Tapaboca

Armando Guevara Fletes Con frecuencia oigo en radio, televisión y leo en los diarios, la opinión de muchas personas que dicen lo siguiente: “No tiene que venir ningún extranjero a intervenir en los asuntos del país, somos nosotros los nicaragüenses los que tenemos que resolver nuestros problemas”. Eso es mentira, porque los nicas hemos vivido […]

Armando Guevara Fletes

Con frecuencia oigo en radio, televisión y leo en los diarios, la opinión de muchas personas que dicen lo siguiente: “No tiene que venir ningún extranjero a intervenir en los asuntos del país, somos nosotros los nicaragüenses los que tenemos que resolver nuestros problemas”.

Eso es mentira, porque los nicas hemos vivido siempre matándonos unos a otros para obtener el poder, y cuando han venido los extranjeros a intervenir ha sido porque nosotros los hemos llamado: elecciones del Denver, la traída de William Walker, intervención del coronel Henry L. Stimson.

Dice La Estrella de Nicaragua del 16 al 31 de agosto del 2005 que Moncada y Stimson se entendieron muy bien, hicieron el pacto del Espino Negro cuyos acuerdos principales fueron: 1) Poner fin a la guerra. 2) Entregar las armas. 3) Aceptar que Adolfo Díaz finalizara su período presidencial. 4) Realizar elecciones supervisadas por los norteamericanos. 5) Que se reestructurara la Guardia Nacional de Nicaragua. El doctor Juan B. Sacasa quedó relegado, defenestrado y olvidado. Estaba en juego algo muy importante para Moncada, y era el hecho de que los norteamericanos estaban interesados en dialogar y entenderse con él y no con el doctor Juan B. Sacasa, a quien Moncada estaba supuesto a representar y obedecer.

Al conocerse el pacto del Espino Negro, por supuesto que todo el ejército gobiernista conservador que se encontraba atrapado en Teustepe, sin salida, respiró con alivio y esperanza. En las filas de la revolución liberal, por el contrario, hubo una tremenda frustración. Se les quitaba el triunfo de las manos y aquellos presagiaban un grisáceo final.

Si no hubiera sido por el pacto del Espino Negro, liderado por el coronel Henry L. Stimson, la revolución no hubiera puesto fin a la lucha fratricida, en la que hubieran muerto miles de soldados de ambos bandos, por lo que hubieran quedado incontables viudas y miles de niños y niñas sin padres.

Desgraciadamente, en Nicaragua no existe un seguro para los que mueren ya sea defendiendo la Patria, o los que fueron llevados sin su consentimiento como ovejas al matadero, y sus viudas tienen que vérselas para alimentar, curar, vestir y educar a sus hijos, que quedaron motos, por la obcecación de los que los reclutan y los mandan a morir para el bienestar de los que los mandan.

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