Monseñor leopoldo brenes dejó hace pocos meses la Diócesis de Matagalpa.

La hora de monseñor Brenes

Gusta de los muñequitos y la música ranchera. De la minifalda dice “que la use quien tenga algo que mostrar”. Viene de un humilde hogar de Ticuantepe y ha llegado al puesto más alto de la jerarquía católica de Nicaragua. Es el nuevo Arzobispo de Managua, monseñor Leopoldo Brenes Solórzano, un hombre del que alguien […]

  • Gusta de los muñequitos y la música ranchera. De la minifalda dice “que la use quien tenga algo que mostrar”. Viene de un humilde hogar de Ticuantepe y ha llegado al puesto más alto de la jerarquía católica de Nicaragua. Es el nuevo Arzobispo de Managua, monseñor Leopoldo Brenes Solórzano, un hombre del que alguien dijo “huele a santidad”

Fabián Medina [email protected]

En la casona de la curia todo es empacar maletas. “No nos va a dar tiempo”, reclama angustiada doña Lilliam, mientras va de aquí para allá por la casa de dos plantas y laberínticos pasillos. “¿Y en qué vamos a llevar todo esto?”, se pregunta, más cuando se planta frente a la infinita cantidad de libros que monseñor Leopoldo Brenes ha venido cargando y aumentando desde hace muchos años.

Todo comenzó el viernes 1 de abril como a las 8 y media de la mañana cuando doña Lilliam contestó el teléfono. “Yo siempre contesto el teléfono. No vaya a ser que me le digan una vulgaridad a mi hijito. Que le digan amor o esas cosas y me lo vayan a comprometer. Por eso siempre veo primero quién es y luego se lo paso a él. Esa vez era el Nuncio. ‘¡Polito, Polito!’, le grito porque estaba arriba, ‘¡es el Nuncio!’ Cuando terminó de hablar le pregunto que qué quería y me dice que no le entendió muy bien”.

Lo que no entendió muy bien en ese momento monseñor Leopoldo Brenes, Obispo de la Diócesis de Matagalpa, le quedó claro en el almuerzo que sostuvo ese mismo día con el Nuncio Apostólico Jean Paul Gobel. Era una noticia largamente esperada. El Vaticano había aceptado la renuncia del cardenal Miguel Obando y nombrado como nuevo Arzobispo de Managua a monseñor Brenes. El cambio significaba una terrible sacudida a la Iglesia Católica nicaragüense que no logró los titulares que se merecía porque se vio amainada a consecuencia de la muerte, al día siguiente, del Papa Juan Pablo II.

Brenes, de 56 años, ha sido hasta ahora un obispo de perfil bajo. Sacerdote desde 1974, fue párroco de varias, demasiadas tal vez, iglesias antes de ser nombrado Obispo Auxiliar de Managua, en 1988. En 1991, durante un viaje a Roma, se le designó como Obispo de la Diócesis de Matagalpa, la misma que en estos momento se apresta a dejar, en medio de ajetreo de hacer maletas que ha acometido “con alegría y tristeza” doña Lilliam Solórzano, su madre.

¿Siente nostalgia monseñor? “A veces me dan ganas de llorar”, dice mientras recorre con pasos enérgicos los pasillos de la casona que ha sido su hogar durante los últimos 13 años.

Monseñor Brenes se ve ahora de nueve años, entrando de la mano del padre Chemita (José María González), en una iglesia de Masaya. Al fondo está sentado en una silla un sacerdote de vestidura elegante, joyas y rostro grave. “Es monseñor Matamoros”, le susurra al oído el padre Chemita.

—Monseñor, le presento a un joven que quiere ser seminarista.

—¿En qué grado está?

—En tercero —contestó el niño.

—¡Uy, ese garrobo está muy hondo, ni la cola se le agarra!

No supo entonces monseñor Matamoros cuánto lastimó al niño que sólo lo quedó viendo sin decir una palabra. “Él tuvo la vocación desde que no podía hablar. No podía decir padre ni sacerdote pero decía ‘pague’. Tengo fotos de seis u ocho años en las que sale vestido de sacerdote, porque le gustaba vestirse así. Nunca dijo que quería ser médico, ni ingeniero ni ninguna otra cosa. Sólo que quería ser padre”, dice doña Lilliam.

