Monumentos

Gabriel Conde La historia de los Estados Unidos registra los siguientes magnicidios: el de Abraham Lincoln asesinado por John Wilkes Booth; el de James Garfield, asesinado por Charles Guiteu; el de William McKinley, asesinado por el anarquista León Czolgosz; el de John F. Kennedy, asesinado por Lee H. Oswald y un intento de asesinato contra […]

Gabriel Conde

La historia de los Estados Unidos registra los siguientes magnicidios: el de Abraham Lincoln asesinado por John Wilkes Booth; el de James Garfield, asesinado por Charles Guiteu; el de William McKinley, asesinado por el anarquista León Czolgosz; el de John F. Kennedy, asesinado por Lee H. Oswald y un intento de asesinato contra el Presidente Ronald Reagan. En México también hubo magnicidas. Pero en ninguno de estos países existen monumentos, ni calles, escuelas, centros de estudio, que traten de perennizar la memoria de estos desalmados a quienes la historia condena y coloca como símbolos de abyección y maldad.

En el México donde estuve en mis años de estudiante no conocí siquiera una calle o monumento a Doroteo Arango, conocido como Pancho Villa el dueño del caballo Siete Leguas, famoso general convertido en bandolero. Sólo aquí en Nicaragua existen mentes retorcidas y cavernarias que erigen monumentos a aquellos a quienes el peso de sus convicciones los convirtió en asesinos.

La dictadura no terminó con la muerte de Somoza, la soportamos 20 años más y asesinaron al otro Somoza y las dictaduras se fortalecen. 26 años tenemos los nicaragüenses de soportar la dictadura de Daniel Ortega, quien manda desde abajo y desde arriba. Es por eso que yo les digo a aquellos líderes sandinistas que instan a nuestra juventud a seguir el ejemplo del poeta, héroe y mártir Rigoberto, a que mejor se callen. ¿Qué pasaría, me pregunto, si don Daniel resultara electo Presidente y algún mal nacido, hijo de mala madre, lo asesinara, truncando así su fructífera vida?

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