Europa no está muerta, sino que duerme

Alberto L. Alemán A. PARÍS – Cuando en mayo y junio Francia y Holanda rechazaron el proyecto de la Constitución europea, la tierra pareció abrirse a los pies de los partidarios de la Europa unida. Los más pesimistas cantaron un réquiem a la integración. El shock era doloroso y espectacular porque provino de dos naciones […]

Alberto L. Alemán A.

PARÍS – Cuando en mayo y junio Francia y Holanda rechazaron el proyecto de la Constitución europea, la tierra pareció abrirse a los pies de los partidarios de la Europa unida. Los más pesimistas cantaron un réquiem a la integración.

El shock era doloroso y espectacular porque provino de dos naciones de peso. Una, es uno de los pilares fundamentales de la Europa unida de la posguerra, cuya reconciliación con Alemania sentó las bases de la prosperidad del presente. Y la otra, ha sido tradicionalmente una de las más proeuropeas.

Pasada la resaca de la derrota de la propuesta elaborada por la clase política europea y la burocracia de Bruselas, y ante el desafío de seguir adelante, es tiempo de análisis más racionales. Lo sucedido se ve bajo una nueva luz. Al menos desde el punto de vista de observadores franceses de la vida política, se pueden sacar más bien conclusiones positivas para el futuro de la integración.

“Europa no está muerta, sino que duerme”, coinciden en afirmar la ex ministra francesa de Asuntos europeos Noëlle Lenoir, el politólogo Jean-Luc Parodi y la especialista de la integración, Florence Deloche.

En primer lugar, aunque fuese un poco injusto, el referendo se vinculó para el electorado francés con la oportunidad para, en una especie de test, demostrar su profundo descontento con el gobierno del presidente Jacques Chirac, quien no ha podido ofrecer soluciones al desempleo, el estancamiento económico y a otros urgentes problemas que se han acumulado en las dos últimas décadas.

El “no” fue incuestionablemente una derrota para Chirac, quien invirtió una ya precario capital político en la causa del “sí”.

Otro punto importante que los analistas destacan es que los franceses, principalmente los jóvenes, quisieron alzar la voz y decir a Bruselas —sede de la Comisión Europea, el Ejecutivo comunitario— y a sus políticos: “Uds. están decidiendo la integración sin nuestra participación”, coinciden de nuevo los analistas.

Era una propuesta lejana del pueblo, poco comprensible y cuyos adversarios supieron vender como peligrosa, en particular, como una apertura del mercado de trabajo a la mano de obra barata del Este de Europa, un síndrome que ha dado en llamar “el miedo al plomero polaco”.

“Creo que eso se ha querido expresar en Francia y Holanda”, manifiesta Deloche, académica del Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de París. En particular, señaló a la ampliación a de la UE a 10 países más en 2004, para lo cual no hubo referendo. “Los franceses no vieron de qué manera (esa Constitución) podría ayudarles a resolver sus problemas personales”.

El texto además era demasiado largo —más de 300 páginas— y no supo ser defendido efectivamente por sus partidarios. Al contrario, sus detractores, fueron mucho más efectivos presentarlo cómo abrir las puertas a un liberalismo económico voraz que acabara con las grandes conquistas sociales que hacen de Francia un país con alta calidad de vida.

“Los partidos pequeños jugaron en contra porque era una mejor venta mediática”, sostiene Lenoir, hoy al frente de un bufete de abogados en un exclusivo barrio de París.

Curiosamente, muchas de las cosas que se proponían en el proyecto votado, ya existen en los tratados que sustentan el funcionamiento de las instituciones de la UE. Pero el fantasma del plomero polaco prevaleció en la mente de una buena parte del aquel 60% que rechazó la propuesta.

En la época de la guerra fría, con una Alemania dividida y políticamente débil, Francia lograba imponer sus puntos de vista en la Comunidad Económica Europea al resto. Hoy, con 25 miembros, y aún cuando contaba con 15, la voluntad francesa no puede ya ser impuesta.

“Los franceses soñaron con una Europa francesa, pero hoy no existe en una Europa de 25” miembros, agrega Lenoir, y “solamente en una Europa próspera, unida, segura, hay posibilidad para Francia de tener influencia mundial”.

Para el elocuente profesor Parodi, el voto refleja que “hay una inquietud sobre la Europa agrandada. Los franceses temen que Europa ataque al Estado como protector de los derechos sociales”.

Exactamente qué viene, nadie lo sabe. ¿Volver a organizar un referendo? ¿Elaborar un nuevo proyecto? ¿Y qué pasa con la mayoría de los países que sí lo aprobaron? ¿Mantener el nivel de integración que existe hoy?

Esas son las preguntas que políticos, eurócratas y académicos se hacen. Nadie tiene las respuestas y no se sabrá de alternativas en al menos un año, o quizás dos, después de las próximas elecciones presidenciales en Francia del 2008.

Sin embargo, los analistas aseguran que hablar de la muerte de Europa es exagerado. Las instituciones comunitarias siguen funcionado, el mercado común es una realidad tangible y efectiva. Lenoir ve más allá y espera que más pronto que tarde, Francia y Alemania harán una sugerencia al conjunto de la UE.

Alemania asume la presidencia de la UE el año próximo, y en 2007 lo hará Francia.

Al ser el único modelo de profunda integración exitoso, Centroamérica debe seguir atentamente lo que sucederá en Europa.

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