Aldo Díaz Lacayo*
En realidad ésta es una fecha doblemente conmemorativa para la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua. Una —que es la que nos convoca— para recordar el setenta aniversario de su fundación, el 20 de septiembre de 1934.
Y la otra —que no quiero pasar por alto—, para reconocer el mérito de quienes hace diez años, en 1994, iniciaron los esfuerzos por reactivarla después de 15 años de inactividad, que culminaron en 1995. Tres lustros de silencio debido a la situación política del momento: que dispersó a buena parte de sus miembros, que desmotivó a quienes permanecieron en el país, y que no dejó espacio para una política definida acerca del quehacer histórico de la Academia de parte del gobierno revolucionario.
Setenta Aniversario
Empiezo con el setenta aniversario. No para historiar, pues la historia de la Academia se encuentra bastante bien reconstruida, aunque limitadamente divulgada; sino para reflexionar sobre la motivación fundamental que permitió su fundación y que la mantiene viva, y para recordar en este contexto a sus miembros más destacados hasta 1979.
Para los miembros de la Academia —fundadores y de todos los tiempos—, la motivación fundamental de su quehacer es el rescate de la historia de Nicaragua, entendida en el sentido más amplio. Enfocándola en su perspectiva correcta, esta motivación incluye: la búsqueda de documentación, su ordenamiento y análisis, su interpretación, y finalmente —pero la más importante— su divulgación: como obra documental o como fundamento de la obra histórica propiamente dicha.
Cada una de estas etapas del quehacer histórico representa un trabajo monumental. Las primeras a nivel de laboratorio, con sentido científico, con paciencia atemporal, buscando objetivos al margen de los plazos. Pero todo esto con la idea casi obsesiva de su divulgación, que es la última etapa. No solamente porque la divulgación de la obra final resulta gratificante para el autor en términos individuales, sino también, y quizás principalmente, porque al divulgar su obra cada autor siente que ha cumplido con su deber social.
El quehacer histórico, pues, le permite a cada autor desarrollarse a plenitud, como individuo y como ser social. Porque en cada historiador la motivación por el rescate de la historia está impulsada por otra mucho más profunda: la identidad nacional, su conformación, su consolidación, su defensa. Per se cada historiador es un nacionalista, con independencia de su orientación político-ideológica, que a la postre resultan complementarias aunque sean contradictorias.
En este sentido, los paradigmas de la Academia son Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y Sofonías Salvatierra. Dedicados ambos a la tesonera labor de laboratorio y a la igualmente difícil de la divulgación, a la edición como se dice hoy día. Pero tengo una pregunta obligada: ¿Cuánto pesó en cada uno de ellos su oficio de impresor para lograr el objetivo de la fundación de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua?
Con su imprenta de La Prensa, y con su Tipografía Progreso, Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y Sofonías Salvatierra divulgaron la mayoría de su obra individual, incluyendo la obra polémica entre ambos. Y con independencia de que cada uno dedicó buena parte de sus investigaciones al rescate de la obra histórica de sus respectivos partidos políticos, sus ediciones sobre estos temas, así como los relativos a los problemas fronterizos de Nicaragua, la realidad de Centroamérica, y las investigaciones en el Archivo de Indias —en el caso de Salvatierra—, resultan indispensables para la Historia de Nicaragua. ¿Lo habrían logrado sin su oficio de impresor? Probablemente no.
El mérito de ambos se agiganta porque a pesar de su oficio de impresor tenían problemas. Y es que editar es también una tarea económicamente costosa, y cada uno invertía su propio capital en su oficio de editor, distrayendo el patrimonio de sus respectivos negocios, el de La Prensa, en el caso de Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, y el de la Tipografía Progreso, en el de Sofonías Salvatierra. Fueron, pues, sus propios mecenas a riesgo de su patrimonio familiar.
Y esta lucha de Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y de Sofonías Salvatierra por editar sus obras ha sido la constante de todos los historiadores posteriores, miembros o no de la Academia. Los mecenas en este campo privilegian las obras de historiadores de tiempos pasados —o de los actuales sobre temas pretéritos—, y rechazan las de su propio tiempo porque las asocian, con razón o sin ella, a una tendencia político-ideológica particular, que arriesga su patrimonio.
La revista de la Academia
Ésta es la razón por la cual los académicos originarios pusieron todo su empeño en la Revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua. Para convertirla en medio de divulgación de los trabajos resultantes de su labor de investigadores, del rescate documental y de la obra histórica propiamente dicha.