Los Brenes habían levantado su casa en el costado sur de la iglesia de Ticuantepe. Era una casa forrada de madera y techo de paja, como la mayoría de aquel pueblito en el que no había luz eléctrica y su población, calculada para la época en unos dos mil habitantes, se alumbraba con candiles y candelas. Monseñor Brenes recuerda que don Leopoldo, su padre, colocaba previsoramente cubos de agua y escalera al lado de la casa cada vez que había fiesta grande en la iglesia, por si algún cohete caía en el techo de paja de la casa.

Don Leopoldo salía a trabajar en la agricultura y doña Lilliam quedaba en la casa, cuidando a sus cuatro hijos y costureando ajeno para mantener a la familia. Leopoldo, el mayor de los hijos, la ayudaba con la costura cuando ella caía enferma. “Cuando estaba recién alumbrada de los malos partos, lo ponía a coser. A hacer jaretitas, pasále aquí la costura y yo estaba a la par de él”, dice de su hijo, ahora Arzobispo de Managua.

Tan cerca de la Iglesia vivía, que pronto Brenes comenzó a ser monaguillo. Y a seguir por esos caminos de Dios al padre Chemita. Eran los tiempos en que un solo camión salía hacia Managua. El vehículo recogía pasajeros en Ticuantepe a las tres o cuatro de la madrugada y tardaba tres o cuatro horas en hacer los 19 kilómetros, a veces fangosos, que separaban al pueblito de la capital.

Pero, para la familia Brenes la vocación no le vino al primero de sus hijos por la cercanía de la Iglesia ni por las andanzas con el padre Chemita. Ellos tienen una explicación milagrosa, donde está la mano de Dios trazando desde antes de su nacimiento el camino que seguiría el hoy Arzobispo de Managua.

A las tres de la tarde del 7 de marzo de 1949, doña Lilliam cayó con dolores de parto. Tenía miedo. Sus cinco embarazos anteriores se habían malogrado en sucesivos abortos que la hacían pensar que nunca tendría los hijos que quería. Uno de ellos, el penúltimo, murió durante el parto, ahogado por falta de atención médica. “Cuando mi mamá salió embarazada de mi persona, le ofreció a Jesús del Rescate en Rivas, Popoyuapa, que si yo me pegaba me iba a consagrar a Él. Desde que tengo uso de razón sé que ellos han viajado a Popoyuapa”, dice Brenes.

“Le ofrecí una penitencia al Señor que mientras viva le voy a ir a poner un milagrito, y ya le he dicho a él (monseñor Brenes) que si yo me muero, mientras él viva va a ir siempre a ponerle un milagrito”. Monseñor Brenes no sólo se pegó y sobrevivió al parto, sino también llegó rápido y con apenas dolores. “Figúrese usted que como a las tres de la tarde me comenzaron los dolores. A las cinco ya había nacido el niño. Fue tan rápido que ni sufrí mucho”.

La relación de monseñor Brenes con sus padres es particular. Donde quiera se les ve juntos. Don Leopoldo, blanco y callado. Doña Lilliam, morena, de una edad indefinida, parece tan joven como su hijo mayor. Y mientras, para el resto de personas, monseñor Brenes es Su Excelencia, para ella es simplemente “Polito”.

“Yo le digo Polito. Mi niño. Mi bebito. Si cinco veces sale de la casa cinco veces lo persigno para que el Señor me lo acompañe. Yo lo mimo. Él ha sido tan formalito desde chiquito que no hubo nunca para qué castigarlo. No era gavilloso. No se peleaba por un juguete. Eso sí, su consejo siempre se lo he dado. Y él mismo dice: ‘Mi mamá me regaña aunque sea obispo’”. Y no tiene problemas para definir lo que ella llama mimos.

