En cierta ocasión mientras impartía clase, entregué a mis alumnos una página en blanco y les pregunté qué observaban.
—Una página en blanco, respondieron.
Les pedí que escribieran en ella. Un signo, una palabra, una mancha, en fin, cualquier cosa. Luego recogí las páginas y las mostré preguntando lo que observaban y uno a uno fueron respondiendo: Una letra… un número… un dibujo… una mancha… o sea, efectivamente lo que había en ella.
Entonces pregunté: ¿Y el resto? ¿Dónde está el resto? ¿Dónde está lo blanco del resto de la página? Por qué sólo vemos el signo, el dibujo o la mancha… ¿Por qué no el resto que es mayor? ¿No es más, lo blanco que la mancha?, pregunté.
A veces, lo mismo nos ocurre en la vida. Tratamos de ser buenos, responsables, serviciales, cariñosos, generosos, amables. Por lo menos tratamos. Pero a veces, la mayor parte de las personas no determinan eso, sino cuando somos groseros, arrogantes, descorteses, torpes o simplemente indiferentes.
Es tan difícil reconocer virtudes y fácil destacar los errores, aunque cuando los primeros sumen más que los segundos. A veces, un error, es como un manchón en una página que hemos tratado de mantenerla blanca. Es tan difícil, pero tan difícil mantener la hoja de nuestra vida blanca. ¿Cuántos la tienen?
Cuando hablamos de la legalidad y la justicia, casi siempre lo legal no es lo mas justo y hay personas que por un error, tienen que cargar un lastre de amarguras y sufrimiento por el resto de sus vidas, mientras otro con su página con más negros que blancos, ni siquiera se inmutan.
¿Es justo realmente esto?
En esta época del año, cuando es necesario echar una mirada retrospectiva a nuestra vida, procuremos que nuestra página, aunque con algunos manchones, siempre su mayor parte sea blanca.
Fernando Centeno Chiong,
Periodista y docente universitario.