La figura del Libertador Simón Bolívar es una a las que más recurre Hugo Chávez.

Una carrera construida sobre la ira Chávez, el apostador

Chávez es un jugador de alto riesgo. Si en los próximos años las misiones creadas por su régimen en las zonas pobres no logran reducir la desigualdad acentuada entre quienes viven a la sombra del Cerro Ávila —los ricos— en Caracas y quienes pululan en los cerros circundantes, la furia que él ha fomentado se […]

  • Chávez es un jugador de alto riesgo. Si en los próximos años las misiones creadas por su régimen en las zonas pobres no logran reducir la desigualdad acentuada entre quienes viven a la sombra del Cerro Ávila —los ricos— en Caracas y quienes pululan en los cerros circundantes, la furia que él ha fomentado se volcará en su contra

Alma Guillermo Prieto

SEGUNDA DE TRES PARTES
Caracas, si bien está acunada en un frondoso valle verde y separada del Caribe sólo por el hermoso Cerro Ávila, no es una ciudad hermosa. Los distritos comerciales son un monumento al desarrollo urbano mercenario y en general, la capital de Venezuela carece tanto de planificación que pareciera como si las mismas calles estuviesen a punto de chocar unas con otras.

El lugar es estremecedoramente ruidoso y evidentemente dividido. Las clases más acaudaladas viven en las faldas del Ávila, a lo largo de calles sombreadas por árboles tupidos, mientras que los pobres ocupan las empinadas colinas que surcan el resto del valle caraqueño; cerros que parecen haber sido despojados del más mínimo arbusto y que están cubiertos en cambio, desde la base hasta la cumbre, de las viviendas apiñadas, escuetas y desgarbadas de los pobres.

Los cerros tienden a desplomarse hacia abajo o hacia los lados durante la temporada de lluvias ocasionando desgracias; aún así los recién llegados montan su morada aquí todos los días.

Desde sus agradables complejos de apartamentos o edificios de oficinas situados en la base del valle, los caraqueños gratamente hospitalarios observan temerosamente el paisaje poblado y suplican al visitante no aventurarse en ese lugar: ladrones, asesinos, drogadictos y chavistas pululan en esos cerros, advierten temblando detrás de sus ventanas enrejadas.

De cerca, los barrios lucen muy distintos: un laberinto de callejones, senderos y escaleras que trepan entre y alrededor de modestas viviendas de ladrillo amontonadas por todas partes y en esquinas alarmadamente angostas, repletas de actividad. Niños en uniformes planchados con esmero trepan a sus casas al regreso de la escuela, hombres jóvenes desempleados se reúnen en los espacios libres para fumar y conversar, mientras que mujeres laboriosas pasan por allí apresuradas, y cargadas de lencería o alimentos.

PETARE, BASTIÓN CHAVISTA

El mayor número de barrios se encuentra al extremo este de la ciudad, en la zona de Petare, donde residen aproximadamente 600,000 de los cuatro millones de habitantes de la ciudad.

Esta extensa comunidad en realidad es pobre aun cuando Venezuela, un país con un ingreso per cápita de 4,400 dólares, de ninguna manera es el más pobre. Las drogas y la delincuencia constituyen problemas críticos en esta zona. Y también hay chavistas en Petare, posiblemente más chavistas por metro cuadrado y organizados de manera más cohesiva que en cualquier otra parte del país.

En Petare es donde los ambiciosos programas de bienestar social de Hugo Chávez se ejecutan con mayor avidez, por cuanto él ha convertido al pobre en su partido de facto y como resultado, los residentes de este barrio (que compiten con otras tres ciudades por el cuarto lugar entre las aglomeraciones urbanas más grandes de Venezuela) determinan si su presidencia continúa o cae.

Una mañana a finales de julio fui a Petare y visité las oficinas locales de las distintas organizaciones de asistencia social que Chávez ha creado en el curso de sus casi siete años en el poder. María Milagros Reyes era mi guía, una mujer tenaz y entusiasta proveniente de la cumbre de uno de los cerros más altos del barrio. Reyes es la directora de ideología del Comando Maisanta en Petare, una organización creada el año pasado por primera vez con el objetivo de asegurar votos para un referendo para determinar si Hugo Chávez debía permanecer en el poder.

Reyes ocupa una posición de cierto nivel y yo temía que en su presencia la gente no quisiera expresar las dudas y reservas acerca de Chávez que había escuchado entre los residentes de otros barrios, e incluso entre la dirigencia chavista.

Sin embargo, esa mañana en Petare ninguna de las personas que conocí parecía abrigar duda alguna —ni el hombre joven apostado al frente de un local que el gobierno equipó con cinco terminales de computación, quien recibía entrenamiento gratis sobre cómo usar la Internet y cómo llenar solicitudes de empleo en línea; tampoco las mujeres trabajadoras que se encontraban en una oficina pequeña en el mismo complejo con el fin de colocar a sus niños en una de las cooperativas chavistas de cuidado infantil dirigidas por amas de casa en cada vecindario.