“Lo beso. Lo abrazo. A veces lo chineo. A veces me dice: ‘Mamacita, no has cocinado tal cosa’. Cositas de gente pobre. Nosotros no somos comedores de carne ni nada. Que hacemos un guisito de pipián o un indio viejo. Esas son las cositas que nosotros comemos. Carne, chuletas, no. No nos acostumbramos a eso porque fuimos bien pobres. La comida de nosotros es bien sencilla. Claro, la gente cuando lo recibe le hace unos grandes banquetes y él tiene que comer, por eso se me ha puesto medio gordito”.

Monseñor Leopoldo Brenes sucede en el cargo al cardenal Miguel Obando y Bravo, quien fue nombrado Arzobispo de Managua en 1970 como epílogo de una de las más cruentas batallas internas que haya vivido la Iglesia Católica de Nicaragua. Monseñor Donaldo Chávez (q.e.p.d.), uno de los más visibles aspirantes al cargo, calificó el episodio como “un pleito de perros”. Chávez abandonó la sotana poco después de su derrota, se casó, tuvo hijos y hace unos años falleció ignorado por la Iglesia Católica a la que en su momento sirvió.

Esta vez la sucesión parece más tranquila. Según Brenes “ninguno de nosotros (los Obispos) aspiraba a ser Arzobispo. Los siete estábamos tranquilos en nuestras Diócesis”.

Al cardenal Obando lo considera su “maestro y amigo”. Obando es un personaje al que ha estado ligado desde que salió del Seminario.

“Cuando yo venía de México, de vacaciones, lo acompañaba (al cardenal Obando) en muchas de sus giras pastorales. Recuerdo que ahí me consolidé en el manejo, porque le manejaba un carrito Fiat, color mandarina, que él tenía, y él me comenzó a formar”, dice.

A doña Lilliam, que con su sabiduría parece ser la consejera oficial de monseñor Brenes, le preocupa el ambiente que encontrará en Managua su hijo. “En Managua parece que hay muchos problemas. Y eso es lo que me aflige. Sigo rezando más para que el Señor me lo acompañe y me le dé palabras para saberse defender. Hemos sido bastante apolíticos. Eso es lo que me da miedo. Miedo de que quieran meterlo, porque disculpame, pero hay periodistas que hacen preguntas que no vienen al caso e insisten e insisten a ver si les contesta algo y ya después tergiversan las palabras. Eso es lo que yo pienso. Le pido al Espíritu Santo que me lo guíe siempre para que no vaya a meter, como dicen, las extremidades”.

A monseñor Leopoldo Brenes le gusta tener momentos de intimidad. “Disfruto estar con mi familia: mi papá, mi mamá, mis hermanos. Luego tener momentos de silencio, irme al rincón de la casa para leer”.

Cuando no está celebrando misa o visitando comunidades, a monseñor Brenes le gusta también ver en la televisión deportes y muñequitos. Sobre los deportes, le gusta el beisbol y el futbol, pero de los muñequitos dice no tener preferencia. El que salga cuando va cambiando canales. Es aficionado a la música y además de componer algunos cantos religiosos, disfruta la música ranchera. “Me gusta escuchar los musicales. Yo en un tiempo estuve componiendo algunos cantos. Generalmente me gusta, como me formé en México, la música mexicana”. Dice gustar poco del reggaeton porque no lo entiende pero ve que “a los muchachos sí les gusta mucho”.

—¿Qué piensa de la minifalda?

Que la use quien tenga que lucir algo. Pero que la use en aquellos lugares donde sí debe usarla. Porque si va ir a hacer la lectura y va a ir de minifalda, creo que la gente no va a poner atención a la lectura.

—¿Los trajes de baños lo incomodan, Monseñor?

No, personalmente no. Nadie se va a ir a meter al mar de sotana ¿verdad? Cada quien a su gusto, cada quien a su moda, pero sí tiene que haber un recato, como utilizar las cosas sin caer en exageraciones.

Nota: Este perfil, que fue publicado en Magazine, de LA PRENSA, en la edición del 24 de abril de este año, ha sido editado por razones de espacio.

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