(LA PRENSA/ AP)

Resucitaron

San Luis parecía sepultado por Lance Berkman Edgard Tijerino [email protected] La historia de dos ciudades: un trueno formidable destrozó ilusiones en Houston y enloqueció de emoción a San Luis. ¡Diablos!, ¿cómo fue posible que todo eso ocurriera con dos carreras de ventaja, y el adversario con dos outs y bases limpias, estando Brad Lidge en […]

  • San Luis parecía sepultado por Lance Berkman

Edgard Tijerino [email protected]

La historia de dos ciudades: un trueno formidable destrozó ilusiones en Houston y enloqueció de emoción a San Luis. ¡Diablos!, ¿cómo fue posible que todo eso ocurriera con dos carreras de ventaja, y el adversario con dos outs y bases limpias, estando Brad Lidge en la colina?

Hace rato que la pelota bateada por Alberto Pujols con David Eckstein y Jim Edmonds circulando, sacó chispas en los postes de metal encima de las tribunas del left-center, haciendo girar brusca y dramáticamente la pizarra, pero la multitud permanece aferrada a sus butacas.

Al amanecer de hoy, con todo Houston gimiendo y sangrando, todavía se resisten a creerlo, los unos y los otros. Ganaban los Astros 4-2 con el impactante jonrón de tres carreras conectado por Lance Berkman a las graderías del sector izquierdo en el séptimo inning, pero después de un hit de David Eckstein, San Luis envió otra señal de vida desde el fondo del ataúd cuando Jim Edmonds trabajó una base por bolas.

¡Qué momento señores! Alberto Pujols, posible Más Valioso de la Liga Nacional, el más feroz artillero visto a lo largo de sus primeras cinco temporadas, estaba frente al temido Lidge, buscando un batazo decisivo, como el de Bucky Dent en aquel juego extra de 1978, o el de Joe Carter en el Clásico de 1993.

Ese jonrón que rompió corazones en Houston sacando del hoyo a los Cardenales, y quizás impulsándolos hacia una proeza, fue consecuencia de un swing escalofriante por la precisión y el crujido de las muñecas.

Y pensar que un rato antes, Lance Berkman había convertido el parque en un manicomio, haciendo caer una pelota de vuelo majestuoso en las graderías del jardín izquierdo, con Craig Biggio y Chris Burke avanzando hacia el plato agitando sus brazos, robándole aliento al viento, convirtiendo el 1-2 desfavorable, en un 4-2 que pareció ser una esquela de defunción para los Cardenales.

Houston no ha dormido. No pudo hacerlo. Los pulmones de sus habitantes silbaban al respirar y tenían sus huesos húmedos al salir del estadio. Momentos antes, todos querían un pedazo de esos Astros que por vez primera en 43 años de existencia, estaban aterrizando en la grandiosidad de una Serie Mundial. Por ahora, esa posibilidad sigue siendo una tentación.

Después de seis entradas, los Cardenales, con un pitcheo de Chris Carpenter capaz de sacar los outs importantes; un sólido respaldo defensivo que consiguió tres outs eriza-pelos, incluyendo el realizado por el catcher Yadier Molina a Jason Lane en el segundo, mostrando un alarde de reflejos, rapidez y precisión; y el hit de Mark Grudzielanek impulsando par de carreras en el tercero, estaban en ventaja 2-1. Sin embargo, luego reaccionaron, sólo para ceder después ante la explosión de Pujols.

¡QUÉ CLASE DE FINAL!

La multitud gemía estrangulada por la tenebrosa posibilidad de una nueva frustración. De pronto, en el cierre del séptimo, Héctor Luna, el mismo que realizó una gran jugada sobre batazo de Mike Lamb con dos a bordo en el primer inning, perdió una pelota sencilla bateada por Craig Biggio, como si hubiera salido súbitamente de alguno de los hoyos que se ven en nuestras calles. Chris Burke conectó un hit y con dos a bordo, Berkman golpeó en las narices una bola rápida de Carpenter, y Houston tomó ventaja 4 por 2.

Los relevistas Mike Gallo y Dan Whealer resolvieron rápidamente el octavo inning, y en el noveno, le entregaron la pelota al “verdugo” Lidge. John Rodríguez y John Mabry se poncharon, y cuando los Cardenales parecían estar amortajados, Eckstein disparó su hit, Edmands obtuvo un pasaporte, y Pujols, luciendo tan inmenso como una montaña, provocó ese trueno que robó la alegría a Houston y devolvió la vida a San Luis.

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