Alberto L. Alemán Aguirre
2001, supe que para algunos allá, a mí antes de educarme, me habían enseñado a ir al Ejército.
“Es que a nosotros, en Costa Rica, nos enseñan a ir a la escuela, mientras que a ustedes en Nicaragua, les enseñan a ir al Ejército cuando están pequeños”. El comentario le fue hecho a Enrique, el chofer del equipo periodístico que LA PRENSA envió entonces allá, mientras esperaba el fin de una entrevista que le hacíamos a un analista local.
El autor de esas frases era un guardia privado de seguridad tico, seguramente un hombre sencillo y de escasa formación.
Como sabemos, semejante afirmación es absurda, pero con ideas preconcebidas y prejuicios similares, muchos ticos perciben a los nicas.
“No seas nica, mae”, es una exclamación que poco cuesta oír por allá, un equivalente aproximado de nuestro “no seas indio, jodido”. No seas, bruto, no seas salvaje, “no seas nica, mae”.
En 1999, se me asignó la cobertura del fin de la amnistía migratoria para miles de indocumentados.
La noche de la víspera del último día para presentar papeles, el 31 de julio, el espectáculo era realmente penoso y era imposible sentir “torozones” en la garganta.
La fila daba la vuelta a la manzana donde estaban las oficinas de Migración en San José. Centenares de nicaragüenses —quizás unos dos mil 500— se acurrucaban para dormir sobre precarias camas que eran en realidad pedazos de cartón, de plástico o simples páginas de periódicos. Allí pasaron la noche. Al día siguiente, pasaron poco a poco a la entrevista con los funcionarios.
Hablar con muchas de estas personas era escuchar historias de abusos, insultos. También de agradecimientos y elogios, para ser justos.
Una muchacha gordita de Matagalpa, blanca y de lindos ojos amarillos que alternaba el corte de café con trabajos de doméstica, contaba con rabia cómo tantas veces había escuchado decir que las “nicas eran unas grandes p…”, unas muertas de hambre y ladronas. Varias veces, eran conversaciones en buses, delante de ella. Encubierta por su apariencia física, no la tomaban por nica.
Un joven de Carazo, recuerdo, contaba cosas diferentes. Se había venido de Jinotepe a San José porque no tenía trabajo ni podía seguir estudiando.
Probó suerte en la construcción y aseguraba que le había ido muy bien, que le pagaban bien y que sus jefes siempre se habían mostrado respetuosos y comprensivos con él.
Fuera de estos viejos relatos de abusos, de explotación laboral e insultos, indudablemente los últimos acontecimientos no ayudan mucho a las buenas relaciones entre los dos pueblos.
También está un lado feo de los nicas en Costa Rica, como es el de la delincuencia, un fenómeno real y que este año tomó como símbolo máximo el fallido atraco a un banco por una banda de hermanos forajidos nicaragüenses.
Y, como pasa en otros continentes y otros pueblos, son estas cosas negativas las que más quedan en la memoria, las que fomentan los estereotipos. Según la psicología social, los estereotipos contienen elementos verdaderos y falsos. Son estos últimos los que predominan y deforman las percepciones de otros grupos humanos.
Amplios sectores de la opinión pública y expertos admiten el peso importante del aporte económico de los inmigrantes al PIB costarricense.
Desafortunadamente, las acciones negativas de algunos colectivos —potenciadas por el poder de los medios— alimentan los prejuicios.
Dos mitos muy difundidos entre los costarricenses, es que la mayoría de los delitos cometidos en su país corresponde a nicas, y que el incremento de la violencia intrafamiliar observado en los últimos años, se debe a la migración de nuestros compatriotas pobres.
Sin embargo, esta semana, el Informe de Desarrollo Humano del PNUD da un categórico desmentido a esto.
Resulta que apenas un 10% de la población penal en Costa Rica son extranjeros, y ni siquiera el 6% de esa población son los nicaragüenses.
Por lo tanto los inmigrantes “no son los responsables de la inseguridad y violencia”, como hasta el momento parte de la población costarricense cree, según el informe citado por reportes periodísticos.
Más de la mitad de las llamadas que recibe la Policía son por violencia doméstica, dice el documento, y la mayoría de los hombres que son denunciados, no son extranjeros, sino ticos.
Los inmigrantes nicaragüenses, como resultado de esta investigación, son personas que trabajan honestamente.
Lástima que ese aspecto noticioso del informe del PNUD no haya recibido más atención de algunos medios de allá, tan inclinados a una defensa vigorosa de sus reclamos de navegación armada en el San Juan.