- Esas famosas frases, inmortalizadas por la Revolución de 1789, son aún el lema oficial de Francia. Ante dos semanas de la peor violencia política en 40 años, la gran nación se pregunta, indignada y reflexiva a la vez, por qué pasó esto. El mundo también
Mauricio Rabuffetti AFP
PARÍS.- La ola de violencia que estremeció a Francia en las últimas dos semanas significó un cataclismo político —sin precedentes desde mayo de 1968— que estremeció al gobierno, conmocionó al país y cuestionó algunas de las convicciones más profundas de la sociedad.
La muerte accidental de dos jóvenes de origen africano que se creían perseguidos por la policía el 27 de octubre, desató una crisis que desnudó la marginación de los habitantes de origen migrante de los suburbios franceses.
En estas zonas de grandes complejos de edificios que parecen recortados del mismo molde y a los que los franceses denominan “les cités”, el desempleo, el fracaso escolar y la economía informal reinan.
Ese cóctel, en el que también se mezclan frustración y esperanza perdida, terminó por volcarse en la mayor ola de protestas callejeras registrada en Francia desde hace 40 años.
CIFRAS DEL DESORDEN
Las cifras hablan por sí solas: más de 300 localidades afectadas, 7,500 autos incendiados, 2,300 personas detenidas y más de 200 millones de dólares en daños. Además, una persona murió cuando fue asaltada al margen de las protestas.
Ante la escalada de violencia, el gobierno resolvió decretar el Estado de Emergencia, luego de 10 días de escaramuzas y cientos de cócteles molotov volando por los aires todo lo que encontraban en su camino.
Esa decisión dio el marco para que algunos municipios resolvieran toques de queda parciales para los menores de 16 años no acompañados por un adulto a partir de las 10:00 de la noche.
Desde entonces la violencia amainó, pero las amenazas siguen latentes.
La noche del jueves hubo 463 vehículos calcinados en Francia, cifra relativamente moderada comparada con los 1,400 incendios registrados en la noche del domingo pasado, punto culminante de la violencia.
Pero si los daños materiales —evidentes al recorrer los suburbios parisinos y de otras grandes ciudades— desaparecerán relativamente rápido de la vista de todos, las secuelas sociales de 15 días de incendios de autos, escuelas y edificios públicos permanecerán por mucho tiempo en la memoria de los franceses y, sobre todo, en la agenda política.
Sobre las cenizas y los destrozos, el gobierno se esfuerza ahora por construir un diálogo con los habitantes de las zonas periféricas origen de la violencia.
GOBIERNO RECONOCE PRECARIEDAD DE SUBURBIOS
Muy criticado por su falta de reacción inicial ante la crisis, el presidente Jacques Chirac se mostró ante todo conciliador.
“Sean cuales sean nuestros orígenes, todos somos hijos de la República”, señaló, en referencia al origen extranjero, sobre todo africano y árabe, de muchos habitantes de las zonas donde se produjeron los disturbios.
El primer ministro francés Dominique de Villepin, que mantuvo reuniones con jóvenes habitantes de los suburbios, reconoció el lunes que “el desempleo de los jóvenes alcanza en algunos barrios casi el 40 por ciento”.
El martes, en un intento de calmar los ánimos, De Villepin anunció la voluntad del gobierno de promover la creación de puestos de trabajo en áreas desfavorecidas mediante la instalación de “zonas francas urbanas” para incitar a las empresas a establecerse en ellas.
SANCIONES A POLICÍAS
Por su parte, el polémico pero popular Ministro del Interior y uno de los principales aspirantes en las presidenciales del 2007, Nicolás Sarkozy, que tildó de “chusma” a los jóvenes de los barrios marginales, suscitando la cólera de los manifestantes, resolvió suspender el jueves a ocho policías por la agresión a un joven de 19 años, que fue retransmitida por televisión.
“No aceptaré ningún desborde de las fuerzas del orden”, aseguró Sarkozy, quien volvió a emplear el término “chusma” el jueves en un debate televisado, aclarando esta vez, a modo de paño frío, que lo aplica únicamente a quienes protagonizan disturbios e incendios.
“ESTAMOS EN LA MIERDA”
Un grupo de jóvenes musulmanes de Merisiers, un barrio de Trappes en la periferia parisina, explica que la religión no tiene nada que ver con la revuelta que sacude desde hace 15 días a Francia, sino la “rabia” que produce la marginación y la desesperanza.
Saidou, de 22 años, es designado, entre bromas, “portavoz” del grupo, que ha aceptado hablar con el consentimiento de los “grandes hermanos”, con la treintena cumplida y a menudo padres de familia, y que son los verdaderos cerebros de esta revuelta.
“¿Por qué llaman al rector de la mezquita de París para calmar a los jóvenes?”, se pregunta. “La violencia es un fenómeno social, que no tiene nada que ver con el islam”, dice, después de que en los últimos días han aumentado los llamamientos a la calma de los musulmanes.
Mehdi —no es su verdadero nombre— tiene 17 años. Hace tres que abandonó la escuela y asegura que tienen ganas de “hacer la guerra a la policía. Buscan pelea. Mientras que Sarkozy (el Ministro del Interior) esté ahí, vamos a seguir quemando coches. Vamos a quemar la sociedad”, advierte.
“¿Hay que esperar la violencia para que haya diálogo? ¡Hemos pedido ayuda, pasa de todo, hace 30 años que dura!”, dice Saidou antes de agregar: “Incluso nosotros no sabemos cómo va a pararse” esta revuelta de los suburbios que a lo largo de 15 noches ha dejado miles de autos calcinados y cuantiosos destrozos materiales.
Trappes se compone de viviendas sociales, que están separadas por una carretera de las casas y calles coquetas. Una ciudad dormitorio de 28,000 habitantes, de los que un tercio son musulmanes.
La ‘cité’ Les Merisiers, el barrio de inmigrantes, es un supermercado cerrado, mantenido por los lugareños, que son los únicos que lo mantienen con vida. La mayoría de los habitantes son extranjeros o hijos de inmigrantes.
Abdellah Rethassi, de 29 años, dice que ha pasado tres años en detención preventiva por un asesinato, antes de ser absuelto por falta de pruebas, pero no ha recibido ningún tipo de indemnización.
Su amigo Zoubir, de 32 años, cuenta que estuvo detenido por vender chaquetas a pesar de que tenía un “permiso de venta”. La policía nunca le ha devuelto la ropa, asegura.
“En cuanto hay un problema en un país, la culpa es de los musulmanes. No son los musulmanes”, dice Karim, de 29 años: “Es gente que está en la mierda. Tengo un diploma elemental profesional de construcción, trabajo en la construcción porque no tengo elección. Hay trabajo, pero nos dan los peores. ¿Cuál es nuestro futuro? Estamos condenados a quedarnos en nuestros barrios”, dice. (AFP)
¿Y LOS PADRES?
Ante el hecho de que menores de hasta 10 años lanzaron cócteles molotov e incendiaron vehículos, muchos se han preguntado: ¿Dónde estaban los padres? Los disturbios fueron en urbanizaciones pobres, donde la mayoría de los residentes son inmigrantes de África. Muchos padres tienen problemas para llegar a fin de mes, y eso les deja poco tiempo para lidiar con sus hijos. Con frecuencia, apenas si pueden comunicarse con sus hijos. Muchos padres no son ciudadanos franceses y nunca aprendieron a hablar francés, en tanto sus vástagos ignoran el idioma de sus ancestros.
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