Doble ciudadanía

Marcela SánchezWashingtonpost.com Un año después de que el libro de Samuel Huntington ¿Quiénes somos? presentó a los hispanos como la mayor amenaza a la unidad nacional estadounidense, Stanley Renshon, profesor de ciencias políticas de City University of New York, ha escrito un libro que seguramente agitará de nuevo las sospechas hacia los inmigrantes y particularmente […]

Marcela SánchezWashingtonpost.com

Un año después de que el libro de Samuel Huntington ¿Quiénes somos? presentó a los hispanos como la mayor amenaza a la unidad nacional estadounidense, Stanley Renshon, profesor de ciencias políticas de City University of New York, ha escrito un libro que seguramente agitará de nuevo las sospechas hacia los inmigrantes y particularmente hacia quienes han ido un paso más allá y se han convertido en ciudadanos mientras mantienen la ciudadanía de sus países de origen.

En el libro El 50% americano, inmigración e identidad nacional en una era de terrorismo (Georgetown University Press), Renshon sostiene que aquellos con doble ciudadanía establecen “vínculos superficiales con la comunidad nacional estadounidense”. Para Renshon, “la cuestión de la identidad nacional y la fuerza de nuestros lazos a la comunidad nacional estadounidense son… en la era del terrorismo… tal vez el asunto nacional más importante que enfrenta este país”.

El peligro, según Renshon, es que aquellos con doble ciudadanía han crecido fuera de Estados Unidos y su atención se divide entre su país adoptivo y su país de origen. Según Renshon el vínculo a una nación es lo que genera patriotismo, algo de lo que carecen amenazadoramente quienes mantienen doble ciudadanía.

Lo que Renshon busca en realidad, como ya lo había hecho Huntington, es una base lógica que explique por qué los inmigrantes hoy en día amenazan la viabilidad y los intereses nacionales a largo plazo de Estados Unidos. Pero para encontrarla, Renshon se vale de argumentos que desafían el sentido común y revelan una estrafalaria generalización de que todo los inmigrantes son potencialmente terroristas.

Las conexiones que personas con doble ciudadanía mantienen con sus países de origen —votación en elecciones, inversión en asuntos familiares o de negocios— son preocupantes para Renshon. Estas conexiones crean conflictos de interés, que serían una desventaja si Estados Unidos alguna vez entra en guerra con alguno de los 150 países que permiten alguna forma de ciudadanía doble.

Renshon desecharía cualquier impacto positivo que la experiencia estadounidense de un ciudadano naturalizado pueda tener en su lugar de origen. No importa que, como dijo el Presidente Bush durante su más reciente discurso sobre la guerra contra el terrorismo, Estados Unidos y el mundo no están enfrentando un enemigo tradicional “bajo un solo mando”, sino una red suelta de radicalismo islámico que puede encontrar bases temporales en algunas naciones específicas. En la mayoría de los casos, esas naciones son las mejores aliadas para erradicar a los terroristas.

Renshon, quien también es sicoanalista, continúa su análisis afirmando que quienes tienen doble ciudadanía son incapaces —sin la ayuda del gobierno— de crear conexiones emocionales que son la base para tener vínculos nacionales. Recomienda que el gobierno cree centros de acogida para los recién llegados, ofrezca clases de inglés gratis y mejore la educación cívica en las escuelas.

En otras palabras, los inmigrantes requieren de ayuda profesional para compensar su inhabilidad de crear suficientes lazos con el mundo que los rodea. En cierta forma entonces, en la mente de Renshon, los que tienen doble ciudadanía se parecen mucho a potenciales sociópatas.

El mes pasado, después de vivir en este país por 15 años, me convertí en una de esas personas con doble ciudadanía. Ahora parece que he pasado de ser una amenazadora inmigrante a convertirme en una amenazadora ciudadana naturalizada. Me parece absolutamente ridículo que alguien sugiera que después de todos estos años, mis lazos emocionales con este país y su gente son deficientes. Es verdad que tal vez nunca sienta lo que siente mi esposo nacido en este país cuando escucha “America the Beautiful”. Pero puedo decir con toda honestidad que no tengo ningún vínculo personal más profundo y comprometido que los que tengo con la gente y el estilo de vida de este país.

Durante la Primera Guerra Mundial, cuando el nacionalismo estadounidense y las sospechas sobre extranjeros estaban adquiriendo mayor fuerza, el Presidente Woodrow Wilson declaró que “cualquier hombre que cargue consigo un guión carga una daga que está listo a enterrar en los signos vitales de esta república”. Wilson se refería a aquellos como los inmigrantes germano-americanos que tenían que anteponer lo “germano” a lo “americano” por medio de un guión. En esa época los germanos representaban el grupo étnico más grande en Estados Unidos y eran particularmente sospechosos. La enseñanza del alemán se prohibió en las escuelas; las calles con nombre alemanes fueron rebautizadas; el chucrut o sauerkraut pasó a llamarse “repollo de la victoria”.

George L. Sprattler, el padre de la mujer que ahora llamo abuela, fue humillado y sufrió de depresión. Había venido a Estados Unidos como un misionario luterano de Alemania que por casi 15 años había creado iglesias y organizado orquestas en Estados del noroeste americano. En 1914 ya era ciudadano, pero aún así su iglesia fue cerrada, sus sermones en alemán prohibidos y por ley debió empezar a vender bonos de guerra. De todos modos dos de sus hijos se alistaron en las fuerzas armadas estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial y su hija se convirtió en la matriarca de una de las familias más americanas que haya conocido. Y ahora me enorgullece ser parte de ella.

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