Fotos y texto Germán Miranda
Navegar por el imponente río Coco o Wanki, provoca en cualquier visitante la reunión de muchos sentimientos que lo trasladan a reflexionar en los misterios de la naturaleza y en cuán gratificante es sumergirse en sus brazos.
El verdor de los árboles ubicados en sus riberas junto al grito de los niños miskitos, que interrumpen su talento de trapecistas sobre las aguas para saludar al viajero, llegan al alma y sirven de estímulo para seguir la travesía.
Todo los rincones del río son dignos de una postal, que enorgullecería hasta al más exigente de los coleccionistas de bellezas naturales. Pero la belleza natural de la gente que habita las comunidades de repente se ha visto opacada por el hambre.
Sin embargo, eso no impide que la joven piel canela regale una sonrisa mientras hace gala de sus dotes de amabilidad. Ni que las mujeres, igual que los hombres, salgan a buscar el alimento para sus hijos, quienes a veces no comen.
Los hijos del río sufren, quizás más que en épocas anteriores, pero saben que como siempre saldrán avante haciendo gala de su instinto de supervivencia, y ayudados por la mano amiga de las otras personas, nicaragüenses o foráneas, que no ven distingo de raza, religión ni colores partidarios para tenderles una mano.