Además de los socios fundadores —Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y Sofonías Salvatierra— es obligado reconocer en este ámbito la labor de Andrés Vega Bolaños y de Felipe Rodríguez Serrano.
Andrés Vega Bolaños dedicado más a la labor documental como un recurso válido para despartidizar el contenido de la revista, tan recargado como estaba por la impronta de los dos titanes fundadores. Ambos convencidos de las bondades de sus respectivos partidos políticos, en una época en la cual —sobre todo después de 1947—, la confrontación de sus ancestrales posiciones ideológicas se había recrudecido: los conservadores reclamando para sí el paradigma de la alternabilidad en el poder y de la vigencia del republicanismo, entendido como independencia armónica de los poderes del Estado; y los liberales ufanándose del espíritu doctrinario de sus líderes fundamentales, a despecho de las dictaduras que habían propiciado.
Y Felipe Rodríguez Serrano, aprovechando sus múltiples cargos públicos durante el largo período del somocismo, apoyó la permanencia de la revista tratando al mismo tiempo de mantener la cohesión de los miembros de la Academia, sin duda precaria por las distintas posiciones políticas de sus miembros. Mérito que a ratos se vio disminuido por la inclinación —o quizás deba decir sujeción— de la revista al somocismo en momentos difíciles para este régimen.
En el largo plazo, si embargo, la Academia y su órgano de difusión han logrado mantener el pluralismo político. Ayer como en todos los tiempos, incluyendo el actual, la Academia de Geografía e Historia es modelo de convivencia política. Éste es también un legado de Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y Sofonías Salvatierra, quienes, a pesar de sus polémicas, siempre intransigentes, lograron entenderse, trabajando juntos en beneficio de la historia nacional.
Décimo Aniversario
Eso mismo sucedió hace diez años. Cuando dos de los miembros que no formaron parte de la diáspora política que produjo la revolución reiniciaron esfuerzos para reactivar la Academia. Fue una actividad intensa y deliberada en favor del pluralismo político. Aquí estamos todos. Y estamos en armonía. Como verdaderos camaradas, dicha esta expresión sin la carga ideológica del socialismo real.
En primer lugar debo mencionar a Emilio Álvarez Montalván, apóstol de esta segunda etapa de la Academia que arranca en 1995. Heredero del ímpetu de uno de los baluartes de su primera etapa, su padre, el doctor Emilio Álvarez Lejarza, que tanto aporte dio a la Academia con sus obras históricas. Con la ventaja para el hijo que dan los años, cronológicos y de activismo político, en sentido estricto, que le dan además el carácter de patriarca de la vida nacional actual.
Por derecho propio Emilio Álvarez Montalván es el Presidente honorario de nuestra institución. Un mérito que le reconocen propios y extraños. Por lo mismo él es el pivote de su estabilidad en armoniosa unidad.
También debo reconocer la participación directa de Jorge Eduardo Arellano en estos esfuerzos por reactivar la Academia y por mantenerla viva con altos niveles de excelencia. Además de polígrafo Jorge Eduardo tiene una capacidad inagotable de trabajo, tanto en el área de investigación como en las de divulgación y producción de obra histórica.
Pero además Jorge Eduardo Arellano es un intelectual generoso, dispuesto a entregar su tiempo para evacuar cualquier tipo de consulta —en el ámbito histórico y en cualquier otro—, y para proporcionar a quien se lo solicite copia de los documentos y libros de su abundante y rica biblioteca personal.
Otro merecido reconocimiento
Desde luego, no puedo dejar de mencionar a Jaime Incer Barquero. No sólo por su setenta aniversario, que coincide con el de la Academia. Sino por el prestigio que la da su participación como Presidente en esta segunda etapa.
Jorge Eduardo le llama “el Naturalista de Nicaragua”, y acierta. Yo le llamo “el Policientista Nicaragüense”. Además de Naturalista, Jaime Incer Barquero es también Geógrafo, Astrónomo, Arqueólogo, Indigenista, Ecólogo, Pedagogo, y desde luego Historiador.
Por eso la obra histórica de Jaime Incer Barquero está enriquecida por este amplio bagaje científico.
Salud, para que la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua acompañe productivamente a todas las generaciones por venir.
* Vicepresidente/AGHN