Fotos y texto:Antonio Aragón Renuncio
En la vieja y desvencijada escuela, al fondo, en una esquina del aula, estaba sentado Pablito. De ojos profundos y oscuros como el café. De tristes cinco años. Jugaba a soñar, en silencio, mientras sus pies descalzos colgaban de la silla. Se soñaba dibujando zapatos y más zapatos en un inmenso lienzo de aire. En el lienzo de la ausencia, de la nada. Rojos, verdes, azules. Zapatos de cada uno de los colores del arco iris…
Cada quien sueña con eso que desea, que ansía, que envidia, que inútilmente necesita. Con aquello que no tiene.
Arrastrar la pena, día tras día, por el frío y descarnado piso es una desmedida condena. Pies descalzos. Por todas partes.
Los pobres son siempre los que portan los zapatos más limpios. Curioso. Si es que no lo son tanto como para tener un escaso par de remendadas botas, claro.
Zapatos y más zapatos. Se siguen repitiendo en mis dulces sueños.
Generación tras generación, los artesanos siguen fieles a su tradición.
1- Siempre quise saber de dónde vienen los zapatos que calzaba. En Masaya encontré la respuesta.
2- El tiempo parece no transcurrir en el viejo taller de los artesanos de Nicaragua.
3- Diseño manual en la era de Internet y nuevas tecnologías.
4- Manos diestras yminuciosas elaboran un corte de precisión.
5- Zapatos nicaragüenses son enviados al exterior para su venta en Estados Unidos.
6- No importa el tamaño ni la forma. Acá hacemos zapatos para todos los gustos.
7- Zapatos y más zapatos se siguen apareciendo en mis sueños.