Y no había dudas del enérgico entusiasmo de un grupo de unos 20 ancianos con franelas blancas, a quienes no se les pudo impedir que interrumpiesen su calistenia matutina en un estacionamiento para explicar cómo, más adelante en la semana, abordarían un autobús cercano para ir a su excursión semanal, hoy a un parque, después a la playa. “¡Ahora hasta nos toman la tensión antes de comenzar nuestros ejercicios!”, explicó una dama asintiendo entusiastamente con la cabeza.

La fracturada oposición de Chávez condena unánimemente los diversos programas en los barrios por considerarlos asistencialismo populista y a cierto nivel, se pueden interpretar como algo incluso peor que eso: un ávido afán de Chávez por sustituir los ministerios de salud, educación y vivienda que son el legado del régimen anterior por sus propios programas, para su propio provecho político. Pero en Petare, las distintas misiones existentes —como se denominan estos programas nacionales que cuentan con el mayor financiamiento por parte del Estado— hacen que críticas tan nobles como esas parezcan crueles o fuera de propósito.

Visité una de las plazas petareñas de la Misión Mercal, una red de almacenes que ofrece insumos básicos a precios subsidiados y que está al alcance de la mayoría de los venezolanos de bajos recursos. En la caja registradora de un almacén restaurado, una mujer compró arroz, granos secos y un pollo grande y hermoso a precio de costo. También se conseguía carne. Chávez está tratando de debilitar a los ganaderos tradicionalmente conservadores importando carne de Argentina y Uruguay para los Mercales, y puesto que la Misión Mercal no tiene que pagar impuestos sobre la carne y puede cobrar los gastos de distribución al gobierno, esto es tarea fácil.

Johnel Guzmán, un hombre reflexivo de unos 20 años de edad, quien trabaja como asistente del gerente de la tienda, se aclaró la voz avergonzado antes de admitir que nunca antes había tenido un empleo. Hoy por hoy, él y dos de los cajeros están cursando estudios para obtener un certificado de equivalencia técnica y reciben una remuneración mensual del programa educativo Misión Sucre.

Puede que la calidad de la educación proporcionada sea terrible, como alegan sus detractores, y la necesidad de educación elemental adecuada sea mucho más apremiante, pero en el Mercal la energía e impaciencia de los jóvenes eran casi palpables: sus vidas permanecieron paralizadas por años y ahora, gracias a Chávez, estaban en movimiento.

“¿QUÉ HIZO LA OPOSICIÓN POR NOSOTROS?”

Muchos de los oponentes de Chávez se ríen de la adoración ciega hacia este hombre, a quien le encanta dar serenatas a la audiencia en cada oportunidad pública que tiene, vestir su uniforme militar y ostentar un reloj Cartier en su muñeca, uno distinto para cada ocasión.

La oposición también vive en un estado permanente de rabia por la corrupción del régimen, el uso autocrático de los fondos públicos y el resuelto ataque de Chávez contra las instituciones que hacen posible una democracia representativa (él prefiere su propio estilo de democracia participativa, la cual otorga poco espacio a los partidos opositores o a los derechos civiles). Pero en los barrios, la única pregunta relevante es: “¿Qué hicieron ellos (los miembros de la oposición) por nosotros?”.

Por suerte, los miembros de la oposición a Hugo Chávez no tienen que responder a estas preguntas porque sus líderes apenas surgieron durante los cinco últimos años, principalmente de las filas de empresarios y ex empresarios, quienes prácticamente no se habían involucrado previamente en la política.

Pero como casi todos son miembros de las clases altas, los chavistas —quienes son abrumadoramente pobres— desconfían profundamente de ellos. Los políticos no chavistas o bien perdieron el respeto del electorado durante la disolución del antiguo sistema partidista en los años precedentes a la llegada de Chávez y su Revolución Bolivariana, o son demasiado jóvenes e ineptos como para gozar de credibilidad.

Y muchos enlodaron sus credenciales democráticas por siempre al mostrar regocijo desenfrenado durante el clímax de un golpe militar que sacó a Chávez del poder por 48 horas en abril del 2002. Difícilmente figuran como una alternativa. En general, se reconoce que aunque Chávez se anotó su mayor victoria electoral hasta la fecha con 58 por ciento de los votos, el resultado también implica que 41 por ciento del electorado votó en su contra, pero no a favor de otro en realidad.

Tras surgir como una fuerza capaz de movilizar a medio millón de personas o más en la víspera del golpe en Caracas, y de recoger al menos tres millones de firmas al año siguiente para solicitar la celebración de un referendo sobre la permanencia de Chávez en el poder, hoy la oposición se encuentra perdida.

