- Hay interés por ver cómo regresa Bernard Hopkins
Edgard Tijerino [email protected]
Cuando sonó la campana final el 16 de julio en el MGM en Las Vegas, aún antes de conocer el resultado de las tarjetas, todos sabíamos que la pelea de revancha entre Jermaine Taylor y Bernard Hopkins había quedado dibujada, como si fuera una pintura de Rubens, de esas que se pueden admirar en el Museo de Louvre, o en El Prado.
En una pelea que cambió de imágenes durante los últimos asaltos, consecuencia de una admirable y asombrosa recuperación de Hopkins, saliendo revitalizado de las cenizas, Taylor logró coronarse, apoyándose en una larga y lacerante zurda que estableció la distancia conveniente para ensayar descargas precisas, intensificar sus arremetidas y contragolpear con solidez, dominando la mayor parte del tiempo en los primeros ocho rounds, obviando ciertas intermitencias.
Cierto, su poderosa derecha no fue lo suficientemente efectiva, pero funcionó como amenaza, y ocasionalmente, consiguió enviar mensajes macabros con impactos potentes.
Esa noche, uno no creía lo que estaba viendo por casi ocho asaltos. No, no era posible que Hopkins estuviera siendo reducido a una completa inutilidad. Era natural preguntarse: ¿dónde quedó oculta la habitual flexibilidad, fiereza y poder destructivo de Hopkins?
En los cálculos previos al combate, la peligrosidad de Taylor nunca fue sometida a discusión. Todos la conocíamos y consecuentemente no podíamos subestimarlo. El viejo león seguramente atravesaría la más difícil pelea de su carrera desde que enfrentó a Roy Jones, antes de coronarse en las 160 libras y realizar 20 defensas, saltando sobre Carlos Monzón, pero nadie imaginó encontrarse frente a semejante desbalance.
A Hopkins el ring le estaba pareciendo muy corto y la diferencia en las tarjetas se ensanchaba preocupantemente sobre la mitad de la ruta. Sin embargo, el todavía campeón, hurgando muy profundo en el baúl de sus reservas, sacó determinación, violencia y hasta certeza, para lograr en los últimos cuatro asaltos una recuperación tan sorprendente como espectacular.
Como apunté en la ocasión, no había forma de ver perder a Hopkins alguno de los últimos cuatro asaltos. Sólo era necesario conocer el abecedario del boxeo para apuntárselos, pero uno de los jueces, Duane Ford, vio ganar a Taylor el round 12, y esa equivocación cambió la historia.
La tarjeta de Ford le otorgó a Taylor ventaja por 115-113, en lugar de 114-114 si le hubiera concedido a Hopkins ese duodécimo segundo asalto. Con un juez a favor de Hopkins, como lo fue Jerry Roth 116-112, y otro, Paul Smith, 115-113 para Taylor, el empate que habría registrado Ford, empujaba el resultado a un fallo que evitaba la pérdida de la corona que por tanto tiempo retuvo Hopkins.
¿Qué puede ser lo diferente hoy en el ring del Mandalay?, esta pregunta está vinculada a otras inquietudes: ¿podrá Hopkins acelerar desde el inicio y volcarse en busca de una victoria por KO, impidiéndole a Taylor establecerse?, ¿será capaz el nuevo campeón de volver a dominar la primera parte del combate y sujetar las riendas en los asaltos finales esquivando complicaciones?, ¿tendrá Hopkins la suficiente adrenalina para proponer una pelea de fuego intenso como acostumbraba, frente a un rival con ventajas en los contragolpes y suficiente rapidez de movimientos?, ¿qué tan afectado quedó Taylor del resurgimiento de Hopkins?
Pienso que Taylor tiene ventajas pese a no disponer de la experiencia de Hopkins, porque su juventud, divino tesoro como decía Rubén, le permite mayor atrevimiento, vitalidad para resistir y agresividad.
Él soportó buenos impactos de Hopkins atravesando por dificultades que le eran desconocidas, y debe llegar a esta revancha bien afilado y más consciente.
Hopkins sigue siendo un hueso muy duro, pero el desgaste no perdona. Su maquinaria muscular estuvo retrasada en los primeros seis asaltos, y necesitará multiplicar su esfuerzo.