Danilo Arbilla
Brasil y Argentina resolvieron cancelar sus deudas con el FMI. No fue una acción conjunta ni coordinada. Luiz Inácio “Lula” da Silva lo anunció primero. Era una novedad esperada y estaba previsto en sus programas económicos.
El presidente argentino no quiso quedarse atrás. Eso sí, Néstor Kirchner fue más ruidoso que su colega norteño: convocó al Salón Blanco de la Casa Rosada a unas 700 figuras destacadas —militares, políticos, dirigentes sindicales y sociales y empresarios— y ahí anunció la cancelación de la deuda por U$S9,810 millones que su país mantiene con el FMI, lo que ocurriría el 2 de enero próximo. Todo el mundo aplaudió y festejó.
Kirchner habló de una nueva declaratoria de la independencia nacional. Hubo, sin embargo, quienes lo vieron como un nuevo acto tomado a “impulso de brutal adolescencia”. Para un ex director del Hemisferio Occidental del FMI — Claudio Loser— se trata meramente de “fuegos artificiales” , casi un capricho, motivados en razones políticas y no económicas.
Como se ve son decisiones muy parecidas, pero no igualmente meditadas ni evaluadas y sin duda no provocaron iguales reacciones.
Tras el anuncio brasileño de saldar su deuda de U$S15,500 millones con FMI, los mercados reaccionaron positivamente: los precios de los bonos de deuda y el índice Bovespa de la Bolsa de San Pablo alcanzaron nuevos máximos históricos y el dólar se siguió debilitando frente al Real. Fue una respuesta de confianza en el rumbo económico del gobierno, la seriedad con que se encaró la medida, la concordancia con los números y la marcha de la economía del país, aún a pesar de las incertidumbre políticas de los últimos meses.
Y Brasil no se quedará ahí, también cancelará sus deudas con el Club de París, por un monto de U$S5,765 millones. Para ambos casos destinará menos de un tercio de sus reservas que rozan los 68 mil millones de dólares.
Con lo de Argentina fue diferente. La algarabía en el Salón Blanco no impidió caídas en los precios de los bonos de deuda y en el índice Merval de la Bolsa de Buenos Aires, mientras el dólar tuvo un pico hacia arriba.
Aquí, pese al triunfo del “kirchnerismo” en las elecciones legislativas de octubre, las incertidumbres sobre el “rumbo” del gobierno y los arranques del mandatario, son muy fuertes. Y algunos números tampoco le respaldan: para saldar las deuda con el FMI Argentina ocupará casi un 40% de sus reservas internacionales —U$S26,900 millones— lo que llevaría a éstas a niveles cercanos a los de la crisis del 2002. Argentina con este pago ahorra unos mil milllones de dólares por intereses, pero a la vez pierde un crédito a muy baja tasa y para cuyo pago tenía aún un plazo de casi cuatro años. La ecuación es más deficiente si Kirchner, como lo ha intentado, sale a sustituir deuda, con Venezuela por ejemplo, que le sale el doble más cara.
El que está contento con la medida es el FMI: Rodrigo de Rato, su Director-Gerente General, felicitó al gobierno argentino por la decisión. En realidad, salvo por los continuos ataques y acusaciones verbales, el Fondo no puede quejarse del gobierno de Kirchner quien siempre ha cumplido estrictamente con sus obligaciones.
Eso sí, para ello ha dejado el tendal de alemanes, italianos y norteamericanos tenedores de deuda argentina, e incluso de los propios trabajadores argentinos que vieron reducir seriamente sus fondos previsionales, parte de ellos invertidos en deuda pública, a raíz de la renegociación impuesta por el gobierno en febrero pasado. Y esto no le gusta a los argentinos: hasta el propio líder de la central sindical (CGT), Hugo Moyano, hoy kirchnerista e invitado al Salón Blanco, tras hablar de “independencia” y “soberanía” también tuvo que reclamar y señalar que ahora es “el turno de (pagar) la deuda social”.
En noviembre pasado el índice de conflictos y huelgas sindicales fue el más alto desde hace muchos años y Moyano no lo puede esquivar. Y por si fuera poco, se trata de una realidad de la que , a partir de “la declaratoria de independencia”, Kirchner ya no puede seguir culpando al FMI.