Una mañana tomé varias tazas de café con Teodoro Petkoff, quien posee uno de los curricula vitae más extraños en Venezuela. En los años sesenta fundó un grupo guerrillero. En los setenta fundó un partido de izquierda y se lanzó como candidato a la Presidencia por primera vez. En los noventa se desempeñó como ministro de planificación del gobierno de Rafael Caldera, fundador del partido social cristiano COPEI (Caldera se había retirado del partido para aquel entonces.) En 1998, asumió el cargo de director del diario El Mundo y contrató a un puñado de periodistas jóvenes y brillantes para modernizar su contenido e imagen.

Un año más tarde, el gobierno de Chávez prácticamente lo empujó fuera de su cargo. Petkoff recaudó fondos de emergencia y al año siguiente resurgió con un tabloide, Tal Cual, con una circulación actual de menos de 25,000 copias y un personal muy reducido. No hay muchos reportajes en sus páginas internas y muy pocos avisos, pero la gente lo compra principalmente por los atrevidos y perspicaces editoriales de Petkoff en primera plana (el titular de primera plana de la primera edición consistía en dos palabras: “Hola, Hugo”).

Por ser más que todo de mentalidad independiente y, a los 73 años de edad, extraordinariamente saludable, Petkoff es entrevistado con frecuencia y a menudo aparece en televisión.

Le asombra verse emergiendo como el centrista del momento para el sector de la oposición que ni apoyó el golpe contra Chávez tres años atrás ni se identifica con la dirigencia actual. La gente le pregunta todo el tiempo qué piensa hacer con su nueva condición, porque la opción obvia sería lanzarse contra Chávez, quien va a competir por la reelección el año próximo.

Por el momento se mantiene tras la barrera. “Chávez tiene dos pedales. Uno es la democracia formal y el otro es el autoritarismo, y pisa uno u otro según las circunstancias lo impongan”, señala Petkoff. “En cada elección, los resultados se aproximan a estar divididos equitativamente (a favor y en contra), y él sabe cómo interpretar y calibrar esos resultados correctamente. Aparte de todo lo demás, el sector que está en su contra es el más dinámico (de la economía). Y si quisiera aplastar este sector tendría que hacerlo a sangre y fuego. Pero si Chávez ve que ese 40 por ciento que está en su contra se vuelve cada vez más débil, pisará el pedal autoritario otra vez”.

En Caracas últimamente resulta desalentador escuchar a intelectuales que respaldan a Chávez esgrimiendo argumentos demasiado trillados para defenderlo: puede que el hombre actúe como un payaso pero es auténtico; viste trajes de diseñador porque los pobres disfrutan viéndolo bien vestido; Chávez tiene razón de reprimir a sus oponentes porque ellos son reaccionarios, o corruptos, o antipáticos o ineptos o insignificantes; los peores excesos se cometen sin el conocimiento del Presidente y, en todo caso, sus predecesores eran igual de malos, y por lo menos Chávez está haciendo algo por los pobres.

Y desde luego, el tema del imperialismo está siempre presente, una amenaza percibida universalmente y demasiado real. Nada le vino mejor a un Chávez agradecido como el reciente llamado de Pat Robertson para que Estados Unidos asesinara al presidente electo de Venezuela, junto a la respuesta hipócrita del Departamento de Estado.

LA BRECHA Y EL FUTURO

En el medio siglo transcurrido desde que emergieron como ciudadanos, tras una era de dictaduras militares continuas, los venezolanos han sido tolerantes, o al menos apáticos, en su enfoque hacia la política y la enorme brecha de la riqueza y posibilidades sociales que los dividen.

La brecha es demasiado real y desproporcionada, dada la cantidad de ingresos petroleros que ha pasado por Venezuela en este mismo período, mas Chávez ha formado una carrera política exacerbando la ira que esto suscita. A través de las misiones, también ha impartido un sentimiento de esperanza jubilosa a una gran mayoría de los pobres de Venezuela, quienes antes de su advenimiento no veían futuro alguno para sí mismos.

Chávez es un apostador de alto riesgo. Si en los próximos años las misiones no logran reducir la desigualdad acentuada entre quienes viven a la sombra del Ávila y quienes pululan en los cerros circundantes, la furia que él ha fomentado se volcará en su contra. Entre sus oponentes está el fanático ocasional que aboga por su derrocamiento por parte de Estados Unidos, o incluso por su asesinato, al estilo de Pat Robertson.

Sin embargo, el sector moderado asediado, consciente de que la remoción forzada de Chávez sólo garantizaría su dominio espiritual sobre la política venezolana por décadas venideras, reza para que se le permita fracasar y así poder sacarlo pacíficamente del poder con votos. Asumimos que, junto a esta suerte de esperanza retorcida, están orando por un líder propio inspirado e inspirador.

LECTURA DE CIFRAS

En general, se reconoce que aunque Chávez se anotó su mayor victoria electoral hasta la fecha con 58 por ciento de los votos, el resultado también implica que 41 por ciento del electorado votó en su contra, pero no a favor de otro en realidad.

Traducción del inglés: Valentina Rodríguez Calcaño.

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