño ejército de tapa-hoyos, quien a como puede trata de evitar al fotógrafo Manuel Esquivel de LA PRENSA que intenta fotografiarlo.

“Para qué quiere una foto” —reclama el niño— mientras da la espalda al fotógrafo. “No miran que ya compusimos los hoyos”, afirma un tanto reconciliador, mientras mira curioso la cámara fotográfica y deja que Esquivel tome las fotos que quiera.

Ya en confianza, los niños trabajadores relataron que algunos conductores no lanzan monedas, sino ofensas que les gritan mientras pisan el acelerador levantando las nubes de polvo que obliga a los pequeños a buscar protección.

“Hay quienes gritan que somos vagos, que busquemos un trabajo, no se fijan en lo que hacemos”, afirma Vivas, mientras con el resto de niños recoge su pala, un balde y la botella vacía que llenó con agua para saciar la sed.

El fuerte sol ha cedido espacio a la sombra, la fila de vehículos es cada vez menor y las monedas recogidas suenan entres los bolsillos de las ropas infantiles, son las 3:00 de la tarde del 31 de diciembre. Tal y como llegaron, en fila india sobre la orilla de la carretera entre el polvasal y los vehículos, caminan los tapa-hoyos de regreso a casa con la esperanza de que mañana les irá mejor.

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